A las 7 AM estoy en la puerta del hostal con todo listo para emprender la marcha. El conductor se ha dormido y no aparece hasta y cuarto. Un hombre de cincuenta y tantos de origen Maori que me lleva en furgoneta hasta Whakapapa, el pueblo desde el que comenzaré el sendero hasta los lagos Tama.

El recorrido en furgoneta es entretenido. El conductor es muy amigable y las vistas son increibles. El panorama es típico de llanura semi-alpina con un toque volcánico. De fondo están los montes Tongariro y Ruapehu, más conocidos como Mordor del señor de los anillos. Puedo garantizar que Frodo destruyó el anillo porque Mordor se ha helado y está cubierto de una capa de nieve.
Hemos llegado justo a tiempo; están abriendo el centro de información del DOC. Allí puedo dejar mi mochila y comprar un mapa. Seguro que no me sirve de nada. El sendero empieza a unos 200 metros del centro y justo empezar me doy cuenta de que me he quedado sin pilas en la cámara. Otra vez al centro a buscar recambios. Menos mal que me he dado cuenta rápido.

Durante los primeros tres cuartos de hora el recorrido está bien pavimentado para todo tipo de turistas. Es una lástima porque caminar sin necesidad de vigilar donde pones los pies le quita todo el encanto. El camino bien trazado finaliza con unas escaleras que llevan a una cascada. Pese a la previsión meteorológica, hace sol y calor. Por poco no me pego un chapuzón.
Hace rato que me he quitado el gorro y creía llevarlo en la mano, pero resulta que lo debo haber perdido en algún sitio mientras hacía fotos. Me sabe mal porque le había cogido cariño. De pérdidas está llena la vida y sólo cabe aceptarlas. Durante el camino de vuelta miraré a ver si lo recupero.

A partir de este punto el sendero empieza a ser más interesante. La mayoría de turistas no suele adentrarse más y no se han molestado en pavimentar. Una hora y media después de la catarata por fin llego al lago Tama inferior. Un cráter que ahora está lleno de agua, color turquesa, y rodeado de llanuras con nieve. Es aquí donde decido pararme a comer las galletas de chocolate que me he traído. Pese a que ganas no me faltan, hay unas nubes importantes acercándose y no tengo mucho tiempo. Así que decido volver a Whakapapa a seguir mi aventura. Durante el camino de vuelta voy mirando a ver si encuentro el gorro sin suerte. Las fotos serán mi único recuerdo de él (sniff).
Desde Whakapapa hay unos 5 km hasta llegar a la carretera principal. Me decido a caminarlos con la mochila a hombros mientras hago el dedo cuando pasa algún coche. En una de estas se paran unos senderistas con los que había estado hablando en el camino de vuelta del lago. Son tres en el coche y van apretados, pero me hacen algo de hueco.
En la carretera no tengo que esperar mucho tiempo hasta que se para alguien a recogerme. Un chico que va camino a Auckland. Cuando abro la puerta de atrás veo unos pies de gato:
Eidrien: "Ostras, eres escalador!"
Rob: "Soy un detodo, tio!"
Resulta que Rob, un chico de veinti medios, es un licenciado en deportes de riesgo que se dedica a hacer de guía en todo tipo de deportes. Si no se me hubieran dado bien las matemáticas ese sería el curro por el que me hubiera decantado. Cobrar por llevar gente a hacer los deportes que más te gustan. Sólo comparable con programar aplicaciones complejas en Java (me parto, pero no deja de ser cierto).
Rob está de camino a Auckland, donde tiene visita al médico para que le arreglen los dientes. Un accidente esquiando le ha dejado una buena marca en la cara y le ha roto parte de la piñata. Eso seguro que no le pasaría si se hubiera dedicado a programar páginas web y gestores de contenido. Jajaja. Como yo voy para el Sur, me sorprende que esté tomando este camino, pero resulta que es más rápido así. Rob me deja en una gasolinera en medio de la carretera central, desde donde vuelvo a hacer dedo.
En la gasolinera hay muchos moteros y por la carretera pasan muchos más. Resulta que más al sur hay una convención que reune a moteros de todo el país. Lástima que no me pille ninguno para darme un paseo en moto. De momento tengo suerte y vuelven a recogerme rápido. Esta vez es un tipo en un coche bastante viejo, que no es muy agradable a la vista. Tiene sobrepeso y el pelo grasiento y peinado hacia el lado en plan lametazo de vaca... que aquí hay muchas. A estas alturas no me pongo difícil y me subo al coche. Resulta que el conductor viene de arreglar un ordenador.
Eidrien - "Vaya, también te dedicas a los ordenadores."
Richal - "Odio los ordenadores."
Ufff, mejor no seguir por ese sendero poco transitado. Pero resulta que los otros senderos no son mucho mejores y el tío me acaba hablando de sus pinitos con fantasmas.
Eidrien - "¿Has dicho fantasmas?"
Richal - "Si. Fui a exorcizar una casa no hace mucho."
Esto me empieza a poner un poco nervioso. A mi me da igual si existen o no los fantasmas, pero el tipo este existe y me da un poco de mal rollo.
Richal - "En el trabajo me han relegado al grupo de los bichos raros."
Eidrien - "¿No jodas? Hay que ver que poco entiende la gente" - Por favor, espero que tu tampoco 'entiendas'. Qué mal rollito.
El coche no es ninguna maravilla y no va a más de 80km/h. Así que se tiene que arrimar al borde de la calzada para dejar pasar a todo el mundo. Los postes pasan a escasos centímetros de mi lado lo cual solo incrementa mi malestar. Y entonces sucede algo todavía más extraño... sin dejar de pisar el acelerador, Richal deja el volante y empieza a hacer círculos con las manos.
Eidrien - "Tengo un amigo al que le va lo paranormal y me enseñó ese gesto." - Lo cual no es mentira y además me sirve para romper el hielo.
Richal - "Estoy detectando energías... de esa granja noto energías negativas."
Diossssss!!! Esto no hace más que mejorar.
Richal - "¿Ves aquella torre-granero? Lleva deshabitada 15 años. De ahí vienen energías muy chungas."
¡Y va el tío, llegando a un cruce de donde sale una carretera que lleva al granero, y empieza a desacelerar! Macasundena, espero que no quiera llevarme al huerto, digo granero. Pero resulta que se para justo a la altura de la carretera, sin intención aparente de girar, y empieza a hacer los circulitos con las manos.
Richal - "Pon tu mano entre las mías."
Eidrien - "Glups" - pero le sigo el rollo.
Richal - "¿Notas la energía?"
Eidrien - "Si." - Vaya que si la noto, noto un mal rollo de aquí te espero.
Eidrien - "Uyyyyy, que energías más chuuungaaasss... será mejor que nos alejemos de aquí, ehhh!!"
Richal vuelve a arrancar el coche... menos mal. Por un momento pensaba que me iba a coger de la mano y decirme cosas bonitas. Lo cual hubiera sido incongruente con su aspecto físico. No se cuanto tiempo después, ni donde, pero Richal acaba dejándome. Espero que esta sea la peor experiencia de este viajecito. Ni con el accidente lo había pasado tan mal.
La próxima persona en recogerme es otra señora que va de camino a Wanganui a hacer un curso artístico de fin de semana. Me decido a acompañarla todo el trayecto. Natalie es una mujer recien divorciada de un granjero. Se conoce la historia de las granjas de la zona y me cuenta mucho sobre su estilo de la vida. Ella se acabó divorciando porque no aguantaba más el caparazón de macho jugador de rugby/cazador/pescador/etc... Por suerte solo tuvieron hijas y su exmarido no pudo continuar con el linaje.
La pasión de Natalie son sus perros. Me cuenta como los adiestran y lo mucho que los quiere. Actualmente tiene un caniche al cual se negaba a peinar como tal hasta que su hija mayor la obligó. "Al menos una vez tiene que saber lo que se siente al ser rapada como caniche." Yo le pregunto si los granjeros y cazadores tratan tan mal a sus perros como lo que he podido observar en España. Natalie me dice que tenga cuidado con aquellos que tratan mal a sus perros.
Después de algunas horas de viaje llegamos a Wanganui y Natalie me deja en el mejor sitio para que consiga mi siguiente carrera. Aprovecho para darle un poco de cariño español ofreciéndole dos besos.
El siguiente en recogerme es Trevor, un profesor de física de instituto. Al abrir el maletero veo una avioneta teledirigida. Trevor va a una competición de aeronaves cerca de Wellington. Por el camino hablamos del sistema escolar de NZ. Parece que van por el mismo camino autodestructivo que en España. Aquí han intentado erradicar todo tipo de competitividad de los colegios y los alumnos no reciben más nota que: no favorable, favorable, excelente.
Con Trevor tengo unas de las conversaciones más estimulantes intelectualmente hablando. Se nota que es profesor de física y que ha visto mundo trabajando en el sector privado una temporada. Tenemos muchas cosas en común e incluso mantenemos una discusión ético-filosófica sobre la inteligencia artificial.
Trevor no me deja muy bien situado para seguir haciendo autoestop. Al lado de una gasolinera en la carretera por la que los coches pasan rápido y no tienen tiempo a parar. Se está haciendo de noche y hace mucho viento más algo de lluvia. Tengo apenas una hora y media para llegar a Wellington y coger el último ferry que lleva a la isla sur. En principio debería ser suficiente, pero no parece que los coches tengan ganas de parar por aquí. Cuando más cerca estás de una ciudad grande, más difícil es que la gente sea amigable y te ayude.
Ya totalmente a oscuras, sin que pare de lloviznar ni el viento de soplar, me doy cuenta de que hay un coche parado a varios metros con la señal de marcha atrás. Me quedo un rato mirando incrédulo hasta que decido acercarme. Una señora con cara bonachona está al volante y le pregunto:
Eidrien: "Me estás esperando a mi?"
Anne: "Claro! Ves a buscar la mochila."
Anne es sin duda la mujer más interesante que he conocido en Nueva Zelanda. Recientemente viuda, sigue viviendo en medio del monte y es autosuficiente. Venía de pasar el día con su tía y había aprovechado para llenar el maletero de mierda de caballo para su huerto.
Anne: "Será mejor que dejes la mochila en el asiento de atrás."
Anne tiene más de cincuenta años y pese a no haber tenido hijos, acogió a 26 niños huérfanos. En el punto álgido tuvo a 16 a la vez. Mientras tanto Anne se ganaba la vida dando la vuelta al mundo en busca de talentos para la discográfica en la que trabajaba: EMI.
Eidrien: "Cómo conseguías hacerlo todo?"
Anne: "Tenía un marido maravilloso."
Eidrien: "Y ahora... ¿te sientes sola?
Anne: "Sólo agradezco haber podido compartir la vida con alguien tan maravilloso."
Durante el trayecto le cuento mis odiseas varias y curiosamente acabamos hablando de Parihaka y su resistencia no violenta contra los colonos. A mi me fascina el tema y resulta que años antes de que Gandhi empezara a hacer sus pinitos, los Maoris de Parihaka utilizaron estas técnicas contra el imperio británico que quería desposeerles de sus derechos. Los Maoris no tuvieron éxito y fueron expulsados de la zona y su pueblo destruido. El imperio era entonces mucho más brutal y los Maoris muchos menos. Este incidente sucedió en 1881, pocos años después que Henry David Thoreau escribiera su famoso ensayo "La Desobediencia Civil" que inspiró a Tolstoy y Gandhi entre otros.
Anne se dirigía hacia su casa, pero tras oir mis aventuras se ha apiadado de mi y me lleva directa al terminal del Ferry InterIslander. Al llegar, el sitio está casi totalmente vacío pero el ferry todavía no ha zarpado.
Anne: "Corre! Corre como si tu vida te fuera en ello!"
Yo salgo pitando del coche sin sacar la mochila para ver si puedo conseguir embarcar. En el mostrador hay un sólo recepcionista.
Eidrien: "Queda sitio para subir al ferry?"
Recepcionista: "Es que estamos acabando de embarcar."
Eidrien: "Por favoooooooorrr!" Con la mejor cara de pena que he puesto en muchos años.
El recepcionista llama con el walkie y parece que todavía estoy a tiempo. Pago el precio del embarque (la mitad de lo que ponía en la web) y voy a recoger mi mochila que Anne sostiene fuera del coche. Le doy mil gracias por toda su ayuda y nos deseamos mucha suerte mutuamente. Nos despedimos a la española con dos besos y un abrazo. Casi se me saltan las lagrimillas.
Soy el último en subirme al ferry. Justo detrás de un camión, ya que la puerta de embarque para pasajeros hace rato que está cerrada. El barco me recuerda a los ferris de las Baleares pero en plan potente, con cine y todo. Hoy hay marejada y el viaje prevé ser interesante.
Al salir a alta mar las olas se notan incluso desde dentro del barco. Caminar por los pasillos es divertidisimo. La mitad del tiempo parece que peses 150kg y la otra mitad es como estar en la luna. No soy el único que se divierte dando vueltas por el barco, varios hacen como yo. El único mal rollo es el crujido de las paredes cada vez que la proa choca contra una ola.
El ferry acaba en Picton, donde todavía no tengo sitio donde dormir. La hora prevista de llegada son pasadas las 23:00 y todo estará cerrado. Desde la recepción del ferry me dejan hacer llamadas para reservar un hostal. Después de dejarlo todo zanjado me busco un buen asiento para dormir.
Una chica me despierta diciéndome que ya hemos llegado. El barco está vacío y un poco más y me quedo aquí tirado. En Picton hace peor tiempo que en Wellington: el mismo viento pero más lluvia. Antes de ir al hostal me paro a mirar las salidas de autobuses. Parece que sale uno a las 7:15 hacia Greymouth. Tendré que volver a madrugar.
En el hostal pago la noche por adelantado para poder salir temprano al día siguiente. Como he estado durmiendo en el barco me cuesta conciliar el sueño,

así que me pongo a leer el libro de visitas. En el libro otra vez se demuestra que los españoles somos minoría como turistas en este país. Y los pocos que vienen suelen ser los de Cataluña. Es una lástima que tantos catalanes se comporten sin modales al dejar notas en catalán que sólo entienden ellos. Lástima porque el libro era para explicarles a otros turistas lo que has estado haciendo y ayudarles a tener unas buenas vacaciones. Pero los catalanes no están solos, también hay muchos japoneses y koreanos que escriben en su lengua natal.