Jardín Botánico

Vivo en una habitación de una casa victoriana: The Lovelock House (la casa del candado del amor, vaya que es un cinturón de castidad). La casa se llama así por estar en la avenida Lovelock que serpentea a través del jardín botánico de Dunedin.

Hoy por la mañana, después de desayunar, he cogido mi cámara de fotos y me he ido a dar una vuelta para investigar en el jardín. Al ser invierno no hay tantas flores como yo hubiera deseado. Tendré que esperar a la primavera para eso. De mientras me asombran los árboles gigantescos que aquí atesoran.

Dignos de mencionar son los pinos gigantescos. El más alto, de al menos 50 metros de alto y 2 de diámetro, está situado en una explanada de césped con un pequeño jardín de hierbas aromáticas. Un cartel te anima a coger pequeñas muestras para olisquearlas mientras paseas. También enormes son las secuoyas y diferentes variantes de eucaliptos.

En la parte más alta del jardín descubro un aviario. Por una parte me da pena ver tantos pájaros enjaulados, pero por otra me siento afortunado de poderlos ver tan de cerca. Los loros y cacatúas son los más curiosos. Se acercan a la valla o hacen ruidos para que les prestes atención. Son grandes escaladores, utilizando sus garras y su pico suben a lo alto de sus jaulas. Muchos colores y muchos sonidos te hacen sentir como en la jungla. Lástima que no encuentro al famoso kiwi, pájaro no volador neozelandés por excelencia. Un cartel expone el peligro que suponen los mamíferos para las aves endémicas. Antes de la llegada del humano el único mamifero en NZ era un tipo de murciélago. Las aves de por aquí no están preparadas para los ataques de ratas, topos, perros, gatos y zarigüeyas. Son muchas las especies extinguidas ya a manos de los mamíferos.

No me extaña que sean tan estríctos a la hora de prohibir la entrada a animales, plantas y comida. Hay que hacer todo lo posible para preservar un ecosistema tan único como este.

Jet Lag y Festival de Montaña

Pocas veces me suelo despertar antes que el despertador. Entre esas pocas están las debidas al famoso Jet Lag. 10 horas de diferencia horaria hacen que el cuerpo se vuelva loco y hoy me he despertado a las 4:30 AM.

Por la tarde me he enterado que un compañero del trabajo (que también es Polaco) es un friki del senderismo (aquí lo llaman tramping). Resulta que hoy hay un festival de cine de montaña que viene desde Canadá. Yo me acoplo con Mariusz.

De las 12 peliculas que dan, ninguna dura más de 25 minutos. Yo a la tercera he encontrado la posición ideal en la butaca y dejo de pelearme con mis párpados. Habéis ganado otra vez. Hacia las 23:oo llego a casa destrozado y me sorprendo al darme cuenta que me he puesto el pijama antes de meterme en la cama.

Estrellas en Dunedin

El amanecer llega tarde y el anochecer pronto.
En invierno si soy el sol, me escondo.
La luna y las estrellas brillan en la ciudad.
¿Cómo se verán en la montaña? ¡Cuánta curiosidad!

Viaje Eterno

37 horas de viaje dan para mucho. Yo aprovecho entre otras cosas para leer un libro que resulta ser un tostón. Y ver un montón de películas en el avión. En total cinco... 
Cinco películas y cinco despegues con sus correspondientes aterrizajes.

Llegar a Nueva Zelanda me despeja un poco. Pero mi curiosidad no la consigo saciar ya que desde mi asiento no se ve nada. En aduanas me limpian los zapatos de montaña y la tienda de campaña no sea que traiga algún bichito que les joda el ecosistema. Llevo dos días de viaje y estoy por suplicarles que me desinfecten a mi también.

En la conserjeria de la residencia no hay nadie. El horario de apertura es muy limitado y por un momento me veo durmiendo en la calle. Por suerte una de las huéspedes me ve y me abre la puerta. Por fin puedo dormir tumbado.