Adrenalina, segunda parte

Este fin de semana toca Christchurch, la ciudad más grande de la isla Sur. Llegar hasta aquí en autocar son seis horas. El único plan que tengo es coger un tren turístico que cruza la isla por las montañas. Pero al llegar al hostal me llama la atención un tríptico.

De repente me veo en un espejo. Llevo un traje de colores que me recuerda a los bufones de la corte de Luis XIV. El traje no estaría completo sin el gorro y las gafas de soldador. Pete me ha puesto el harnés y mé da algunas instrucciones. Por ahí llega la avioneta. Es ridículamente pequeña. Apenas caben el piloto y cinco personas más, pero hoy solo subimos tres. No hay asientos, sólo una colchoneta en la que sentarse.

Pete - "¿Hasta dónde quieres subir?"
Eidrien - "Lo más alto que se pueda."

A 12,000 pies de altura, más de 3600m, abre la puerta lateral de la avioneta y nos acercamos a ella. Me coloco en la posición que Pete me ha explicado y nos lanzamos al vacío.

La sensación de caída dura menos incluso que al saltar de un puente. Damos una vuelta de campana antes de que Pete tome el control total de la situación. A partir de entonces vienen 45 segundos de caida libre. Libre por llamarlo de alguna manera porque yo no tengo libertad alguna. Tengo a Pete pegado a la espalda controlando velocidad y dirección.

Al no haber puntos de referencia más que el suelo a algunos kilómetros de distancia, ni siquiera tienes la sensación visual de estar cayendo. Es más, como no puedo mirar hacia arriba (Pete pegado a mi espalda me lo impide) ni girar, excepto cuando Pete gira para darme una vista rápida de los alrededores, me da la impresión de estar colgado por encima de una pantalla gigante en plan IMAX a lo bestia en la que proyectan un video de Christchurch desde las alturas. El viento sopla fuerte de abajo a arriba, pero ni siquiera me cuesta respirar. Es como ir en una moto a gran velocidad.

Los 45 segundos se acaban rápido. Pete abre el paracaídas y empieza a maniobrar hacia la pista de aterrizaje. El harnés me aprieta el cuello y apenas puedo mover la cabeza para mirar por los alrededores. Pete pretende engañarme al darme las riendas del paracaídas, pero él hace las maniobras cogiendo las cuerdas un poco más arriba.

El aterrizaje es sencillo. Ni nos caemos ni hace falta correr. Tengo los oídos taponados del cambio de altitud y estoy un poco atontado. Cuánta razón llevaba un gran amigo mío al decirme que esto de saltar de un avión en tándem era una mariconada.

Segundas partes nunca fueron buenas.

Los Kiwis cuentan chistes

Hoy en la sala de boulder ha pasado algo que no me esperaba. Después de una sesión resolviendo problemas nos hemos sentado en el centro de la sala dos kiwis y yo. Tras un rato de conversación distendida el primer kiwi (Chris... creo) va y cuenta un chiste. Justo después va el otro kiwi (Ruben) y cuenta otro. Es así, de la misma manera que ocurre en mi tierra natal, como empezó el rondo de chistes. Seguramente nada de esto os parecerá excepcional, desde un país donde el chiste ha llevado a personas al estrellato, pero a mi me ha sorprendido porque en cuatro años viviendo en Miami (USA) jamás había tenido la suerte de oir más de dos chistes seguidos. Y eso es algo que siempre eché en falta.

Después de un rato en el que yo pensaba en algún chiste que se pudiera traducir, Chris me pide que cuente un chiste en castellano. A lo cual accedo un tanto extrañado. Cuento uno típico de los de "Se abre el telón...". Está claro que ellos no entienden nada de nada, pero se ríen al escuchar un chiste incomprensible. Después cuento uno traducido y nos jartamos todos a reír. Pero ahí no acaba la cosa, todavía queda alguna sorpresa...

Va Ruben y cuenta un chiste, un tipo de chiste de humor duro, del que sólo pensaba capaz a un latino. Lo voy a traducir para que veáis.

Va un tío por la carretera conduciendo su coche y de repente llega a una sección de curvas. Después de medio kilómetro se encuentra a un par de niños desconsolados, mirando hacia el precipicio con los ojos llorosos. En la calzada empiezan unas marcas de neumáticos que acaban justo en el lugar donde estan los niños. El conductor se para a curiosear.

El conductor se acerca a los niños y les pregunta: "¿Qué ha pasado?". Los niños se giran y le dicen que estaban esperando a que sus padres les vinieran a buscar en esta curva. Pero cuando llegaron perdieron el control del coche y se cayeron por el precipicio. El conductor se asoma al precipicio y ve una gran bola de fuego que envuelve un amasijo de hierros. De repente se gira hacia los niños y mientras se baja los pantalones les dice: "Hoy no es vuestro día de suerte, ¡eh!"

¡Qué bestias estos Kiwis! Cómo echaba de menos una sesión de chistes políticamente incorrectos. Me ha hecho sentir como en casa por un ratito. Ya se que con los guiris de origen germano-sajón nunca se llega a tener una relación de afecto físico (pese a alguna excepción honrosa). Desde que estoy aquí el balance es de dos besos y zero abrazos, eso sí unos cuantos apretones de manos pero no muchos. Una sesión de chistes en estas condiciones se aprecia.

Adrenalina

Estoy sentado al en una plataforma de madera acoplada a un puente 47 metros por encima de un río. Me están atando los pies.

Con los pies atados es difícil caminar. Los pasos que te acercan al borde de la plataforma son cortos como los de un pingüino. A medida que te acercas se te agudiza el oído. Por el rugido del agua parece que el río esté a tan sólo un par de metros, pero la vista no engaña.

AJ - "¿Quieres tocar el agua?
Eidrien - "Si, pero solo los brazos."
AJ - "5... 4... 3... 2... 1..."

El corazón ya no palpita, esos golpes que vienen de detrás de las costillas no se pueden clasificar como tal. El cuerpo se inclina hacia el vacío pese a lo que tus instintos dictan. Ya no hay marcha atrás. Doblo las rodillas para dar el salto final, con los brazos abiertos... el salto del ángel.

La sensación de vacío en el estómago... el zumbido ensordecedor del viento... se corta la respiración... el río se acerca a toda velocidad y... vuelve la gravedad antes de lo que hubiera querido. No he llegado a tocar el agua. Me ha sabido a poco. Tres segundos de caída libre no son suficientes. Hay que saltar desde más alto.



Ahora estoy sentado en una especie de silla. Una mezcla entre silla de dentista y silla de ginecólogo. La silla está en una cabina suspendida entre dos montañas por cables de acero a 140m de un riachuelo. La música va acorde con la situación: Heavy Metal!

La pasarela hacia el vacío, más alta, más impresionante, más potencia da al corazón. El paseo del pingüino me hace sentir como un corsario a punto de ser tirado por la borda. Pero no hay tiburones... apenas se ve el agua a lo lejos. No tengo miedo, puede que nervioso... lo que mejor define mi estado de ánimo es ansioso.

AJ - "5... 4... 3..."
Eidrien - "Ya llega!"
AJ - "2... 1..."

Otra vez lo mismo. Los instintos vuelven a perder la batalla. Me inclino al vacío, vacío descomunal y salto. Esta vez intento no despegar los brazos del cuerpo, así hay menos fricción con el aire y vas más rápido. Pero no lo consigo del todo. Ocho segundos y medio de caida te dan tiempo incluso a percatarte de lo que está sucediendo.

La sensación de vacío en el estómago es mucho mayor, lo que estaba buscando. Parece que nunca parar de acelerar. El tiempo toma otra dimensión totalmente distinta, más lento pero a la vez más rápido. La velocidad, aparentemete incontrolada, lo cambia todo. ¿Es la adrenalina que corre por las venas la que produce esta sensación? ¡Quiero más velocidad!

Otra vez me encuentro sentado en la silla. Otra vez me atan los tobillos antes de llevarme a la plataforma de salto. Pero esta vez saben que quiero velocidad y me dan el truco para conseguirla.

AJ - "¿Ves ese trozo del río de aguas blancas?"
Eidrien - "Si."
AJ - "Tienes que saltar en esa dirección y colocarte como una bala. Así llegarás a más de 130Km/h."

Siempre he sido un alumno aplicado. Intentando aprender cuanto más rápido mejor. Y esta vez no iba a ser diferente. Ahora esta claro... ya no siento nervios. Ansioso si... ¡mucho! Esos ocho segundos no tardarán en llegar.

Esta vez el caminar del pingüino se torna un baile. Un baile de celebración a la adrenalina. Me acerco al borde tan rápido como puedo.

Eidrien - "¡Empieza a contar!"
AJ - "5... 4... 3... 2... 1..."

Dejo mi peso caer hacia delante. Fijando la vista en el fondo del valle. Donde el agua del riachuelo se vuelve blanca de rabia. Doblo las rodillas, pero tengo paciencia. Hay que esperar a que el centro de gravedad esté por debajo de los pies para poder utilizar la plataforma para impulsarme y conseguir más velocidad.

Ha llegado el momento. El cuerpo ha pasado de la linea horizontal y utilizo toda mi fuerza para impulsarme hacia el vacío. Mi cuerpo lo espera impaciente.

Acelero mucho más rápido. Llego más cerca de fondo. Ocho segundos y medio a toda velocidad. Caida al vacío en su máxima expresión. Al rebotar doy giros de alegría y satisfacción. Pero todavía no he acabado.

Ahora es de noche. Estoy sentado en un sofá con un arnés industrial a 400 metros de altura por encima de Queenstown. Al final del teleférico. Esta vez no me atan los pies. Voy cogido por la cintura. Así que el paseo triunfal del pingüino se va a convertir en una carrera al vacío.

El hecho de que sea de noche hace que la experiencia sea totalmente distinta. No sabes dónde está el final. Yo soy así de retorcido y quiero darle otro giro a la tuerca. Saltaré de espaldas mirando la plataforma todo el rato.

AJ - "Cuando quieras."

En tres pasos ya me he plantado en el borde con suficiente velocidad como para que no haya marcha atrás. Ni que se me hubiera pasado por la cabeza no saltar. Justo después del salto doy media vuelta y miro fijamente a AJ a los ojos mientras caigo en picado. El salto es de apenas 43m pero la sensación es totalmente distinta. Los instintos son tan fuertes al caer en picado de espaldas sin ningún tipo de control que se me escapa un grito de terror. El primero del día. Misión cumplida. Me voy contento.

Ben Lomond

1441 metros verticales separan el lago Wakatipu de la cumbre de Ben Lomond. Aún y así, no es el pico más alto de los que rodean el lago. Queenstown, la capital del riesgo, es una de las ciudades que besan el agua de este rayo líquido entre las montañas. El riesgo corre por sus venas. En la calle principal hay decenas de tiendas especializadas en proveer de tanta adrenalina como permita tu cartera. Pero yo hoy busco la soledad que no puedo encontrar entre sus calles.

El sendero hasta la cima parte de la estación base del teleférico "Góndola", que lleva 400m más arriba. Sería hacer trampa. De seis a ocho horas, en buenas condiciones, es lo que se suele tardar en hacerse el recorrido de ida y vuelta. Son las 9 cuando empiezo a caminar.

El bosque que cubre las montañas, es de pinos fuertes, altos. El musgo aquí es cobarde, no osa adentrarse en el bosque. Se queda cerca del río, donde el sonido de sus aguas cayendo por las cascadas le consuela. Hoy para mi no hay consuelo mas que la visión de los valles ocultos tras los colosos de roca.

Pasada la franja donde los árboles no encuentran suficiente agua para poder crecer, veo el lago más pequeño y Queenstown guardando el lecho. La bruma matinal, agitada por el calor del sol, sube formando un arco iris que acaba en el lago. Mi inquietud por continuar es mayor que la quietud de lo sobrecogedor. Ya veo la cima, ¡adelante!

Los últimos 200m de desnivel son los más complicados. Desde la base se pueden ver los otros valles... ni rastro de humanidad más que un banco que alguien ha puesto en este lugar idílico para contemplar el amanecer. El sol, apenas desperezado, no consigue alumbrar todos los recovecos entre los cientos de montes. Los contrastes son la norma: valles negros aún oscuros, cimas blancas y laderas marrones donde no se distingue a un árbol de un matorral.

Muchos otros han subido antes por el mismo camino, dejando un surco donde los rayos del sol nunca llegan. El reino del agua cristalizada hace complicada la ascensión. Una escalera interminable de piedra, fango y hielo, zigzaguea para encontrar el camino más cómodo. Debería llegar hasta la cima, pero a cincuenta metros de la codiciada meta el camino se pierde en un manto blanco. Se puede intuir el camino que otros han tomado en verano. Pero el surco ahora está lleno de polvo helado que me sobrepasa las rodillas. Es mejor atajar por la ladera que seguir sus pasos.

¡La cima al fin en menos de tres horas! El lago todavía más pequeño, ahora casi entero mi vista abarca. La cordillera de los Remarkables, pujando más de 2000m por encima del lago, parece inalcanzable. El blanco predomina y pelea por acaparar hasta el cielo. Pero el azul intenso mantiene suficiente terreno para ver picos y valles a lo lejos. El Mt. Aspiring, de los pocos que superan l0s cuatro mil, hoy no asoma. La batalla la acaba ganando el blanco; una nube espesa sube por la ladera sur cubriéndolo todo. Nunca antes había visto un arco iris infinito, sin inicio ni fin, círculo perfecto de color.

La cabaña Borland y el monte Titiroa

Tengo la mochila preparada desde las dos de la tarde. En teoría tenemos que salir a las cuatro, pero parece que Tony suele retrasarse. Mariusz ya lo había tenido en cuenta al decir la hora de salida, pero aún y así no salimos hasta más tarde de su previsión: las 19:30. Yo me he pasado cinco horas dando vueltas alrededor de la mochila pensando en qué me habré olvidado esta vez.

El trayecto en coche hacia Fiorland, en la parte sudoeste de la isla, dura unas cuatro horas. No lo hacemos del tirón, porque hay que parar a poner gasolina al menos dos veces. La segunda parada la aprovechamos para cenar algo en un KFC que hay al otro lado de la gasolinera. Hace frío, pero estamos muy animados.

Mariusz decide tomar un atajo por una carretera secundaria. Por suerte acierta y acortamos un poco el camino. También tenemos la suerte de ver algunos animalejos que se cruzan por nuestro camino: conejos, gatos y zarigüeyas. Al final llegamos a un refugio, desde donde sale una carretera de tierra por la que nos adentramos.

El sendero parte de un lateral de la carretera que encontramos tras pasar tres puentes de un solo carril. Son cerca de las doce, así que no empezaremos el camino hasta mañana. Mientras decidimos cómo vamos a dormir, nos maravillamos con el cielo estrellado, la vía láctea y la cruz del sur. Incluso vemos una estrella fugaz que cruza la mitad del firmamento. En el coche podríamos dormir todos, pero un tanto incómodos. Yo opto por montar mi tienda de campaña y así dormir más anchos.

Mariusz tiene razón, la esterilla que me he comprado será pequeña y ligera, pero es una mierda como aislante. El saco de plumas es una delicia y al menos no paso mucho frío. Durante la noche me despierto unas cuantas veces a causa de la lluvia. Un tanto preocupado, saco el brazo de dentro del saco para verificar que el agua no se filtra. Todo va bien.

A las 8 Mariusz nos despierta a todos, nos tenemos que dar prisa. El sol apenas asoma y llovizna un poco. Desmonto la tienda, aún mojada, y rehacemos las mochilas mientras nos tomamos unos sandwiches que ha traído Mariusz. La idea era empezar el camino a las 9, pero no lo conseguimos hasta las 10:30.

El primer tramo baja por unos acantilados de arenisca hasta el río. La vegetación me sorprende por la cantidad de líquen y musgo que hay. Un manto verde, casi fosforescente, lo cubre todo: piedras, suelo y árboles. Solo el sendero se libra del musgo, por el paso de la gente.

Son muchas las veces que tenemos que cruzar pequeños riachuelos. Pero sabemos de antemano que al menos dos veces el sendero cruza un río más ancho. Antes había puentes tibetanos, pero la guía dice que los han quitado. Para nuestra sorpresa en el primer cruce nos encontramos un puente de madera y metal. ¡Parece que llegaremos con los pies secos después de todo!

El camino continúa por el bosque denso, se oyen los pájaros e incluso uno se para al lado del sendero a mirarnos. No nos tiene miedo y salta de lado a lado para vernos mejor. Es pequeño y coqueto, con largas patas y plumas negras, lo cual hace resaltar su pico naranja.

Después de un rato llegamos a una semi cueva, bajo una piedra enorme, preparada para hacer vivacs con un tatami de madera. Nosotros aprovechamos para comer e ir al lavabo. Los mosquitos también han encontrado este sitio y no tardan en avisar a sus parientes de que también les ha llegado la hora de comer. Un servidor, previsor, ha traido pomada anti instectos.

Poco después de emprender la marcha llega la catastrofe. En el segundo cruce del río no hay puente ni hay nada. Ni siquiera es posible cruzarlo de piedra en piedra. Como no tenemos intención de caminar el resto del viaje con los pies mojados, preferimos quitarnos las botas y calcetines para cruzar el río con chanclas. El agua está muy fría... glacial, pero no te das cuenta hasta el tercer paso en el agua, cuando sientes que el frío estruja tu piel y te perfora hasta los huesos. Una vez cruzado el río, toca masaje para recobrar la sensibilidad en los dedos. Sentir dolor es bueno, es el proceso de vuelta a la normalidad.

Dos veces más tenemos que cruzar el río, ambas sin puente. En este caso con cierta agilidad es posible cruzar por encima de rocas sin mojarse los pies. Es aquí donde importa tener una mochila ligera. Yo llevo unos cuantos viajes practicando el senderismo ligero, con lo cual llevo una mochila de 45 litros que apenas pesa 9 kilos. Tony y Mariusz llevan mochilas de 90 litros que pesan un quintal. Ya les he estado vendiendo la moto ultraligera. Mariusz cruza sin problemas, pero Tony sufre e incluso tiene que meter una bota en el agua para no caerse.

Finalmente llegamos a una explanada pantanosa en la cual un cuarto de hora más tarde encontramos la cabaña Borland. Una autentica delicia con litera doble, mesa, libros y cartas, chimenea con leña y letrina aparte. El trayecto desde el coche debería haber durado cinco horas sin descansos y hemos llegado a las cinco y media de la tarde. No está del todo mal. Pronto caerá la noche, así que aprovechamos la poca luz que nos queda para husmear por los alrededores. Estamos en medio de un valle rodeados por dos sierras de unos mil metros de desnivel con nieve en las puntas de sus dientes. Cerca de la cabaña hay un río con poca agua pero muy fría. No hay más señal de civilización que la cabaña.

Estamos disfrutando de un tiempo magnífico. No nos ha llovido en todo el día y no hay nubes en el firmamento. Aquí se ven más estrellas que la noche anterior, pero ninguna fugaz. En la cabaña preparamos una cena caliente y encendemos una hoguera que nos mantiene calentitos mientras cenamos y jugamos a UNO con las cartas de la cabaña. A las 22:00 nos vamos a dormir. Tony, por ser el más grande de todos, duerme solo abajo. Mariusz y yo compartimos la litera de arriba.

A las 6:20 suena el despertador al que maldecimos. Nos hemos propuesto subir al pico de una montaña en la cara opuesta al río, desde la cual veremos el Monte Titiroa (destino preferido de los visitantes de la zona). No nos podemos demorar mucho, ya que después de la montaña hay que volver al coche. Antes de que amanezca tenemos que estar desayunados y las mochilas deben estar listas. Yo me llevaré la mía para la ascensión, con comida, agua y chuvasqueros.

Cruzar el río al romper el alba, todavía destemplados, es lo que más tememos. Es mejor no pensárselo mucho. Yo me pongo las chanclas, me echo las botas al hombro y la mochila a la espalda. Los dedos ya los tengo fríos antes de empezar y no me los noto al primer paso en el agua helada. No pienses, camina. El dolor sube hasta la rodilla, pero en los pies ya no duelen. Al llegar al otro lado tiro las cosas al suelo y sigo caminando en círculos hasta que los dedos de los pies me vuelven a doler.

Ya hemos pasado todos el río y estamos listos para continuar. Tenemos que subir por el bosque hasta llegar a la franja a partir de la cual no crecen los árboles. Aquí ya no hay camino y la última parte es tan espesa que parece un laberinto. Llegamos a la franja y continuamos subiendo por una zona de matorrales rojos, verdes y blancos. Ya empezamos a ver parches de nieve entre algunos matorrales donde no da el sol. Algo más arriba nos paramos a comer en un par de rocas. A estas alturas ni los matorrales crecen, sólo líquenes o musgos secos y espesos. Las vistas son impresionantes. El valle se encarama entre las dos sierras con el río marcando el territorio que pertenece a cada una. Hacia el sur vemos otra serralada a cuyos pies se forma un lago inmenso. Lo único que mancha el paisaje virgen son: la mota blanca al fondo del valle de la cual se intuye la cabaña y unos postes de electricidad a tres valles de distancia. Es en los postes donde tenemos aparcado el coche.

Después de comer seguimos subiendo. Ya no hay vegetación alguna, sólo rocas montadas unas encima de otras con nieve cubriendo los huecos. Tony se ha plantado en el momento en que había que empezar a usar los brazos para continuar, pero Mariusz y yo hemos llegado a la cima. ¡No podía ser de otra manera! Desde aquí se ven los valles de detras y la cresta que lleva al pico más alto de la zona: el monte Titiroa. En los valles de alta montaña se han formado algunos lagos cubiertos de una capa de hielo en la que algunos vienen a patinar. El viento aquí se hace notar y mientras hacemos fotos nos ponemos toda la ropa que llevamos. Es mucho más tarde de lo previsto, pero no podemos para de hacer fotos.

El camino de vuelta es más sencillo. Hemos tomado otro camino en el que no hay laberinto de árboles. Incluso el agua del río parece haberse calentado al cruzarla. Será que ya vamos calentitos del paseo. Tenemos que darnos prisa para salir de camino al coche. Son pasadas las dos de la tarde y todavía estamos en la cabaña. Comemos de prisa y preparamos las mochilas... al final emprendemos la marcha pasadas las cuatro.

Estamos seguros de que parte del recorrido lo haremos de noche, con las linternas frontales pegadas a la cabeza. La cuestión es hacer cuanto más recorrido de día mejor. Hay que darse prisa para cruzar todos los ríos posibles de día, pero no tenemos muchas esperanzas. Empezamos con un ritmo fuerte y conseguimos cruzar el río dos veces con luz solar. Ambas veces se podían cruzar sin mojarse: una usando piedras y otra por encima de un tronco caído. No apto para gente con vértigo.

El camino se vuelve empinado y la luz empieza a escasear. Finalmente el camino se hace impracticable sin luz artificial justo al llegar a unos miradores desde los cuales se ve todo el valle. Hay más estrellas en el firmamento de las que se ven en el mejor de los días en mi ciudad natal. Esperamos a estar todos reunidos para emprender la marcha con los frontales.

Caminar de noche por senderos de montaña es bastante entretenido. Tienes que asegurarte de no estar desviándote del camino. Lo cual pasa a menudo y tienes que volver atrás hasta dar con el camino correcto. Es un proceso que ralentiza la marcha, lo importante es no perderse. Uno de nosotros va delante buscando el camino un tanto separado de los otros dos. Si pierde el camino, grita y los otros se paran. Así nunca perdemos todos el camino, a base de silvidos siempre nos acabamos encontrando.

Queda cruzar el río dos veces... de noche. Una de ellas tenemos el puente, pero la otra habrá que cruzar mojándose los pies. Al ser de noche la cosa se complica. No podemos buscar la zona menos profunda y por ello alejarnos mucho del sendero. Así que cogemos la línea más directa y aparentemente menos profunda, pero fracasamos en mantener la ropa seca. La parte más cercana a la otra orilla tiene suficiente profundidad como para mojarnos a todos, incluso el más alto, los pantalones arremangados.

El camino de noche se hace eterno. Estamos extenuados de tanto caminar y parece que no avanzamos. Nos alegramos cada vez que vemos algún objeto que reconocemos, significa que estamos más cerca. Parece tan lejano aquel tiempo en que pasamos por aquí en la dirección contraria... sólo ha pasado un día y medio.

Subir por los acantilados es alentador a la vez que desmoralizador. Alentador porque es el primer recuerdo que tengo del sendero y debemos estar cerca del final. Desmoralizador porque ahora es todo de subida y estamos extremadamente cansados. Un tropiezo en esta parte del sendero sería una catástrofe, así que avanzamos lentamente para no perder el equilibrio. Cada vez que el sendero se vuelve un poco llano tengo la esperanza de que sea el final, pero siempre vuelve a aparecer una pared y entran ganas de dejar de caminar.

La tenacidad tiene sus frutos y el coche aparece de entre los matorrales veinte minutos antes de la media noche. La euforia, después de 15 horas de caminar por el monte, es contenida. Ahora queda el camino de vuelta a Dunedin. Hace mucho frío, acompañado de una noche estrellada. Ha sido un viaje intenso, como la naturaleza de estas islas.

Playa, cuevas y nieve

Hoy Mariusz me ha llevado a Long Beach. Una playa al norte de Dunedin donde hay sitios para escalar. La playa es preciosa; arena blanca y rodeada de acantilados. Pese al frío que hace, me entran ganas de tumbarme en la arena a tomar el sol. Por el camino vemos a un escalador subido a un acantilado buscando un sitio por donde colgar la cuerda. La roca de los acantilados es super negra, casi carbón. Lo cual contrasta con la arena blanca de la playa.

Caminamos hacia la otra punta de la playa, ahora es fácil porque la marea está baja. Mariusz me comenta que en esta zona de la isla la marea no se nota mucho, solo sube y baja un metro y medio (vamos, igualito que en Gavá). El límite al que llega el mar lo marca una franja de vegetación que crece a través de la arena en la parte más alta de la playa. Un par de gaviotas persiguen a las olas buscando algún bicho despistado.

Al otro lado de la playa hay unas cuevas enormes. Lástima que no llevemos linternas para podernos adentrar. Parece ser que son muy profundas. Aquí el viento ya no sopla y la sensación de frío es mucho menor. Hay dos hogueras ya apagadas de los últimos visitantes que acamparon aquí. Mariusz también ha acampado aquí alguna vez, ¡qué envidia!

Retrocediendo un poco, por el lateral del acantilado negro, llegamos a unas cuevas más pequeñas cuyo suelo es de arena blanca y blanda. Es aquí donde venimos a escalar. Las paredes y los techos están llenos de marcas de magnesio. Parece que me acabo de meter en la meca local de la escalada.

Tres veces escalando en una sola semana, sumado a mi escaso nivel físico actual, hacen que no esté a la altura de la mayoría de los problemas de la cueva. Pero eso no quita ni un ápice de diversión. Mariusz y yo nos motivamos mútuamente en la cueva. Ahora me sale un paso a mi, ahora uno a él pero nunca el problema entero. ¡Hay pique!

Caerse aquí no es ningún problema, ni siquiera hace falta colchoneta. Eso si, los pies de gato quedan repletos de arenilla. Para cuando nos damos cuenta de lo cansados que estamos, está empezando a llover, a la vez que oscurece. Es el momento de volver a casa.

En el camino de vuelta Mariusz se dedica a recoger la mierda que otros han ido dejando y yo le imito emocionado. Este tío cada vez me cae mejor. La mayor parte de la basura son bolsas de plástico y botellas de vidrio que dejan los escaladores. Esto suele pasar en las zonas accesibles. Está tan cerca de la civilización que parece que las normas de la ciudad siguen siendo válidas... "Total, ya pasará el basurero. Que para eso les pagamos el sueldo."

La vuelta en coche nos depara una última sorpresa: "Aquello de allí al fondo, blanquecino, parece nieve. Pero no puede ser, será escarcha." Un poco más adelante le tengo que dar la razón a Mariusz... está nevando. No es una gran nevada, pero ni estamos en pleno invierno, ni esto es una montaña. Mañana habrá un paisaje interesante.

Toma ciudad pequeña

Hoy me he encontrado con dos personas por la ciudad que reconozco. No es precisamente que yo tenga una memoria de cojones ni que preste mucha atención. Inluso ellos también me reconocen a mi. Y eso que sólo llevo 10 días en la ciudad... pequeña de cojones.

Pero para ser pequeña, con tan solo 110 mil habitantes, tiene de todo: Estación de tren, aeropuerto, centros comerciales, universidad, puerto, jardín botánico, museos, rocódromo, multi cines, skate park y a saber que más cosas encontraré yo en mis próximas aventuras.

Escalada en el rocódromo

Ya he encontrado el único rocódromo de todo Dunedin. En tan solo una semana. Abren los martes y los jueves por la tarde para los no socios por 7 dólares neozelandeses (NZD). Pero también te puedes hacer socio por 40 NZD al mes e ir a cualquier hora, cualquier día de la semana. Como soy un flipado de la escalada, seguro que voy todos los martes y jueves y me sale a cuenta abonarme. El mínimo para ser socio son 2 meses y también permiten un único pago de 4 meses. Si me gusta me apunto los cuatro meses y punto.

El primer día de apertura a todo el público me voy para el rocódromo, que está justo encima del Octagon. Para no perder tiempo, ni dinero (a veces soy tan catalán que me asusto) , me llevo 160 NZD en el bolsillo. Para poder apuntarme los cuatro meses y no tener que pagar los 7 de hoy.

El rocódromo está en un edificio de locales en alquiler. Los universitarios los alquilan para todo tipo de actividades: local de ensayo para músicos, sala oscura... para fotógrafos, incluso he visto clases de balet clásico. ¿Cuántos me estaréis imaginando con un tutú rosa? Bueno yo a lo mío. La sala en cuestión es de unos 50 metros cuadrados y el techo es bastante alto. Hay un equipo de música y un sofá, donde me siento mientras me doy de alta. El sitio me ha gustado lo suficiente. A parte del sofá y un mini-pasillo (por llamarlo de alguna manera) que tiene delante, todo el suelo está lleno de colchonetas para amortiguar las caídas. Las paredes tienen planchas de madera casi hasta el techo y llenas de presas. Una de las paredes no tiene inclinación, otra unos 15º, otra unos 30º y otra, la más bestia, 45º. Me voy a poner como un toro.

El primer día voy un poco tranquilo. Hacía días que no escalaba y los músculos están dormidos. A los dos días ya he vuelto a ir, los músculos esta vez estaban un poco más por la labor. Las paredes están llenas de problemas por resolver y la gente es bastante amigable.

Primer Sendero

Margaret, una compañera de residencia inglesa de más de 50 años y mal llevados, me ha comentado que los fines de semana suele ir con algunas amigas a hacer excursiones por los alrededores. Es el primer fin de semana, así que no me ha dado mucho tiempo de planificar y su propuesta me parece buena.

Según Margaret sus amigas son las diosas de la puntualidad y se enfurecen si cualquiera osa desafiar su ley. No han quedado demasiado lejos, pero como Margaret va en bicicleta yo tengo que salir un poco antes. De camino Margaret me adelanta, aunque no va muy deprisa para ir en bicicleta. La pendiente es casi nula, una canica en el suelo no se movería mucho, con lo que deduzco que Margaret es una ciclista inexperta. Aun así llega antes que yo. Mi llegada no enfurece a las diosas de la puntualidad... misión cumplida.

El comienzo del sendero está a tan sólo un kilómetro de la casa del candado del amor. Está lo suficientemente cerca de la ciudad como para ser el destino de muchas caminatas y corridas al salir del trabajo. De hecho por el camino nos encontramos a varias personas que escojen el "Pineapple Trail" (sendero de la piña) para manternerse en forma.

Me río yo de los parques de Barcelona. Tansolo Collserola no se avergonzaría al lado de los matorrales que rodean Dunedin. Matorrales es lo que les llaman aquí, porque yo apenas puedo ver el sol la mayoría del recorrido. Esto es un bosque denso y húmedo, con ríos y embalses que abastecen la ciudad de agua. Decenas de pájaros de diferentes especies se pueden ver entre los árboles si te paras a observar. Sus cantos nos acompañan durante todo el paseo.

El recorrido dura un par de horas, de lo más puntuales. Hay cientos de senderos que recorren toda la zona que me quedan por recorrer. Me ha comentado Mariusz que si sigues hacia el noroeste el parque no tiene fin y se pueden hacer incluso excursiones de varios días. ¡Qué ganas tengo ya de dormir en el suelo!

Lavabo público cabrón

Uno tiene a veces el típico apretón. Nada nuevo. Lo jodido es cuando el apretón te pilla lo suficientemente lejos de algún sitio conocido como para que la idea de salir corriendo en plan correcaminos (con las piernas dando vueltas por delante y las manos pegadas al trasero) sea desestimada rápidamente.

En esta situación, no te queda más remedio que entrar en modo pánico, mientras tu cabeza empieza a dar giros bruscos en perfecta coordinación con tus ojos, para encontrar lo antes posible un lavabo digno. ¡Nada a la vista! .... ¡Ahí veo uno! pero... ¡Mierda! es el típico lavabo público que hay en los parques. Si, si, aquellos que aparecen de la nada como si los hubieran puesto ahí los de la cámara oculta.

Por suerte no es de los lavabos de la construcción. Este es más moderno. Incluso tiene botones táctiles para abrir y cerrar la puerta (solo desde dentro). También tiene un sistema de esos que detectan tus manos para echarte el jabón y echar aguilla. Curiósamente la cadena del váter es inexistente. Para echarle agua hay que activar el grifo de las manos. Buena manera de conseguir que la gente se lave las manos (o en su defecto dejarlo todo hecho una mierda). ¡Incluso parece limpio! Me da a mi que es de esos que se auto lava en plan ducha a presión. Total, que no tengo muchas opciones y este me da la suficiente confianza.

Para mi defecar es todo un ritual. Hay que tomarse su tiempo, sobretodo si es un lavabo público. Por suerte en esta ocasión el apretón no es tan acusado y puedo dedicarme a limpiar los bordes de la taza. Una vez sentado, me quedo ahí hasta que estoy totalmente convencido de que no queda ningún hermanito dentro que pueda vengarse más adelante. Lástima que no tenga nada para leer. Que conste que es la primera vez que utilizo uno de estos trastos y quiero sacar el máximo provecho.

Pero el lavabo no aprecia tanto mi presencia como yo la suya. Al cabo de un rato de estar ahí sentado, supongo que por un tema de eficiencia, la puerta va y se abre sola. Para más inri, la puerta está justo delante de mi y da a parar a la plaza de la estación de tren. ¡Será cabrón!

Me levanto un tanto incrédulo y tapándome las bolingas, para acercarme al botón de cierre... ¡no funcionaaaaaa!! Apreto dos o tres veces y nada. Así que cojo la chaqueta que había dejado colgada y la pongo a modo de tabarrabos y saco la cabeza por la puerta para cerciorarme de que no es una broma. En cuyo caso no se que hubiera hecho. De repente me acuerdo de que estos lavabos también son una ducha y de un brinco salgo fuera mientras miro para dentro para verificar que no me he dejado nada (nota mental: ¡no te has subido los pantalones ni los calzoncillos y estás haciendo un calvo monumental a toda la plaza!). Así que me doy la vuelta y me subo los calzoncillos y los pantalones como buenamente puedo con una sola mano y me vuelvo a meter en la cabina. No me los subo del todo que no me ha dado tiempo a limpiar. Por fin un golpe de suerte permite que vuelva a cerrar la puerta. Lo cual me vuelve un poco paranoico no sea que toque ducha.

Tiene gracia eso de limpiar ¡¡eh!! Pues si que la tiene si, sobre todo porque no había papel higiénico, ni siquiera no higiénico. Pero Vera resulta ser mi salvación, menos mal que insistió en meterme un par de paquetes de kleenex en el pantalón antes de irme. Parece que la situación queda resuelta.

Vivan los lavabos públicos y las situaciones cómicas que conllevan. Si me veis en un programa de cámara oculta, por favor grabadlo que yo también quiero reirme.

Taieri Gorge Railway

En Nueva Zelanda los trenes son una atracción turística. Tuvieron su utilidad durante la fiebre del oro, pero al acabarse los pedruscos dorados y sobretodo con la llegada del oro negro y los carruajes de acero, el tren se quedó en el olvido.

Por suerte para los turistas, con su típica cámara al cuello, sombrero y pantalones cortos (si, aquí hay mucha gente que viste como si fuera verano), no todo el hierro de las vías fue reciclado. Algunas de las líneas de tren siguen utilizándose una vez al día en viaje de ida y vuelta para los turistas. Las que no tuvieron tanta suerte se han convertido en senderos para caminar o ir en bicicleta.

Para mantener el espíritu y de paso atraer al máximo número de turistas, los trenes son los mismos de hace 50 años. En el tiquet hay un aviso de que no se hacen responsables de nada de lo que le pueda pasar al pasajero (incluso si se despeña el tren por algún acantilado). El tren en concreto que voy a coger se llama Taieri Gorge Railway, porque pasa por el cañón de Taieri.

Las vistas son impresionantes y el trayecto de un par de horas se hace incluso corto. Pasamos por varios puentes de hierro haciendo un ruido rítmico que me recuerda a las películas del oeste que tanto me gustaba ver de niño. Yo siempre quise ser un indio en taparrabos y con cresta al estilo MA Barracus para poder asaltar trenes como este. La diferencia con el Oeste americano es básicamente una de color. Mientras el primero es rojizo, aquí el verde predomina. La cantidad de árboles y vegetación hace una mezcla entre alpina y amazónica, pero al salir del vagón a hacer fotos se te erizan todos los pelos empezando por la nuca y se hace inequívoca tu situación geográfica.

Museo de Otago

Me han comentado que los museos en Dunedin son gratuitos. Para que no se diga, hoy he hecho algo cultural. Las montañas y el deporte no lo son todo. El museo de Otago es el que me queda más cerca y es también el más grande. Resulta que no todo es tan bonito como lo pintan, lo gratuito son las exposiciones permanentes y te cobran por las itinerantes. Lo cual tiene más sentido.

A mi la que me interesa es la permanente que trata de las culturas polinesias y melanesias. Al tratarse de millones de islas, la diversidad cultural es bastante grande. Pero tampoco vale la pena estresarse con tanta diversidad, porque el hombre blanco ya se está encargando de poner un Mc Donalds en cada isla y venderles Coca Cola y ropa de marca a los indígenas. Alguien tendrá que trabajar de verdad para mantener nuestro estilo de vida.

La mayoría de las islas fueron pobladas por grupos polinesios mucho antes de que llegaran el Capitán Cook y compañía. Es un consuelo saber que los hombres pálidos no tenemos el monopolio de destrucción de habitats. Los polinesios también se encargaron de exterminar a muchas especies de aves antes de que nosotros continuáramos su labor con armas más potentes y cantidades ingentes de basura.

El mundo al revés

¡Señores y señoras... es cierto! Al otro lado del mundo, en lo que se viene llamando las antípodas, todo va al revés.

Es de día cuando debería ser de noche e invierno cuando debería ser verano. ¿Os imagináis hacer las vacaciones en Diciembre? ¿O abrir los regalos de navidad con el bañador en la mano? ... Pues aquí es lo habitual.

Pero eso no es todo, los coches conducen por la derecha. Yo espero aprender a mirar por el lado correcto cuando cruzo la calle antes de me abran una brecha. Y es que en las rotondas ¡giran como las agujas del reloj!

¡Hasta el agua es cómplice de esa locura! Se burla de mi al escaparse por el desagüe en dirección contranatura.

¡A la luna le han dado la vuelta! Esa cara que nos parecía ver, es aquí la de un murciélago colgado del firmamento. Incluso el sol se ha vuelto loco y aquí alumbra más la cara norte que la sur.

¿Quién sabe qué más cosas aquí no aplican? Quizás la nieve cae en los valles y no en las alturas. Me inclino a pensar que es un acto de brujería. Tendré que ser fuerte y no perder la cordura.

OTMC

Los jueves por la tarde hay reunión en el club de montañismo y senderismo de Otago (la provincia en la que esto) - OTMC. Aun y estando en la otra punta de la ciudad, me decido a ir andando, el cual de momento es el único método de transporte en que confío.

Primero paso por el "Octagon", al cual se llega a través del campus y la zona comercial. El Octagon es la plaza central de Dunedin que tiene forma de octágono. Pasado Octagon hay un trozo más de zona comercial, con alguna iglesia interesante, pero después la ciudad cambia por completo. Por aquí ya no pasea nadie y las calles se vuelven mucho más anchas con concesionarios de coches a ambos lados, estilo américa.

Poco antes de llegar al local del OTMC entro en una zona que me recuerda a los barrios menos favorecidos de Miami. Por suerte, después de haberme perdido por los barrios musulmanes de Jerusalem, esto no me da ningún miedo.

Una vez en el club me doy cuenta de que soy el tercero en llegar. Un chico de treinta y largos está sentado junto a otro más mayor. Éste último es el encargado de dar la bienvenida a los nuevos. Se levanta de detrás de una mesita y me doy cuenta de que va vestido como un boy scout... ¡a su edad!

Pronto empiezan a llegar más personas, todos excepto un par sobrepasan los 50. Por suerte no soy el más joven, hay un chico de 19 con el que intercambio el número de teléfono por si vamos a escalar algún día.

El chico de treinta y pico da una charla sobre su último viaje a India. Muy interesante aunque no habla en absoluto de senderismo ni montañismo. Después de la charla hay te, café y algunas pastas. Yo me pongo a hablar con la gente y algunos me captan para excursiones futuras. Seguramente me apuntaré a las de dos días.

Acabada la sesión, el boy scout se me adelanta y me busca alguien que me lleve en coche a casa en cuanto se entera de que he venido andando. Me caen bien porque son muy atentos. Ya tengo ganas de comprar todo lo necesario para ir de paseo.