Adrenalina, segunda parte

Este fin de semana toca Christchurch, la ciudad más grande de la isla Sur. Llegar hasta aquí en autocar son seis horas. El único plan que tengo es coger un tren turístico que cruza la isla por las montañas. Pero al llegar al hostal me llama la atención un tríptico.

De repente me veo en un espejo. Llevo un traje de colores que me recuerda a los bufones de la corte de Luis XIV. El traje no estaría completo sin el gorro y las gafas de soldador. Pete me ha puesto el harnés y mé da algunas instrucciones. Por ahí llega la avioneta. Es ridículamente pequeña. Apenas caben el piloto y cinco personas más, pero hoy solo subimos tres. No hay asientos, sólo una colchoneta en la que sentarse.

Pete - "¿Hasta dónde quieres subir?"
Eidrien - "Lo más alto que se pueda."

A 12,000 pies de altura, más de 3600m, abre la puerta lateral de la avioneta y nos acercamos a ella. Me coloco en la posición que Pete me ha explicado y nos lanzamos al vacío.

La sensación de caída dura menos incluso que al saltar de un puente. Damos una vuelta de campana antes de que Pete tome el control total de la situación. A partir de entonces vienen 45 segundos de caida libre. Libre por llamarlo de alguna manera porque yo no tengo libertad alguna. Tengo a Pete pegado a la espalda controlando velocidad y dirección.

Al no haber puntos de referencia más que el suelo a algunos kilómetros de distancia, ni siquiera tienes la sensación visual de estar cayendo. Es más, como no puedo mirar hacia arriba (Pete pegado a mi espalda me lo impide) ni girar, excepto cuando Pete gira para darme una vista rápida de los alrededores, me da la impresión de estar colgado por encima de una pantalla gigante en plan IMAX a lo bestia en la que proyectan un video de Christchurch desde las alturas. El viento sopla fuerte de abajo a arriba, pero ni siquiera me cuesta respirar. Es como ir en una moto a gran velocidad.

Los 45 segundos se acaban rápido. Pete abre el paracaídas y empieza a maniobrar hacia la pista de aterrizaje. El harnés me aprieta el cuello y apenas puedo mover la cabeza para mirar por los alrededores. Pete pretende engañarme al darme las riendas del paracaídas, pero él hace las maniobras cogiendo las cuerdas un poco más arriba.

El aterrizaje es sencillo. Ni nos caemos ni hace falta correr. Tengo los oídos taponados del cambio de altitud y estoy un poco atontado. Cuánta razón llevaba un gran amigo mío al decirme que esto de saltar de un avión en tándem era una mariconada.

Segundas partes nunca fueron buenas.

4 comentarios:

Carlos Morales dijo...

Vamos a ver, y tú cuándo curras?

Anónimo dijo...

Hijo realmente estas como una cabra,en las fotos tienes una cara de chiflado que lo flipas pero ya es lo tuyo pues ale a pasarselo bien

Daddy Dodo dijo...

Hang on ... if there were only three of you in the plane and the pilot flew back to base, who took the picture of you and Pete in the air?

Adrian Perreau de Pinninck Bas dijo...

I never counted the pilot, it was three that got on the plain, the pilot was always there.