1441 metros verticales separan el lago Wakatipu de la cumbre de Ben Lomond. Aún y así, no es el pico más alto de los que rodean el lago. Queenstown, la capital del riesgo, es una de las ciudades que besan el agua de este rayo líquido entre las montañas. El riesgo corre por sus venas. En la calle principal hay decenas de tiendas especializadas en proveer de tanta adrenalina como permita tu cartera. Pero yo hoy busco la soledad que no puedo encontrar entre sus calles.
El sendero hasta la cima parte de la estación base del teleférico "Góndola", que lleva 400m más arriba. Sería hacer trampa. De seis a ocho horas, en buenas condiciones, es lo que se suele tardar en hacerse el recorrido de ida y vuelta. Son las 9 cuando empiezo a caminar.
El bosque que cubre las montañas, es de pinos fuertes, altos. El musgo aquí es cobarde, no osa adentrarse en el bosque. Se queda cerca del río, donde el sonido de sus aguas cayendo por las cascadas le consuela. Hoy para mi no hay consuelo mas que la visión de los valles ocultos tras los colosos de roca.
Pasada la franja donde los árboles no encuentran suficiente agua para poder crecer, veo el lago más pequeño y Queenstown guardando el lecho. La bruma matinal, agitada por el calor del sol, sube formando un arco iris que acaba en el lago. Mi inquietud por continuar es mayor que la quietud de lo sobrecogedor. Ya veo la cima, ¡adelante!
Los últimos 200m de desnivel son los más complicados. Desde la base se pueden ver los otros valles... ni rastro de humanidad más que un banco que alguien ha puesto en este lugar idílico para contemplar el amanecer. El sol, apenas desperezado, no consigue alumbrar todos los recovecos entre los cientos de montes. Los contrastes son la norma: valles negros aún oscuros, cimas blancas y laderas marrones donde no se distingue a un árbol de un matorral.
Muchos otros han subido antes por el mismo camino, dejando un surco donde los rayos del sol nunca llegan. El reino del agua cristalizada hace complicada la ascensión. Una escalera interminable de piedra, fango y hielo, zigzaguea para encontrar el camino más cómodo. Debería llegar hasta la cima, pero a cincuenta metros de la codiciada meta el camino se pierde en un manto blanco. Se puede intuir el camino que otros han tomado en verano. Pero el surco ahora está lleno de polvo helado que me sobrepasa las rodillas. Es mejor atajar por la ladera que seguir sus pasos.
¡La cima al fin en menos de tres horas! El lago todavía más pequeño, ahora casi entero mi vista abarca. La cordillera de los Remarkables, pujando más de 2000m por encima del lago, parece inalcanzable. El blanco predomina y pelea por acaparar hasta el cielo. Pero el azul intenso mantiene suficiente terreno para ver picos y valles a lo lejos. El Mt. Aspiring, de los pocos que superan l0s cuatro mil, hoy no asoma. La batalla la acaba ganando el blanco; una nube espesa sube por la ladera sur cubriéndolo todo. Nunca antes había visto un arco iris infinito, sin inicio ni fin, círculo perfecto de color.
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