La cabaña Borland y el monte Titiroa

Tengo la mochila preparada desde las dos de la tarde. En teoría tenemos que salir a las cuatro, pero parece que Tony suele retrasarse. Mariusz ya lo había tenido en cuenta al decir la hora de salida, pero aún y así no salimos hasta más tarde de su previsión: las 19:30. Yo me he pasado cinco horas dando vueltas alrededor de la mochila pensando en qué me habré olvidado esta vez.

El trayecto en coche hacia Fiorland, en la parte sudoeste de la isla, dura unas cuatro horas. No lo hacemos del tirón, porque hay que parar a poner gasolina al menos dos veces. La segunda parada la aprovechamos para cenar algo en un KFC que hay al otro lado de la gasolinera. Hace frío, pero estamos muy animados.

Mariusz decide tomar un atajo por una carretera secundaria. Por suerte acierta y acortamos un poco el camino. También tenemos la suerte de ver algunos animalejos que se cruzan por nuestro camino: conejos, gatos y zarigüeyas. Al final llegamos a un refugio, desde donde sale una carretera de tierra por la que nos adentramos.

El sendero parte de un lateral de la carretera que encontramos tras pasar tres puentes de un solo carril. Son cerca de las doce, así que no empezaremos el camino hasta mañana. Mientras decidimos cómo vamos a dormir, nos maravillamos con el cielo estrellado, la vía láctea y la cruz del sur. Incluso vemos una estrella fugaz que cruza la mitad del firmamento. En el coche podríamos dormir todos, pero un tanto incómodos. Yo opto por montar mi tienda de campaña y así dormir más anchos.

Mariusz tiene razón, la esterilla que me he comprado será pequeña y ligera, pero es una mierda como aislante. El saco de plumas es una delicia y al menos no paso mucho frío. Durante la noche me despierto unas cuantas veces a causa de la lluvia. Un tanto preocupado, saco el brazo de dentro del saco para verificar que el agua no se filtra. Todo va bien.

A las 8 Mariusz nos despierta a todos, nos tenemos que dar prisa. El sol apenas asoma y llovizna un poco. Desmonto la tienda, aún mojada, y rehacemos las mochilas mientras nos tomamos unos sandwiches que ha traído Mariusz. La idea era empezar el camino a las 9, pero no lo conseguimos hasta las 10:30.

El primer tramo baja por unos acantilados de arenisca hasta el río. La vegetación me sorprende por la cantidad de líquen y musgo que hay. Un manto verde, casi fosforescente, lo cubre todo: piedras, suelo y árboles. Solo el sendero se libra del musgo, por el paso de la gente.

Son muchas las veces que tenemos que cruzar pequeños riachuelos. Pero sabemos de antemano que al menos dos veces el sendero cruza un río más ancho. Antes había puentes tibetanos, pero la guía dice que los han quitado. Para nuestra sorpresa en el primer cruce nos encontramos un puente de madera y metal. ¡Parece que llegaremos con los pies secos después de todo!

El camino continúa por el bosque denso, se oyen los pájaros e incluso uno se para al lado del sendero a mirarnos. No nos tiene miedo y salta de lado a lado para vernos mejor. Es pequeño y coqueto, con largas patas y plumas negras, lo cual hace resaltar su pico naranja.

Después de un rato llegamos a una semi cueva, bajo una piedra enorme, preparada para hacer vivacs con un tatami de madera. Nosotros aprovechamos para comer e ir al lavabo. Los mosquitos también han encontrado este sitio y no tardan en avisar a sus parientes de que también les ha llegado la hora de comer. Un servidor, previsor, ha traido pomada anti instectos.

Poco después de emprender la marcha llega la catastrofe. En el segundo cruce del río no hay puente ni hay nada. Ni siquiera es posible cruzarlo de piedra en piedra. Como no tenemos intención de caminar el resto del viaje con los pies mojados, preferimos quitarnos las botas y calcetines para cruzar el río con chanclas. El agua está muy fría... glacial, pero no te das cuenta hasta el tercer paso en el agua, cuando sientes que el frío estruja tu piel y te perfora hasta los huesos. Una vez cruzado el río, toca masaje para recobrar la sensibilidad en los dedos. Sentir dolor es bueno, es el proceso de vuelta a la normalidad.

Dos veces más tenemos que cruzar el río, ambas sin puente. En este caso con cierta agilidad es posible cruzar por encima de rocas sin mojarse los pies. Es aquí donde importa tener una mochila ligera. Yo llevo unos cuantos viajes practicando el senderismo ligero, con lo cual llevo una mochila de 45 litros que apenas pesa 9 kilos. Tony y Mariusz llevan mochilas de 90 litros que pesan un quintal. Ya les he estado vendiendo la moto ultraligera. Mariusz cruza sin problemas, pero Tony sufre e incluso tiene que meter una bota en el agua para no caerse.

Finalmente llegamos a una explanada pantanosa en la cual un cuarto de hora más tarde encontramos la cabaña Borland. Una autentica delicia con litera doble, mesa, libros y cartas, chimenea con leña y letrina aparte. El trayecto desde el coche debería haber durado cinco horas sin descansos y hemos llegado a las cinco y media de la tarde. No está del todo mal. Pronto caerá la noche, así que aprovechamos la poca luz que nos queda para husmear por los alrededores. Estamos en medio de un valle rodeados por dos sierras de unos mil metros de desnivel con nieve en las puntas de sus dientes. Cerca de la cabaña hay un río con poca agua pero muy fría. No hay más señal de civilización que la cabaña.

Estamos disfrutando de un tiempo magnífico. No nos ha llovido en todo el día y no hay nubes en el firmamento. Aquí se ven más estrellas que la noche anterior, pero ninguna fugaz. En la cabaña preparamos una cena caliente y encendemos una hoguera que nos mantiene calentitos mientras cenamos y jugamos a UNO con las cartas de la cabaña. A las 22:00 nos vamos a dormir. Tony, por ser el más grande de todos, duerme solo abajo. Mariusz y yo compartimos la litera de arriba.

A las 6:20 suena el despertador al que maldecimos. Nos hemos propuesto subir al pico de una montaña en la cara opuesta al río, desde la cual veremos el Monte Titiroa (destino preferido de los visitantes de la zona). No nos podemos demorar mucho, ya que después de la montaña hay que volver al coche. Antes de que amanezca tenemos que estar desayunados y las mochilas deben estar listas. Yo me llevaré la mía para la ascensión, con comida, agua y chuvasqueros.

Cruzar el río al romper el alba, todavía destemplados, es lo que más tememos. Es mejor no pensárselo mucho. Yo me pongo las chanclas, me echo las botas al hombro y la mochila a la espalda. Los dedos ya los tengo fríos antes de empezar y no me los noto al primer paso en el agua helada. No pienses, camina. El dolor sube hasta la rodilla, pero en los pies ya no duelen. Al llegar al otro lado tiro las cosas al suelo y sigo caminando en círculos hasta que los dedos de los pies me vuelven a doler.

Ya hemos pasado todos el río y estamos listos para continuar. Tenemos que subir por el bosque hasta llegar a la franja a partir de la cual no crecen los árboles. Aquí ya no hay camino y la última parte es tan espesa que parece un laberinto. Llegamos a la franja y continuamos subiendo por una zona de matorrales rojos, verdes y blancos. Ya empezamos a ver parches de nieve entre algunos matorrales donde no da el sol. Algo más arriba nos paramos a comer en un par de rocas. A estas alturas ni los matorrales crecen, sólo líquenes o musgos secos y espesos. Las vistas son impresionantes. El valle se encarama entre las dos sierras con el río marcando el territorio que pertenece a cada una. Hacia el sur vemos otra serralada a cuyos pies se forma un lago inmenso. Lo único que mancha el paisaje virgen son: la mota blanca al fondo del valle de la cual se intuye la cabaña y unos postes de electricidad a tres valles de distancia. Es en los postes donde tenemos aparcado el coche.

Después de comer seguimos subiendo. Ya no hay vegetación alguna, sólo rocas montadas unas encima de otras con nieve cubriendo los huecos. Tony se ha plantado en el momento en que había que empezar a usar los brazos para continuar, pero Mariusz y yo hemos llegado a la cima. ¡No podía ser de otra manera! Desde aquí se ven los valles de detras y la cresta que lleva al pico más alto de la zona: el monte Titiroa. En los valles de alta montaña se han formado algunos lagos cubiertos de una capa de hielo en la que algunos vienen a patinar. El viento aquí se hace notar y mientras hacemos fotos nos ponemos toda la ropa que llevamos. Es mucho más tarde de lo previsto, pero no podemos para de hacer fotos.

El camino de vuelta es más sencillo. Hemos tomado otro camino en el que no hay laberinto de árboles. Incluso el agua del río parece haberse calentado al cruzarla. Será que ya vamos calentitos del paseo. Tenemos que darnos prisa para salir de camino al coche. Son pasadas las dos de la tarde y todavía estamos en la cabaña. Comemos de prisa y preparamos las mochilas... al final emprendemos la marcha pasadas las cuatro.

Estamos seguros de que parte del recorrido lo haremos de noche, con las linternas frontales pegadas a la cabeza. La cuestión es hacer cuanto más recorrido de día mejor. Hay que darse prisa para cruzar todos los ríos posibles de día, pero no tenemos muchas esperanzas. Empezamos con un ritmo fuerte y conseguimos cruzar el río dos veces con luz solar. Ambas veces se podían cruzar sin mojarse: una usando piedras y otra por encima de un tronco caído. No apto para gente con vértigo.

El camino se vuelve empinado y la luz empieza a escasear. Finalmente el camino se hace impracticable sin luz artificial justo al llegar a unos miradores desde los cuales se ve todo el valle. Hay más estrellas en el firmamento de las que se ven en el mejor de los días en mi ciudad natal. Esperamos a estar todos reunidos para emprender la marcha con los frontales.

Caminar de noche por senderos de montaña es bastante entretenido. Tienes que asegurarte de no estar desviándote del camino. Lo cual pasa a menudo y tienes que volver atrás hasta dar con el camino correcto. Es un proceso que ralentiza la marcha, lo importante es no perderse. Uno de nosotros va delante buscando el camino un tanto separado de los otros dos. Si pierde el camino, grita y los otros se paran. Así nunca perdemos todos el camino, a base de silvidos siempre nos acabamos encontrando.

Queda cruzar el río dos veces... de noche. Una de ellas tenemos el puente, pero la otra habrá que cruzar mojándose los pies. Al ser de noche la cosa se complica. No podemos buscar la zona menos profunda y por ello alejarnos mucho del sendero. Así que cogemos la línea más directa y aparentemente menos profunda, pero fracasamos en mantener la ropa seca. La parte más cercana a la otra orilla tiene suficiente profundidad como para mojarnos a todos, incluso el más alto, los pantalones arremangados.

El camino de noche se hace eterno. Estamos extenuados de tanto caminar y parece que no avanzamos. Nos alegramos cada vez que vemos algún objeto que reconocemos, significa que estamos más cerca. Parece tan lejano aquel tiempo en que pasamos por aquí en la dirección contraria... sólo ha pasado un día y medio.

Subir por los acantilados es alentador a la vez que desmoralizador. Alentador porque es el primer recuerdo que tengo del sendero y debemos estar cerca del final. Desmoralizador porque ahora es todo de subida y estamos extremadamente cansados. Un tropiezo en esta parte del sendero sería una catástrofe, así que avanzamos lentamente para no perder el equilibrio. Cada vez que el sendero se vuelve un poco llano tengo la esperanza de que sea el final, pero siempre vuelve a aparecer una pared y entran ganas de dejar de caminar.

La tenacidad tiene sus frutos y el coche aparece de entre los matorrales veinte minutos antes de la media noche. La euforia, después de 15 horas de caminar por el monte, es contenida. Ahora queda el camino de vuelta a Dunedin. Hace mucho frío, acompañado de una noche estrellada. Ha sido un viaje intenso, como la naturaleza de estas islas.