Rakiura track

Stewart Island es la tercera isla más grande de Nueva Zelanda. Los maorís la llaman Rakiura y está al sur de las otras dos islas mayores. La leyenda dice que es el ancla que utilizó el dios Maui para mantener su canoa (la isla sur) mientras pescaba la isla norte. El 85% de la isla es un parque nacional, el único lugar donde se pueden ver kiwis de día.

Peter, un amigo de Tony, también iba a la isla por temas de trabajo y me comentó que me podía llevar hasta el ferry en coche. Después de unas cuantas gestiones telefónicas todo quedó resuelto para ir con él y así disfrutar de un rato más en la isla. El ferry sale desde Bluff en la punta de la isla sur y una hora después desembarca en Obam (el único intento de población en la isla). El estrecho goza de fama por sus oleajes pero este no es mi día de suerte y el mar está calmadito. El trayecto se hace corto y apenas me mareo.

Ya en la isla me acerco a uno de los hostales a conseguir una cama. De mientras me despido de Peter que va en busca del resto de la tripulación del Polaris, el barco propiedad de la universidad en el cual tiene el material para tomar medidas subterráneas con sónar. Ya situado me voy al único hotel de la isla a cenar, tienen menú para vegetarianos.

Después de cenar me encuentro otra vez con Peter. Los del Polaris habían vuelto otra vez a tierra firme para tomar unas pintas en el bar. Peter me pregunta si les quiero acompañar pero yo prefiero acercarme en una visita nocturna al único faro de la isla. El camino, con la luna llena, es bastante sencillo pero me llevo la linterna por si hay tramos de vegetación espesa.

Apenas dos horas después de salir del pueblo, ya estoy de vuelta en él. Ha sido una escursión rápida, para empezar a sentir la sangre corriendo por mis piernas. Ya no hay nada que hacer en Obam, así que me voy directo a dormir. Mañana será un gran día.

Al despertar me voy a desayunar y rápidamente preparo la mochila y hago el check-out. Antes de emprender el sendero de tres días, paso por la oficina de DOC para rellenar mi hoja de intenciones. Allí una chica me da toda la información que necesito para hacer la ruta y me dice que no necesitaré un localizador ya que es una ruta muy fácil y es casi imposible perderse. Después de hablar un poco me felicita por el tamaño de mi mochila, yo me siento alagado y me alegro de estar mejorando en este aspecto.

La primera etapa del viaje me lleva a traves de una de las pocas carreteras asfaltadas de la isla. Un par de horas de camino rodeando la costa me llevan de visita por la bahía de la herradura y la desembocadura de un par de riachuelos. Hay algunas casas pero se nota que aquí el desarrollo brilla por su ausencia.

Después del paseo llego al principio del sendero propiamente dicho. Una escultura en forma de cadena gigante da el pistoletazo de salida mientras explica la leyenda de Maui. Es justo y necesario hacerse una foto bajo una de las argollas. Postrado aquí me siento como un semidios adentrándome a lo desconocido para otra de mis aventuras.

El recorrido nunca deja la costa, aunque los senderos están algo alejados del agua y pasan a menudo a través de densa vegetación. El sonido de los pájaros predomina. Los hay de todo tipo e incluso algunos son lo suficientemente curiosos y coquetos para volar delante de ti y posarse en alguna rama cercana para dejarte admirar sus plumas. El caminar se hace lento porque no me quiero perder ninguno de los bailes que me dedican.

Mas adelante el sendero entra de lleno en una playa recóndita a la que se accede por un puente de madera que parece un muelle. En marea alta recomiendan no cruzar por la playa y según la chica de la oficina ahora mismo era marea alta. De todas formas no pierdo la oportunidad de pasear por la playa y consigo hacerlo si necesidad de mojarme los pies. Al contrario de lo que habían predicho tanto el señor del tiempo como la chica DOC, hace un día precioso y apenas se ve una nube. Me dan muchas ganas de tomar un rato el sol, pero no hace tanto calor como para destaparme.

Después de volver a adentrarme en el bosque durante otra media hora me encuentro embobado mirando un islote a poca distancia de la costa, va ha hacer una postal de ensueño. Poco después vuelvo a salir a otra playa enorme. Esta ya se veía desde lo lejos y había visto algún que otro que paseaba por ella desde la distancia. La playa está en la propiedad de una familia Maorí que permite a los senderistas pasar por ella. De ahí su nombre: playa Maorí. Aquí me dedico a caminar sin botas, ya que me las he quitado para cruzar un riachuelo que teóricamente se puede cruzar a pie en marea baja. Durante un rato no me siento los dedos de los pies pero la experiencia de caminar sobre la arena es suficientemente gratificante.

Al final de la playa hay otro río bastante más grande con un puente colgante que sirve para cruzarlo. Mientras me pongo las botas me pasa un señor mayor que va para el mismo refugio que yo. Nos volvemos a cruzar alguna que otra vez en el camino pero al final es él quien llega primero adelantándome poco antes de llegar. Pese a lo competitivo que soy a veces, esto no me importa demasiado porque puedo quedarme embobado haciendo fotos. Antes de llegar al refugio hay una zona de acampada justo al lado de otra playa y un poco más adelante me encuentro un muelle de madera al que sólo se atreven a subir los pájaros. Sobre todo porque hay un cartel que desaconseja a los humanos su uso.

A menos de 100 metros del muelle aparece el refugio y allí está el señor que me había cruzado. Al parecer no está solo. Ha venido a cazar con su hijo y otro amigo que ya habían llegado al refugio el día anterior. Tienen intención de cazar ciervos, lo cual me deja un poco extrañado, pero resulta que son otra de las plagas que introdujeron los humanos hace cerca de 100 años. Ahora el gobierno está encantado de que los intenten cazar pero no son presa fácil entre la vegetación tan densa.

La noche cae pronto en estas latitudes y yo aprovecho para darme un paseo para admirar la luna llena y de paso rezar al dios Kiwi para que me deje verlo. Los kiwis de esta isla son famosos por salir de sus madrigueras poco antes del anochecer y de no volver hasta un par de horas después del amanecer. De noche yo no seré capaz de verlos así que me animo a buscarlos en horas que tenga alguna posibilidad. Esta vez la búsqueda no da frutos, pero la luna me consuela.

De vuelta al refugio me preparo la cena y después de un rato de relajación acabo jugando a cartas con los cazadores, aparentemente sin éxito. El juego es una variante de poker que la televisión ha puesto de moda últimamente: el Texas Hold'em. Por suerte las apuestas son de mentira y no hay ningún límite. Hace para una noche entretenida, que como siempre en el monte, acaba pronto.

Por la mañana me vuelvo a despertar temprano para emprender la búsqueda del Kiwi de nuevo. Otra vez sin éxito. Me vuelvo con las manos vacías como los vecinos cazadores. He explorado un poco un sendero que parte de este y es más largo. Está completamente enfangado, tal y como me había comentado todo el mundo. Yo espero no tener que enguarrarme hasta las rodillas. Al cabo de un par de horas del amanecer me vuelvo al refugio a desayunar y recoger mis bártulos. Me despido de los cazadores y les deseo un buen fin de semana. A mi me quedan 6 horas de camino hasta el siguiente refugio. Los cazadores se extremecen al oirlo.

El camino es bastante cansado por la multitud de subidas y bajadas, pero no tengo muchos problemas con el barro ya que la mayoría del recorrido está cubierto por un manto de tablas de madera que los del DOC han puesto para que los senderistas no destrocemos más de la cuenta.

Después de un par de horas caminando sucede algo inesperado. En un tramo sin madera oigo un ruido que me hace parar. Descubro una suerte de animalito a unos 5 metros de mí. Es como una bola de 50cm de diametro con algo como pelos de puercoespín. El animal salta de entre los arbustos al camino emprendiendo una breve carrera para esconderse... ¡¡Es un KIWI!! ¡He visto un Kiwi salvaje! No me lo acabo de creer. Son casi las doce del medio día y se supone que es un ave nocturna. Entre la maleza todavía podía verlo un poco utilizando su pico alargado para comer insectos. Estoy extasiado. Lástima que no puedo sacarle una foto por estar tan escondido. No tarda mucho en desaparecer del todo pero yo me quedo quieto en la zona durante casi una hora esperando a ver si vuelve. No tendré tanta suerte. Mientras espero observo la vegetación densa y percibo diferencias bastante grandes entre los árboles de aqui y los de fuera. El helecho es el rey de esta jungla, esta en todas partes y toma miles de formas. La que más me gusta a mi es la "Elmera" una mezcla entre helecho y palmera a la que le he quitado la hache porque me da la gana. El musgo también tiene aquí formas y colores más pintorescos. Os dejo una foto para que os maravilléis tanto como yo.

Después de hacerme a la idea de que no volvería a ver al señor de la selva neozelandesa sigo caminando durante un rato. Tengo intención de esperar hasta llegar al punto de observación para comer. Subido al poste de vigilancia metálico, con vistas a la bahía, paro para comerme mis frutos secos y un bocadillo que me he preparado. Hoy no hace tan buen día como ayer. El cielo está cubierto de una gran nube que amenaza con descargar pero no lo hace. No me quedo mucho rato en el observatorio, porque no hay gran cosa que ver más que el manto de árboles y los pequeños islotes a lo lejos. Pronto reemprendo la marcha.

Al poco rato otro ruido me llama la atención. Levanto la vista y veo un kiwi corriendo a través del sendero en dirección a mi. Me quedo parado, boquiabierto, mirando al kiwi e intentando capturar con la mente este segundo momento precioso. El Kiwi atraviesa el sendero y me da esquinazo a un metro para entonces tropezarse y pegarse un mamporro contra el suelo. Estoy tan atónito que ni siquiera me río. Entonces se levanta y sigue corriendo lejos de mi. Otra vez me vuelvo a quedar parado esperando a que vuelva y mi intuicion no me engaña. De repente aparece el kiwi por encima de un arbusto, dando un salto en plan Rambo y empieza a picotear el suelo a unos 5 metros de mi. Aquí la vegetación es menos espesa y lo puedo ver perfectamente, pero mi cámara sigue sin colaborar. El Kiwi vuelve a desaparecer detrás del arbusto para aparecer en otro lugar a unos 10 metros de mi. Nunca me los había imaginado tan grandes... tienen un tamaño a medio camino entre el de una gallina y un pavo. Durante cerca de un cuarto de hora puedo ver como pasa sus días un Kiwi hasta que vuelve a desaparecer de mi vista para siempre. Estoy tan contento que no quepo dentro de mi, ahí va otro de mis sueños hecho realidad y por duplicado.

La marcha se hace mucho más llevadera después de los encuentros. El éxtasis hace que los kiwis aparezcan cada dos por tres en mi mente. A veces empieza a chispear pero casi ni me entero. No parece que vaya a llover y cuando llueve es tan fino que apenas atraviesa la densidad de los árboles. Hacia las cuatro de la tarde llego por fin al siguiente refugio. Esta vez está totalmente vacío, no hay ni un alma. Aprovecho que todavía es de día para darme una vuelta por los alrededores a husmear. Hay un par de montones de mejillones alrededor de lo que parece un fuego ya apagado. Un caminito va a parar a unas escaleras que llevan a una especie de playa sin arena, debe ser de aqui de donde sacan los mejillones.

Sentado en las escaleras de cara al mar hay una preciosa vista de una isla en medio de la bahía con un velero amarrado. Mientras observo sentado la belleza del espectáculo me doy cuenta de que hay unas pequeñas turbulencias en el agua cerca de la orilla. Al cabo de un rato empieza a asomar lo que parece una piedra. A medida que pasa el tiempo la piedra asoma más y más. Es la bajada inevitable de la marea que tan fácilmente se puede percibir en esta zona del pacífico. Aquí las mareas son muy grandes y en apenas una hora el mar ha bajado al menos 80 centímetros. Al final incluso puedo llegar a las rocas sin mojarme y aprovecho para darme un paseo por encima de ellas. Si no fuera por el mes budista a lo mejor me dedicaría a buscar mejillones para cenar.

Esta vez cenaré totalmente solo. Mientras caliento el agua aprovecho para mirar el libro de visitas del refugio. La mayoría de los extranjeros que pasan por aquí son australianos, americanos y alemanes. Seguidos de cerca por israelís, ingleses y franceses. Los italianos y españoles aparecemos bastante poco. Ocho españoles cuento en total desde Diciembre, que es cuando empieza el libro. De estos 8, 3 son catalanes (dos independentistas), 2 vascos, un andaluz y dos que no se pronuncian. O estos dos últimos son madrileños o los madrileños no viajan tan lejos... mucho me temo que es lo último.

El agua tarda algo más de media hora en hervir, así que me da tiempo para intentar hacer un fuego. La madera húmeda se resiste pero consigo salirme con la mía, aunque no lo suficiente como para calentar el lugar. Mi cena consiste en una sopa de champiñones con fideos chinos y un par de puñados de frutos secos... hmmmm!! Ya es totalmente de noche y tengo que ir por el lugar a base de linterna y alguna que otra vela. Después de cenar no hay gran cosa que hacer y aprovecho para meditar. Es difícil sacarse al kiwi tropezando de la cabeza, pero de todas formas siempre es útil meditar. Durante 40 minutos intento controlar la mente y el cuerpo, pero el control no es el camino... es la observación. Cuando termino la sesión tengo los tobillos doloridos y la espalda un poco acartonada pero curiosamente no he pasado frío y ahora tengo una sensación de calma increíble. Estar en medio de un parque natural, esta vez totalmente solo, da una gran satisfacción por la sensación de autonomía y autosuficiencia.

Por la noche me despierto más de una vez por la tromba de agua que está cayendo. Los servicios meteorológicos no se equivocaban del todo. Ya me veo mojado hasta los calzoncillos. Pero al despertar el temporal parece haber amainado. Todavía es de noche mientras me preparo el desayuno y la mochila. Tengo que estar de vuelta en Obam hacia la una y son seis horas de camino. En cuanto empiezo a ver los primeros rayos de luz, cargo con la mochila a hombros y continuo mi camino. Parece que las nubes han dejado caer todo a lo largo de la noche. Ahora ya están cansadas y apenas llovizna un poco.

En poco menos de una hora me planto a la entrada de una playa que parece una marisma. Debe ser el momento de marea más baja ya que el agua, y con ella los patos, están a 100 metros de la vegetación. Ese espacio lleno de arena y charcos que el mar ha devuelto temporalmente permite un paseo sin mojarse. El suelo está repleto de caracoles y caracolas de diferentes tamaños y otro moluscos interesantes. Caminando hacia el mar poco a poco consigo acercarme a los pájaros que nadan en la orilla recesiva lo suficiente para poderlos observar. Ahí están, buscando comida con sus familiares en una especie de fiesta con barbacoa. Me es difícil separarme de este sitio mágico y tengo muchas ganas de quedarme aquí para ver la marea subir. Pero no hay mucho tiempo que perder, no sea que también pierda el ferry de vuelta.

Un par de horas más, caminando entre la vegetación densa de la isla, me llevan al siguiente punto interesante. Y no es que el camino no lo fuera, por fin en este tramo había zonas sin "amaderar" y el fango abundaba en cantidad. Me divierte mucho resolver el problema del barro sin embarrarme. Se trata de buscar trozos de madera y/o raices que te permitan saltar entre ellas sin meter el pie hasta el tobillo en el fango. La verdad es que se me da bastante bien y gran parte de culpa la tiene mi mochila ligera y mi entrenamiento de jovencito entre barandillas y bordillos. Pero no siempre sale todo bien y en un pequeño lapsus apoyo la pierna en un tronco que resbala más de la cuenta. Tanto resbala que pierdo totalmente el equilibrio y me voy de espaldas contra el suelo. No obstante, un reflejo de mi brazo izquierdo me salva clavando el bastón en el suelo de tal manera que haciendo fuerza hacia él consigo detener la caída a 15 cm escasos del suelo, evitando que toda la espalda quedara llena de fango. Lástima, hubiera sido una foto muy interesante.

La zona interesante que comentaba es una bahía totalmente cubierta de la bravura del mar. La zona es propiedad de una familia Maorí y desde el mirador se puede ver su casa y su barquita entre la maleza. Es un sitio muy tranquilo y me permito el lujo de quedarme a disfrutarlo un buen rato. Las nubes amenazan dejando caer algo de agua, pero no la suficiente para que sea necesario cubrirse. De forma intermitente las gotas forman pequeños círculos a lo largo y ancho de la superficie calma del mar. Quién tuviera una casita como esa, con su pequeña barca, para poder conocer todos los recovecos de los alrededores.

A partir de aquí el camino se ensancha y transcurre por lo que antaño era la carretera mejor conservada de la isla. Allá en el siglo XIX, cuando por la zona había una fábrica de serrín, la carretera se usaba para unir el puerto de Obam con la fábrica y los asentamientos de la zona. Por aquel entonces no había coches y el ancho de la carretera es el suficiente para un carruaje de caballo. El suelo todavía está lleno de los adoquines de roca volcánica y gastada que antes debían ser más lisos. Poco después del mediodía llego a una carretera asfaltada donde hay un banco que utilizo para dejar las cosas mientras me cambio las mallas y pantalones cortos por unos largos. De esta manera cuando llegue a Obam espero no tener problemas para que me dejen entrar en el restaurante a comer.

Obam de día es bonito. Y eso que hoy no es un día espectacular. Pero la pequeña bahía llena de barcos amarrados a diferentes boyas hacen de paraíso para los pescadores y amantes del mar. Desde el restaurante hay vistas perfectas a la bahía y después de comer me acerco a la orilla para sentarme. En un parque hay unos niños que juegan y me parece oir a alguien tras de mi gritar "Eidrien!!". Yo me pregunto cuál de los niños se llamará como yo. Pero una frase en español entrecortado me da a entender que los gritos son por mi. Los cazadores del refugio también están de vuelta y me invitan al bar a charlar del fin de semana. Ellos también han tenido suerte. El chaval ha visto su primer kiwi y no se han ido con las manos vacías tras dar muerte a un cervatillo joven que no sabía el daño que podía hacer un humano con un rifle.

El ferry de vuelta está repleto, y otra vez la mar está calmada. Yo estoy tan cansado que consigo dormirme sentado sin apoyar la cabeza. En mis sueños el dios Kiwi aparece una y otra vez esquivándome y volviendo a aparecer. Soy feliz.

Yoga

Todos estamos colocados en una cuadrícula de forma cuasi militar. Cada uno con un par de esterillas. El maestro yogui nos avisa de su fama, es un tipo duro a la hora de enseñar.

A lo largo de dos horas Mr. Yogui nos coloca en una serie de posturas rocambolescas y nos pide que las tensemos lo máximo posible. La cabeza en posiciones que rozan lo imposible. Aún y así Mr. Yogui nos pide que retorzamos el cuello un poco más.

Yo pensaba que en Yoga se practicaba la elasticidad y no me equivocaba. Simplemente no conocía todo el abaníco de cualidades que se ejercitan. A mitad de recorrido me sorprendo sudando como un marrano, con inicios de calambres en ciertos músculos no muy acostumbrados a tanta tensión.

Según Mr. Yogui si seguimos viniendo a menudo nos sorprenderemos de lo que somos capaces de hacer con nuestros cuerpos. Estoy un tanto acalambrado, pero me lo creo. Su manera de llevar la clase me recuerda a mis mejores tiempos en Tae-Kwon-Do: doloroso pero divertido.

Farmer's Market

Hoy me he despertado temprano. Aprovechando que este fin de semana me quedo en Dunedin me he acercado al mercado a comprar comida fresca. Todos los sábados por la mañana, al lado de la estación de tren, los granjeros de la zona montan sus chiringuitos para vender sus productos. Si madrugas puedes comprar pescado fresco y buena verdura. Yo estoy en pleno més budista así que comprar animales muertos está fuera de la cuestión, pero verduras y frutas si que pienso comprar.

Al llegar aprovecho para darme una vuelta y ver lo que ofrecen antes de empezar a comprar. ¡Menudo error! Para cuando empiezo a hacer la ronda de compras el mercado se ha llenado totalmente de gente y algunos productos ya han desaparecido. De los que a mi me interesaban ya no quedan ni lechugas ni otros vegetales intersantes. Aún y así he conseguido comprar suficientes verduras y fruta para pasar lo que queda del més.

En el mercado no solo venden comida, también los hay que aprovechan para hacer el parche tocando algún instrumento con un sombrero en el suelo. Los hay de tres tipos: a) los curtidos saben lo que hacen, tienen un buen sitio y tocan buena música. b) los pardillos que son estudiantes novatos con más hambre que vergüenza, no suelen tener el mango por la mano y dan algo de pena. c) Por último están los niños que, explotados por sus padres, tocan algún instrumento para poder pagar las clases y de paso conseguir algo de comida para los papis. A mi me indigna este tercer grupo, para que después digan que el trabajo infantil es cosa de paises subdesarrollados. Ayy, mejor no sigo que acabo hablando de los niños de la tele y me enciendo.

A todo esto yo voy cargado como una mula. Llevo cinco bolsas con verduras, miel, mermelada, queso y pan, además de un saco de tres kilos de manzanas. La vuelta a casa se presentaba dolorosa hasta que justo al salir del mercado me encuentro con Upal, un compañero de trabajo, que se ofrece a llevarme en coche si me espero unos minutos. Él viene a por pescado fresco, pero se le ha olvidado madrugar... otra vez será.

La calle más empinada del mundo

Dunedin tiene la suerte de albergar la calle más empinada del mundo. Me imagino que no todos los vecinos de la misma deben estar de acuerdo. La calle Baldwin tiene una pendiente del 38% en su tramo más empinado.

Sólo llegar a la base de la calle uno queda anonadado al ver coches aparcados en los laterales. Unos chavales bajan en bicicleta a toda leche por la calle. Al finalizar la proeza uno propone entusiasmado repetirla, pero el resto censura la moción. El olor a freno chamuscado impregna el ambiente.

Subir lleva un rato. Las aceras laterales están hechas a base de escaleras y la calzada no tiene asfalto sino chapas de hormigón. Una vez arriba, recuperando el aliento, veo asombrado una fuente de agua al lado de un banco de madera. Sentado observo como varios coches suben y bajan la calle, quemando gasolina, motor y frenos en vez de grasa. A ninguno se le ocurre bajar en primera, seguro que todos llevan automático. Si no tienes los frenos en condiciones lo averiguarás a medio camino.

Dos veces al año se realizan carreras en esta calle. Una vez en pleno verano cerca de mil competidores suben y luego bajan la calle. El ganador lo suele hacer en alrededor de dos minutos. El truco parece estar en subir en menos de minuto y medio, luego inclinar el cuerpo de manera que la gravedad haga todo el trabajo y las piernas sólo sirvan para evitar que la cabeza toque el suelo. El equilibrio es necesario para no acabar dejando muescas en el suelo con los dientes.

La otra competición es en realidad una tómbola. Desde la parte de arriba dejan caer miles de bolas de chocolate envueltas en papel rojo; los famosos Jaffa de Cadbury. Las bolas bajan a toda velocidad hasta llegar a un embudo que las recoge. Cada Jaffa tiene un número y aquellos que hayan comprado un boleto cuyo número coincida con los Jaffa ganadores se llevan cientos de NZD en premios y bonos de viajes. Aquí tenéis fotos de la tómbola de este año, que forma parte de una serie de juegos conmemorativos de la semana de Cadbury. Lástima que es mi més budista y no puedo comer chocolate.

Choque entre Titanes

Todos los animales aprenden a base de juegos e imponen su supremacia en batallas contra sus iguales. Pero el ser humano va más allá y hace un espectáculo de tales sucesos. Hoy se dan encuentro dos de los más grandes equipos de rugby del mundo. Es una batalla feroz en el camino a proclamarse vencedor de las Tri-Nation de este año. El coliseo de Carisbrook, en Dunedin, ha sido seleccionado para el choque. Pese a estar en total desacuerdo con el espíritu de estos eventos, he comprado una entrada para verlo en directo. No ir sería como perderse un encuentro de fútbol entre Brasil y Argentina.

Las tres naciones que toman parte en este torneo son del hemisferio sur: Australia, Suráfrica y Nueva Zelanda. El año pasado ganó Suráfrica y la semana pasada los All Blacks tuvieron su ansiada revancha. Hoy toca reencuentro. Los All Blacks son el equipo de Nueva Zelanda, su gran pasión y orgullo. Sus jugadores merecen el trato de semidioses por el resto de la plebe.

Toda la ciudad está movilizada para el encuentro. Todos los autobuses llevan al estadio y todas las paradas están repletas de hinchas vestidos de negro, muchos de ellos con las caras pintadas. También se ven algunas banderas surafricanas, pero son minoría. El autobús que nos recoge no hace más paradas, con la gente que había esperando en esta ya ha llegado al tope. Yo tengo suerte de estar sentado y observo como gente de todas las edades, llena de emoción, realiza cánticos obscenos y bebé alcohol en cantidades desaconsejables.

El autobús se para a un par de manzanas del estadio, el resto hay que hacerlo andando y a medida que me acerco la aglomeración de gente es cada vez mayor. El estadio alberga 38 mil fans que no tardan en ocupar su lugar. El mío, pese a haberme costado una fortuna, está justo al lado de la entrada al estadio y el paso continuo de gente me agobia sobremanera.

Antes de empezar el choque los dioses de cada equipo tienen que calentar. La organización del evento aprovecha este tiempo para entretenernos mediante un partido de rugby de alevines, una parodia de balet clásico realizada por el equipo de rugby de la universidad y una actuación de un cantante que viene siendo la mezcla entre Meatloaf y Cocodrilo Dundee. Finalmente llega el momento esperado y salen todos los jugadores al terreno de juego. Un cantante y su coro recitan el himno surafricano y luego otro cantante (con el mismo coro) el himno neozelandés. Cabe mencionar que el segundo empieza en Maori y después se repite en Inglés, mientras que los surafricanos no han tenido tal delicadeza. Menos mal que el himno de Spain no tiene letra, menudo bochorno.

El encuentro empieza con la famosa Haka de los All Black. Haka es el nombre Maorí para baile y los suele haber de dos tipos según la ocasión. Uno tiene un estilo más sensual y playero. Es el típico baile estilo Hawaiano. La Haka de los All Black es del otro tipo, lo usaban los Maorís antes de iniciar la batalla e intimida un montón.

No tengo muy claro como describir el partido. Mi visión del cual siempre estaba ofuscado por alguno que otro que iba al lavabo, tienda de perritos calientes, o vete a saber que. Yo y mis vecinos nos pasamos el rato gritando a la gente para que se moviera y nos dejara ver. Lo que si que puedo decir del partido es que hubieron muchos puntos (aunque solo tres "tries" o touchdowns) y muchas lesiones. Lo segundo no me sorprende en lo más mismo dada la cantidad de guantazos, rodillazos, puñetados y demás caricias envueltas de violencia que uno pueda imaginar.

Durante todo el partido el marcador favorece al equipo local, pero nunca con una ventaja suficiente para estar tranquilos. La única valoración que puedo hacer de la calidad del juego es que casi todos los chutes entran entre los palos y que no es un partido muy vertical. Me imagino que los dos equipos son bastante buenos defendiendo y bloqueando a los corredores.

Los jugadores realmente parecen de otra especie. Su tamaño no es desdeñable, en comparación el árbitro parece un enano. Muchos llevan todo tipo de vendajes e incluso fundas en la cabeza para evitar que les arranquen una oreja en alguna de las numerosas melés. Para los que no tenéis ni idea de rugby, una melé es un intento de imitar a las cabras montesas macho en plena batalla. Cada equipo selecciona unos cuantos de los más duros de mollera y se ponen unos ante otros. Cuando el árbitro da la señal se embisten mutuamente y con suerte no se abren la crisma. De mientras alguien echa la pelota en medio del mogollón hasta que consiguen sacarla.

El partido dura 80 minutos repartidos en dos tiempos. Para la desgracia de la gran mayoría y deleite de la minoría, los Springbroks anotan su segundo try cinco minutos antes del final poniéndolos por encima en el marcador por primera vez en el partido. Por mucho que lo intenta, el equipo local no consigue anotar en los pocos minutos que quedan y el marcador les da a los visitantes la victoria. La pena se siente en el estadio, que ya no ruge como antes. En los deportes de masas a los que estoy acostumbrados, este desenlace significa problemas de grupos violentos a la salida. Si de algo es útil que mi asiento esté tan cerca de la puerta, es para poder salir pronto del estadio y así evitar posibles disturbios. Más adelante me entero que los seguidores y jugadores de Rugby tienen más clase que los de Fútbol y esos problemas no suelen darse tan a menudo. Pero... mejor prevenir que curar.

Monte Aspiring

Este fin de semana por fin toca la salida con el club de montañismo y senderismo de Otago (OTMC). Hacen dos salidas de fin de semana al mes y la última me la perdí por no avisar a tiempo. Pese a lo que dice el refrán, yo hago lo posible por tropezar una única vez en cada piedra.

El Monte Aspiring, es la montaña más alta de Nueva Zelanda fuera del área del Monte Cook. Desde el río Dart se la diferencia por su figura piramidal siempre cubierta de un manto blanco. El monte está a 30 km del lago Wanaka, el segundo más grande de la isla sur, nos queda a unas 6 horas de viaje en coche desde Dunedin. Pero nuestra pequeña aventura no nos llevará a su cima, simplemente iremos a uno de los refugios que lo rodean a pasar el fin de semana.

Greg es el organizador de esta salida. Él ya ha estado en esta zona con su hijo y tiene ganas de repetir. Greg se encarga de alquilar la furgoneta y llevarnos a todos, once en total, hasta el comienzo del sendero y de regreso a casa. Cada uno de nosotros tiene que estar en la puerta del club antes de las seis de la tarde con todo lo necesario. Como tengo que usar transporte público prefiero no llegar tarde y acabo llegando el primero, con media hora de ventaja. A medida que van llegando el resto, la puerta del club queda bloqueada con mochilas de varios tamaños, siendo la mía la más pequeña. Greg llega un cuarto de hora antes de las seis y vamos llenando la parte trasera de la furgoneta con las mochilas de los que ya hemos llegado. Al tocar las seis todavía faltan tres personas: dos chicas que llegan tarde y un chico que recogeremos de camino en Wanaka (la ciudad al borde del lago).

Por fin llegan las chicas y nos podemos marchar. Seguro que alguien les habrá enseñado que hacer esperar te hace más importante. Creo que les he pillado algo de manía solo comenzar. En el grupo somos 7 hombres y 4 mujeres de varias edades. Parece ser que esta vez la media de edad es más baja de lo habitual, tenemos un chico alemán de 17, llamado Kartoffeln, y otro kiwi de 21, llamado James, al que conocí en mi primera visita al OTMC. Creo que soy el tercero más joven del grupo y ya no soy precisamente un jovenzuelo.

El trayecto en furgoneta se hace totalmente de noche, parando un par de veces: una para estirar las piernas y otra para cenar en un mítico Fish and Chips. Yo opto por comprarme unas patatas fritas que es lo único que no es carne. De vuelta al coche Asspain, una de las que ha llegado tarde, le cambia el sitio a James y se pone a mi lado. Es su estratagema para tener suficiente espacio y dedicarse a hacer la mochila. El problema es mayor dado que ahora casi no puedo dormir de lo que se mueve. Sinceramente, cada vez me cae peor. Por el momento tengo la impresión de que es una persona manipuladora, egoista y sin consideración por los demás. Pero puede que simplemente sea que tengo sueño.

Al cabo de unas 5 horas llegamos a Wanaka, donde Greg casi se olvida de recoger al joven alemán. Kartoffeln se ha pasado la última semana esquiando en las pistas cercanas y ahora se apunta al tramp. Por suerte no viene con muchas ganas de hablar y mi única molestia sigue siendo Asspain. De todas maneras no iba a poder dormir mucho más ya que hemos llegado al final de la carretera asfaltada y Greg no tiene intención de reducir la velocidad. Solo empieza a hacerlo en los pequeños riachuelos que cruzan la pista forestal después de rascar los bajos atravesando el primero.

Finalmente llegamos al aparcamiento del parque nacional donde hace un frío del carajo. A pesar de la oscuridad, se pueden ver tres coches más y lo que parece una tienda de campaña de tamaño medio. Nosotros nos bajamos todos de la furgoneta y nos preparamos para la caminata nocturna. La mayoría venimos vestidos de calle y nos tenemos que cambiar allí mismo, bajo las estrellas y un frío que cala por todas partes. El frío no deja pensar mucho, así que te das prisa en vestirte sin pararte por nada. En poco tiempo estamos todos listos, la mayoría con las linternas frontales para caminar de noche. Los que no tienen linterna caminan cerca de los que la tienen para no caerse.

El recorrido dura apenas dos horas y media. No es un sendero complicado, en gran parte del camino no hay más que seguir las trazadas de los 4x4 que utilizan los guardas para llegar al refugio. A veces la nieve hace difícil seguir las pisadas, pero James se conoce la zona y nos guía a todos. Al principio James y otro se adelantan y nos perdemos durante un rato hasta que nos reencontramos tras unos momentos de indecisión, ojeando el mapa con un GPS en mano.

A través del camino cruzan varios riachuelos que a veces se pueden saltar. El resto de las veces intento buscar un camino entre rocas, pero otros más experimentados me enseñan que es mejor cruzar rápido por en medio. El agua no cubre más allá de 15 cm y si vas rápido no traspasa botas y polainas. En uno de los cruces Asspain intenta cruzar por encima de las rocas, pero su poca agilidad y su falta de visión hacen que se resbale y caiga de culo en el riachuelo. Tras un breve remojo consigue levantarse gracias a la ayuda de algunos compañeros del club. Desde la otra orilla me es fácil disimular mi sonrisa ante lo divertido de la situación. Sé que no es bueno reirse de las desgracias ajenas, pero así la sed de venganza por la pérdida de comodidad en la furgoneta ha quedado saciada.

Tras cruzar una valla de alambres y caminar los últimos 50 metros, llegamos por fin al refugio. Tiene una sala de literas y otra con cocina, comedor, chimenea y algunas camas. La mayoría se mete en la sala de literas para dormir, pero Anthony y yo nos vamos a la sala grande. Prefiero la soledad. Anthony en cambio se ha aislado voluntariamente del grupo para no molestar con sus rugidos nocturnos. Hace tiempo que aprendí a llevar tapones para los oídos, en especial en situaciones como esta. Una noche sin pegar ojo por culpa de un par de osos (a falta de un calificativo mejor) en un refugio de Aigüestortes fue suficiente.

A la mañana siguiente me despierto con la salida del sol, pero no llego a sacar mi cuerpo del saco hasta que el bullicio de los preparativos del desayuno se tornan insufribles. Todos están cocinando un desayuno caliente. Yo en cambio tengo un desayuno austero a base de barritas de muesli, nueces, pasas y otros frutos secos. La rapidez no es la cualidad más buscada en este grupo, prefieren comodidad.

Pasadas las 11 de la mañana el batallón se divide en dos grupos. Uno de 4, más relajado, tiene intención de seguir valle arriba y remontar el río. Otro de 7, con ganas de marcha, nos decidimos a subir la ladera de una montaña siguiendo un sendero. Nuestra intención es pasar por encima de la línea de los árboles para tener mejores vistas.

James marca un ritmo feroz desde el comienzo del recorrido. Yo intento seguirle pero no tarda en sacarme cierta distancia. Kartoffeln también nos sigue de cerca, pero el resto forma un pelotón a cierta distancia. James resulta encontrar en este medio alpino su forma de autoexpresión, siempre atento y con dotes de liderazgo. Cada vez que pasamos por un tramo difícil se para para esperar a que todo el grupo lo supere antes de proseguir a su ritmo. Al principio el sendero pasa entre árboles, siempre en subida. A medida que avanzamos los árboles son cada vez menos y la nieve empieza a abundar.

A mitad de camino llegamos a un claro en el bosque, formado por un río que ha arrasado con toda vegetación, donde nos paramos a fotografiar. James está en medio de una gran roca esperando a que lleguemos el resto, mostrándonos el camino a seguir. Por suerte en pleno invierno los ríos bajan escasos de agua y lo único que hay que temer es el hielo que cubre, cual funda transparente, algunas de las rocas del camino.

A medida que continuamos subiendo, los claros en el bosque abundan más. Entre los árboles ya se pueden apreciar las montañas al otro lado del valle. Una bruma matinal las envuelve y se va disipando a medida que se desperezan con la ayuda del sol. El camino después del río es apenas visible. Aquí los árboles no han podido evitar que un espeso manto blanco cubriera todo lo que la vista abarca. James, cons sus pantalones cortos, el atuendo típico del montañero neozelandés, no tiene ningún problema en abrirse camino entre la nieve que a veces le cubre por encima de la cadera. Los demás seguimos su estela hasta que, pasado el último árbol nos paramos maravillados ante la belleza del paisaje. Llegados a este punto, lo mejor es buscar un sitio cómo para sentarse y poder degustar nuestra comida. Parece que unos 15 metros más arriba hay una zona bastante plana. Yo intento caminar hacia allí, pero cada paso me hunde más profundamente en la nieve y, ante la mirada incrédula del resto del grupo, decido desistir. Cada uno se hace un hueco en la nieve donde sentarse a comer de cara al valle para no perderse las vistas. El listo de Kartoffeln se ha puesto delante mío y no contento con el suelo frío y algo húmedo, decide quedarse de pie tapándome las vistas. Finalmente, viendo que es el único borrego que no se ha sentado, acaba por ceder a la presión grupal silenciosa y me deja admirar el paisaje sin obstrucciones.

El camino de vuelta se hace más corto, aunque no por eso es más sencillo. Cruzar el río en la dirección opuesta resulta ser tarea difícil, sobre todo porque las pequeñas escaleras de nieve formadas a la ida se habian desmoronado. Yo ahora voy primero y no dudo en escalar una gran roca que forma una pequeña cascada. Otros optan por rodearla mediéndose hasta media espinilla en el agua helada. Las dos chicas del grupo son las últimas en llegar y prefieren, como yo, no mojarse e intentan escalar la roca agarrándose a lo que pueden, mientras los demás miramos aliviados de estar al otro lado. A partir de aquí el camino vuelve a tener menos nieve y la única dificultad es el pronunciado desnivel. Finalmente todos llegamos a salvo al refugio antes que el grupo del valle.

Aprovechando el buen humor y el leve cansancio, todos nos sentamos en la sala comedor del refugio mientras los más pirómanos encienden la estufa con el carbón que todos ayudamos a traer desde Dunedin. A medida que llega el segundo grupo la tertulia se vuelve más animada en preparación para la cena.

Los del OTMC están bien organizados, para cenar montan grupos de alrededor de cinco personas para hacer una cena conjunta. Cada miembro del grupo se encarga de una parte de la comida: pica-pica, primero, segundo, postre y demás. Yo estoy en pleno mes budista y no puedo comer carne. Siendo previsor me he traido mi propia comida vegetariana: sopa de champiñones con pasta china instantánea y parte de la primera tortilla de patatas que preparo por mi mismo en toda mi vida. De todas formas, el grupo de comida B me apoya dándome algo de su pica-pica y algunas cosas que no contienen carne.

Mientras dura la cena hay un enfrentamiento a causa de una conversación en principio inocua. Kartoffeln es poco amigo de los franceses y el resto del grupo admite que los franceses no suelen ser conocidos por su exceso de amabilidad y buen hacer alrededor del mundo. Yo corroboro su reputación, intentando basarme en datos históricos. Froggie, otra de las chicas del grupo que tampoco me cae demasiado bien, resulta amar todo lo francés y los defiende a capa y espada sin ninguna base más que decir que los que ella se ha encontrado la han tratado bien. Froggie es escocesa y Kartoffeln sospecha que se enamoró de un tal Françoise mientras vivía en Francia. Algunos de sus comentarios me dan a entender que ciertamente los franceses la deben hacer sentir muy a gusto: "Pues yo prefiero Francia que España o Alemania... será porque tengo gustos más refinados." Tengo que reconocer, algo apenado, que me alteré un poco cuando Froggie pretendió alegar que los franceses son grandes personas porque se molestan en aprender los dialectos de las comunidades de los paises vecinos, refiriéndose al Alsaciano, Catalán y "Auskati". Todo ello deribó en una conversación con tonos políticos que Asspain (seguramente íntima amiga de Froggie) intentó cortar por lo sano reivindicando hegemonía sobre la mesa cercana a la estufa e intentando expulsar a los que hablabamos de política a la otra mesa. Evidentemente que nadie se movió y pese a lo que me indigna que me digan lo que puedo o no discutir, la discusión se difuminó supongo que por el miedo de los demás ante sus represalias.

La discusión había sido animada y seguida atentamente, desde un segundo plano, por la mayoría de los kiwis. Ellos estaban encantados de tener tanta variedad en la mesa. Aquí se sienten un tanto separados de los problemas del mundo a miles de kilómetros. Pero al final de la noche toca ir a dormir y todos se van a sus literas excepto Anthony y yo. La comida vegetariana me ha recordado que debería haber dormido en el suelo la noche anterior, esta vez intentaré cumplir la norma budista. El suelo, pese a la esterilla, resulta ser muy duro y frío. Después de intentar buscar la posición idónea durante lo que me parece cerca de una hora, acabo por subirme a la cama acolchada y dejar las norma para entornos menos hostiles.

La mañana llega más tarde de lo previsto. Cuando estás en la montaña en invierno, sin luz artificial, te vas a dormir pronto por falta de cosas que hacer. Esta vez todos están más animados y el bullicio se forma más pronto que el día anterior. Cocina para arriba, cocina para abajo, mientras yo me como mis pasas y frutos secos. Hoy toca escapada al glaciar de Rob Roy a través de un sendero que sale cruzando del río un cuarto de hora antes de llegar al aparcamiento. Los preparativos antes de salir son algo más largos ya que no volveremos al refugio. Froggie y Asspain se quedan atrás en el refugio a perrear, ya me imaginaba yo que estas no eran grandes senderistas.

Todos los demás, a excepción de la única mujer del grupo que me cae bien (Marge), nos vamos a ver el glaciar. Marge prefiere ir sola por el tramo de valle que el otro grupo hizo ayer. Ella si que es una senderista de las buenas. A sus 50 y pico años sigue metiéndole caña y parece ser su hobbie por excelencia. Sus botas de piel y sus utensilios de cocina son de otra época, dándole un aire misterioso. Siendo una mujer tímida, la única manera de conseguir que hable es forzándola en grupos reducidos.

El grupo que vamos al glaciar nos separamos antes de empezar. Algunos no tenemos la velocidad de otros más experimentados a la hora de hacer las mochilas. Curiosamente Kartoffeln, pese a la puntualidad alemana, siempre es el último en estar listo. El camino de vuelta hacia el aparcamiento, esta vez de día, es impresionante. El valle en forma de U, a causa de la erosion del último periodo glacial, da una idea de lo minúsculos que somos para la naturaleza. Al cabo de hora y media de caminar por el valle y después de que la cuarta mujer del grupo cayera en la misma piedra que Asspain (esta vez no me reí) llegamos al punto de partida del sendero que nos lleva al glaciar. Aquí nos sentamos a comer y descansar un poco antes de emprender la marcha.

Las mochilas las dejamos en medio del sendero. Los kiwis son buena gente y no vienen a robar tan lejos, nadie nos las tocará. De esta forma podemos hacer el recorrido en menos tiempo. El mapa marca 3 horas ida y vuelta, el tiempo exacto que podemos dedicarle a la excursión. Yo, a causa de una urgencia urinaria, soy de los últimos en empezar pero me impongo un ritmo potente y a los veinte minutos adelanto incluso al mismísimo James. En parte gracias a que se había parado a quitar el exceso de ropa. Pronto James me vuelve a alcanzar y proseguimos el resto del camino cual tándem de una expedición. El camino transcurre por la ladera de una gran cresta desde la que se oye el rugido del río por el que pasa el agua derretida del glaciar. En menos de tres cuartos de hora ya hemos dejado atrás el bosque y la nieve nos llega por encima de los tobillos. El ritmo impuesto nos ha llevado al final del recorrido en apenas 50 minutos.

James, fresco y ligero, se deja llevar por sus alma exploradora y da una vuelta por entre la maleza cubierta de nieve. Yo, agotado y sudado, me quedo en el mirador anonadado ante el glaciar. Y eso que no es de los más impresionantes de NZ. El Rob Roy empieza cerca de la cumbre y serpentea a traves de un valle en lo alto. No hace falta estar muy atento para escuchar los estruendos que hace al avanzar lentamente por el valle, moldeando así las montañas. Las cresta superior tiene un halo de nubes que asoman tímidamente, iluminadas por el sol que hace tiempo tapan las montañas. El resto del grupo tarda aproximadamente media hora en llegar. A Greg le espera una emboscada de bolas de nieve. Suerte tiene de nuestra falta de puntería. Los últimos en llegar no tienen mucho tiempo para disfrutar del paisaje, pero justo al emprender el camino de vuelta vemos algo que no había visto nunca en directo. Otro de los estruendos típicos del glaciar, pero esta vez más prolongado, hace que nos giremos todos de golpe a tiempo para admirar la potencia de la naturaleza en pleno apogeo... una avalancha empieza a pocos metros de la fase terminal del glaciar y cae como una cascada en cámara lenta por la pared de la montaña. Embobados, tardamos un rato en volver a la realidad.

En tres cuartos de horas volvemos al punto donde dejamos las mochilas. Desde aquí al aparcamiento no hay grandes novedades. Los pastos para ovejas son el primer símbolo de la civilización, junto con las grandes ensaimadas vacunas a estas alturas petrificadas por el frío. Por fin llegamos a la furgoneta y podemos cambiarnos otra vez a nuestros atuendos habituales, dando por finalizada la aventura del fin de semana.

Monje Budista por un mes

Mariusz es un gran friki de los experimentos y ha ideado uno al que me he unido rápidamente. El invento consiste en seguir las normas de los monjes budistas durante un mes:
  1. No matarás a ningún ser
  2. No robarás
  3. Te abstendrás de toda actividad sexual
  4. No mentirás
  5. No consumirás drogas, alcohol u otras sustancias adictivas
  6. Te abstrendrás de comer fuera de horas
  7. Te abstendrás de bailar, cantar, oir música y entretenimientos mundanos
  8. No adornarás tu cuerpo
  9. No dormirás en lugares altos o lujosos
  10. No tocarás dinero
En general estas 10 reglas son muy difíciles de seguir, pero algunas lo son en especial si no vives en un monasterio. Así que después de un poco de negociación las normas que hemos decidido seguir son las siguientes:
  1. No matarás a ningún ser (eso incluye insectos)
  2. No cogerás lo que no te es dado
  3. Te abstendrás de toda actividad sexual
  4. No mentirás
  5. No consumirás carne, drogas, alcohol, chocolate, café u otras sustancias adictivas.
  6. Sólo comerás tres veces al día
  7. Te abstendrás de ver la televisión, escuchar música y todo tipo de entretenimiento pasivo
  8. No adornarás tu cuerpo
  9. Dormirás en el suelo o sobre una colchoneta
  10. No gastarás dinero. Exceptuando gastos derivados de viaje tales como transporte, comida y alojamiento
El propósito de este experimento es conocernos mejor. Ponernos en situaciones extremas en que la mente empiece a hacer de las suyas para poder entender su funcionamiento. Personalmente, algunas de las reglas ya hace tiempo que las sigo, pero otras van a ser especialmente difíciles.

Hace ya una semana que dura el experimento. Ya he roto algunas de las reglas y sé que voy a romper alguna más dentro de poco. Por ejemplo, no he dormido en el suelo todos los días. Las noches de ruta en Routeburn he dormido en literas. También he comprado algunas postales (de esto no me di cuenta) y he pagado para enviarle a Colin los guantes que me prestó. Por otra parte compré una entrada antes que empezara el experimento para ir a ver a los All Black y no me lo pienso perder (infringiendo la séptima regla). Por el momento parece que con buena planificación es posible seguir las primeras 8 reglas sin gran dificultad. En cuanto a la séptima no soy un fanático, si otros ponen la televisión mientras como, no les pido que la apaguen, simplemente no la miro. Si ponen la música en el coche y no puedo escaparme tampoco les pido que la quiten, normalmente no me gusta lo que ponen de todas formas.

La regla 9 es fácil de seguir mientras estoy en casa. Nunca me ha costado dormir en superficies duras, pero a veces si hace mucho frío en los refugios de montaña, no consigo dormir sobre la esterilla (es bastante escasa). La regla 10 es definitivamente la más difícil. En la sociedad consumista en la que vivimos no puedes hacer gran cosa sin pagar por ello. Y eso es lo más interesante, dejar de pensar como los anuncios esperan que pienses.

Algunas reglas la mente intenta romperlas más a menudo que otras. Es curioso la cantidad de truquillos que utiliza para el propósito: "Va hombre que no pasa nada, total nadie se tiene porqué enterar. Además quizás no sea bueno hacer algo así de golpe, hay que hacerlo poco a poco." Otras veces simplemente te das cuenta que estás pensando en hacer lo que no deberías y es difícil quitártelo de la cabeza.

El control de mente y cuerpo es la habilidad más difícil de dominar.

Hombre muerto por Routeburn

El único sitio que he encontrado para dormir a estas alturas es una parcela de cámping, pero no importa porque tenía pensado llevar la tienda de campaña y esterilla de todas formas. He planificado una escapada de tres días para hacer la ruta Routeburn, la tienda de campaña me servirá por si tengo que improvisar un refugio en caso de que algo salga mal. En principio dormiré en cabañas de montaña las dos noches de la travesía, pero nunca se está demasiado preparado.

La tienda cada vez la monto más rápido. Pero hoy en Queenstown están de celebración y me distraigo con facilidad. Hay música a todo trapo e incluso fuegos artificiales. Suerte de los tapones para los oídos, sino hubiera sido complicado dormir. Antes de ir a la cama voy al centro a cenar nachos y un burrito en el mejicano. De paso compro una gorra estilo andina y una olla para cocinar. Mañana por la mañana haré el resto.

A las siete menos cuarto suena el despertador. El festival de anoche acabó temprano y he podido dormir bastante bien. Toca desmontar la tienda y hacer la mochila para mi pequeña expedición en solitario. Tienda, esterilla, saco y ropa seca para dormir, chaqueta y pantalones impermeables, funda impermeable para la mochila, guantes, gorro, polainas, comida, 4 litros de agua, cocina, brújula, aseo, protección solar y antimosquitos, botiquín de primeros auxilios, linterna frontal, cámara de fotos, pilas extra, ... todo en una mochila de 45 litros.

Pero no lo tengo todo conmigo, tengo que pasar por la oficina del DoC (Department of Conservation) para pedir información sobre la ruta. No saben gran cosa, pero parece que no quitan los puentes hasta dentro de unos días y que hay suficiente nieve como para que la habilidad de encontrar rutas en terreno alpino sea imprescindible. Hoy puede que llueva un poco pero los dos próximos días hay anticiclón. Después de la escasa información decido comprar un mapa de la zona y alquilar un PLB (Localizador Personal), que manda una señal para que me vengan a rescatar en caso de apuros. Aquí no alquilan crampones, así que voy a la tienda de guias de alpinismo a alquilarlos.

A la vuelta Ed está en la puerta de la oficina DoC esperando para llevarme al principio de Routeburn. Es un hombre grande y recio que lleva más de 40 años dando vueltas por la zona. Nos montamos en la furgoneta 4x4 y emprendemos la marcha. Le pregunto a Ed por la ruta y dice que debería ser posible. Llevo todo lo necesario para hacerla con éxito y parece que el tiempo va a acompañar. En sus años de juventud Ed caminó mucho por las montañas de la zona y se las conoce bien, me cuenta unas cuantas anécdotas por el camino y me da consejos. A medio camino paramos al lado del lago Wakatipu donde hay unas vistas excepcionales. Ed me invita a salir del coche para hacer fotos, lo cual acepto de buena gana. Al final del lago se aprecian tres islas y detrás hay tres valles. El de más a la derecha es Routeburn, donde empieza el sendero.

Llegamos al extremo del lago donde hay un pequeño pueblo con pista de aterrizaje: Glenorchy. Le pido a Ed que pare en la oficina de información al turista para rellenar una hoja de intenciones, por si me pasa algo que sepan por donde empezar a buscar. Tanta seguridad está bien, pero acojona.

Un par de kilómetros más adelante el asfalto desaparece y deja paso a una pista forestal. Me maravilla la cantidad de árboles y fauna que hay por la zona. Hemos pasado al lado de un par de alcones devorando lo que parecía un conejo en el lateral de la carretera. Al poco rato pasamos por una granja y Ed me dice que si no pudiera atravesar el collado volviera aquí y le llamara para que me viniera a buscar. Hace rato que no hay cobertura en el móbil.

Por fin llegamos al refugio de Routeburn, desde donde empieza el sendero. En el aparcamiento hay 4 coches más. Tal como había pronosticado Ed, no voy a estar solo en la ruta. Le doy las gracias mientras nos despedimos y se vuelve a Queenstown con su furgoneta. Yo aprovecho antes de comenzar para ir al baño y ponerme toda la ropa necesaria.


El sendero está muy bien marcado y la pista es de un metro de ancha, el camino es bastante ameno y no hace falta mirar al suelo continuamente para no tropezar. Ya estoy de vuelta en Fiordland y se nota, la cantidad de verde es increible, el musgo lo cubre todo. Al poco rato cruzo el primer río a través de un puente de madera y metal. El camino vuelve a cruzar el río varias veces y subre a su lado gran parte del camino. Manantiales de agua fría brotan de todas partes y van a parar a este río de aguas tuquesas. Hay piscinas inmensas rodeadas de bloques de granito colosales caídos de las montañas. El agua en su camino terco hacia el mar ha moldeado las rocas dejando en ellas curvas sinuosas y toboganes como serpientes.

Dos horas más de camino, sin gran desnivel, me llevan a una gran esplanada donde está la primera parada del recorrido: La cabaña de Routeburn Flats. Aquí está la primera cabaña donde se puede dormir o incluso acampar, pero yo no tengo previsto quedarme aquí mucho rato. Aprovecho para sentarme en la única mesa que hay al aire libre y como algo de frutos secos mientras disfruto de las vistas. El cielo está algo nublado e incluso cae algun que otro copo de nieve, nada alarmante. En el suelo se ven los restos de las nevadas pasadas.

Sin más dilación, vuelvo a ponerme la mochila a los hombros y sigo el sendero hacia la siguiente cabaña. Este tramo es bastante más empinado que el anterior, aunque más corto. La nieve ahora cubre el sendero en algunos tramos. Algunos trozos del camino se han desmoronado a causa de la presión de los torrentes de agua, que ahora llevan menos caudal pero descienden a más velocidad. A medida que gano altitud las vistas van mejorando, incluso parece que las nubes se ponen a mi favor para dejarme unas buenas vistas de las montañas. Después de poco más de una hora de camino llego a la cabaña de Routeburn Falls, con unas vistas impresionantes y ubicada al lado de una serie de cascadas que suman 100 metros de desnivel.

En la cabaña no estoy solo, hay un grupo de 12 personas: 9 alumnos de universidad y 3 profesores. Están haciendo una salida para el curso de deportes al aire libre. Vienen de hacer parte del recorrido del sendero pero han parado antes de llegar al collado. El tiempo está mejorando y me animan diciéndome que el recorrido es posible aunque la nieve es profunda. Por suerte podre utilizar el camino que ellos han dejado y me ahorraré parte del esfuerzo.

A las 18:00h la oscuridad es absoluta y todos nos paseamos por la cabaña con nuestros frontales encendidos. No hay gran cosa que hacer por aquí a oscuras, así que nos ponemos a preparar la cena en la cocina. En esta sala hay una estufa a base de carbón que da algo de calor.
Todos miran mi mini-hornillo con curiosidad mientras cocino. Ellos llevan hornillos de gas convencionales, más potentes, pero también más voluminosos y pesados. Después de cenar me uno a los profes para jugar un juego a base de dados. La suerte del principiante hace de las suyas y gano la partida. Son las ocho de la noche y ya es hora de ir a dormir. Mañana es el día de la verdad, donde se demuestra si tengo lo que hay que tener para este tipo de aventuras. Tengo que admitir que estoy acojonado.

A la mañana siguiente soy el primero en despertar. Estoy en la sala de literas con los profesores. Los chavales están en la otra y la han estado liando gran parte de la noche... ¡benditos tapones! Aprovecho para vestirme sin hacer demasiado ruido y voy a la cocina a desayunar. Mi intención es salir lo antes posible con la esperanza de que la nieve este dura y no me hunda demasiado. Paso por la letrina y para cuando salgo ya se han levantado los demás. Ahora puedo hacer la mochila sin miedo a despertar a nadie.

Uno de los profesores bromea diciendo que voy a tener que ir a gatas un buen rato. La nieve en algunas zonas les llegaba hasta la cintura. Yo maldigo el momento en que decidí dejarme los guantes de esquiar en casa. El profesor al oir mi desventura me tira sus guantes y me da su dirección para que se los envíe a la vuelta. ¡Me encantan los kiwis!


Me despido de ellos y, con la mochila a cuestas de nuevo, vuelvo a ganar altura por el camino que ellos han dejado. La nieve ahora lo cubre todo. Las nubes siguen ahí acechando, pero los claros que dejan entre ellas me animan a creer que el anticiclón sigue su curso previsto. Durante cerca de una hora sigo el camino marcado en la nieve, pasando cada 50 metros al lado de un poste naranja que marca el sendero. El camino, después de superar las cataratas, llega a un pequeño valle donde hay dos casetas de expedición. Seguramente las usan para hacer experimentos. Más adelante dos rocas enormes, apoyadas la una en la otra, forman una pequeña cubierta donde la nieve no cubre el suelo. Aprovecho para hacerme un pequeño autoretrato vanagloriándome de la situación.

El camino sigue subiendo y alejándose del valle. Las vistas no dejan de mejorar. Desde aquí arriba se puede ver como un pequeño riachuelo serpentea por el valle buscando el camino más cómodo hacia las cataratas. A estas alturas es donde el grupo de la cabaña dejaron de pelear contra la nieve y después de jugar un rato (las pisadas aleatorias en la nieve y las marcas continuas en forma de tobogán lo indican) volvieron al refugio. A partir de aquí estoy solo y me tendré que abrir camino a través de la nieve para llegar a la siguiente cabaña. Segun los profesores deben quedar unos 100 metros hasta el collado. La travesía entre cabaña y cabaña está estimada en 5 horas. A mi me quedan 7 y media de luz y ya he hecho una hora de recorrido a un paso decente, no debería haber problemas.

A los 20 pasos, con la nieve hasta las rodillas, la profecía del profe se hace realidad y el pie se me hunde hasta la ingle. Muevo el otro y lo mismo. Si tenemos que medir la dignidad humana por la distancia que separa la cabeza del suelo, no es que yo sea muy alto pero, esto es lamentable. Hacía años que no gateaba durante tanto tiempo, es todo un arte. Tengo los palos de trekking cogidos por la mitad con el puño cerrado para evitar hundir los brazos en la nieve.
Los pies extendidos para que la superficie de la espinilla sea lo más larga posible y poder flotar. Lo cual no siempre es posible. Cuando me canso de gatear, lo cual por falta de práctica ocurre bastante rápido, intento caminar un poco hasta que me vuelvo a hundir hasta la cintura. El proceso sigue durante mucho más de 100 metros. La estimación de los profes era optimista.

A medida que avanzo el camino se vuelve más empinado y al fondo veo por primera vez el lago de las cumbres, parcialmente helado. El lago hay que bordearlo por la pared de la montaña a su izquierda. El camino, cuando no hay nieve, es bastante fácil ya que es de un metro de ancho. Pero con nieve no esta claro por donde pasar y da la impresión que en cualquier momento la nieve vaya a ceder cayendo en picado hacia el lago unos 35 metros por debajo. Hay un tramo especialmente expuesto en el que apenas hay 20 centimetros para apoyar el pie antes de pasar a la siguiente cornisa. Yo aguanto la respiración mientras doy pataditas a la nieve para tener un buen apoyo y pasar al otro lado. Me doy cuenta de la inutilidad del localizador personal si no soy capaz de encenderlo antes de que me pase algo. Por suerte el tramo complicado queda superado y por fin llego al collado, no sin antes gatear durante unos cuantos metros más. En el collado hay unos refugios cubiertos de nieve a los cuales no entro por falta de tiempo. Ni siquiera quiero mirar el reloj.

Al otro lado del collado se pueden ver las montañas al otro lado del valle Hollyford. Siguiendo el valle acabaré llegando a la siguiente cabaña para dormir. Pero para eso todavía tengo mucho que gatear. Los postes naranjas siguen separados cada 50 metros y me lo tomo con filosofía, poste a poste, paso a paso, gateada a gateada. La única marca de civilización a parte de los postes son dos barandillas casi completamente cubiertas de nieve puestas en un tramo especialmente empinado. El sol ya casi ha salido por completo y empieza a calentar un poco. Hay algunas nubes feas que asoman desde el valle Routeburn pero no tienen pinta de seguir hasta Hollyford. En esta cara del valle da el sol durante más tiempo y la nieve ha formado una crosta que a veces aguanta mi peso con la mochila (por cierto, no sabéis lo complicado que es gatear con una mochila de diez kilos cuesta abajo). Los tramos en que puedo caminar sin hundirme más allá de la rodilla se empiezan a hacer más largos. Lo cual es esperanzador.

Cerca de un kilómetro después del collado me encuentro una señal de madera hundida en la nieve. Siguiendo la pendiente de la montaña hay muchas señales naranjas indicando el camino. Algo me dice que debería desenterrar la señal y leer lo que dice pero la idea de bajar en plan tobogán por la nieve gana la batalla. Estiro las piernas, hago fuerza para que los dedos de los pies apunten lo más alto posible y con las manos me voy dando impulso para bajar la pendiente. Las señales naranjas son bastante seguidas y no es difícil seguir el camino. Apenas 100 metros más tarde llega los primeros arbustos y me adentro en el bosque.

Otra vez de vuelta en el bosque frondoso y lleno de torrentes de agua. Curiosamente, a partir de aquí el paseo se vuelve más intenso. La vegetación más espesa, el sendero menos ancho, pero las señales naranjas son fácilmente visibles. Al principio está todo lleno de nieve pero a medida que avanzo la nieve se convierte en pequeños charcos de agua o barro. Es preferible hundir el pie en nieve que en barro. La lluvia y nieve parece haber hecho estragos en esta zona y los árboles caídos cortan el camino a menudo. El sonido de los pájaros y la belleza del lugar consiguen ensimismarme. Pronto la sensación de lucha por continuar a una velocidad apropiada dejan paso al sobrecogimiento y me siento en un árbol caido un rato a disfrutar del ambiente.

Al cabo de un par de horas de camino, todo el rato bajo espeso bosque que apenas me deja ver el cielo, llego a un claro que han dejado dos árboles caídos de grandes dimensiones. Por fin veo un trozo del valle y las montañas al otro lado. Me paro a descansar y de paso comer un poco. Al mirar el mapa me doy cuenta de que algo va mal. La siguiente cabaña está al lado del lago McKenzie y la aproximación al lago es desde el Este y la pendiente que sigo me lleva de Oeste a Este. O me he equivocado en algúna parte del camino o no tengo ni idea de leer mapas. Las marcas naranjas siguen estando ahí así que mejor seguir adelante.

El camino sigue y sigue. Cada vez la marcha se vuelve más exigente, con pendientes pronunciadas que casi son barrancos. Los árboles caídos hacen la marcha muy complicada. En alguno de los barrancos casi tengo que escalar y hacer equilibrios entre árboles para descender. Me parece impresionante que en Nueva Zelanda consideren este tipo de rutas de dificultad moderada. Algo no va bien me repito a mi mismo, pero no tiene sentido parar y sigo el camino marcado por las señales naranjas.

Pasan más horas y el camino no mejora, sigo bajando y bajando por un sendero técnico y empinado teniendo que trepar a través de árboles caídos que dificultan el camino. El sol ya se ha puesto detrás de las montañas y pronto caerá la noche. Hace tiempo que debería haber llegado a la cabaña. La falta de experiencia hace que no me ponga la linterna frontal antes de tiempo y sucede lo peor. Al no poder ver bien he pisado fuera del sendero (a veces muy estrecho) y me he caido por la montaña torciéndome el tobillo por el camino. Rápidamente me he agarrado a lo que he podido para no continuar cayendo y he conseguido frenarme. Me duele bastante el pie pero por suerte no está roto. Vuelvo a subir al sendero y me siento a esperar que se me calme el dolor. Aprovecho para ponerme el frontal y continuo caminando más despacio. Ya casi es totalmente de noche.

Me queda por delante una hora de camino totalmente a oscuras, solo y en medio de la montaña. Después de la caída me lo tomo con más calma, ya no llegaré a la cabaña de día así que mejor llegar y punto. Parece que por fin el camino se ensancha y se vuelve más llano cuando mis sospechas quedan demostradas. Un cartel como el que debería haber desenterrado me dicen que he llegado al principio de la Deadman's Track (sendero del hombre muerto) de 5 horas y dificultad técnica como no podía ser de otra forma dado el nombre que le han puesto. Vuelvo a sacar el mapa y me doy cuenta de que he tomaro un desvío y estoy lejos de donde debería estar. Sigo sin tener cobertura y volver atrás no tiene sentido. Tendré que acampar por aquí y dormir al aire libre.

La Deadman's da a parar a una pista forestal que acaba llegando (8 kilómetros después) a una carretera principal que lleva al final del sendero Routeburn, donde me pasará a buscar mañana el autocar de vuelta a Queenstown. No todo está perdido. Lo mejor será adelantar un poco caminando de noche por la carretera y acampar dentro de un par de horas.

Apenas llevo un kilómetro caminado cuando veo unas luces al fondo de la carretera. Para mi sorpresa es un campamento/albergue y los dueños son increíblemente amables. No se acaban de creer mi hazaña. Creían que cruzar el collado a estas alturas sería imposible, lo cual me enorgullece. La señora me ofrece una pequeña cabaña sin calefacción por 10 dólares (unos 5 euros). En el precio viene incluido el acceso a la cocina y lavabos. El campamento lo construyeron en 1930, no tiene teléfono y la electricidad llega gracias a un generador. Es súper auténtico. Yo me quedo charlando con ella mientras él va a buscar a alguien que parece haberse perdido por el monte. Ella aprovecha para contarme anécdotas de gente que se perdió en la Routeburn y murió en el intento. La más reciente fue una Israelí hace apenas unos meses. ¡Qué gran golpe de suerte haber encontrado este sitio!

La cabaña es modesta pero más que suficiente dado lo que me esperaba. Dejo mis cosas allí y voy a la cocina a cenar. Por allí aparece otro huésped; un sueco que está estudiando en Dunedin (menuda coincidencia) y ahora está aquí con su novia haciendo turismo. Me uno a ambos para ir a ver unos bichos que hacen luz por la noche para atraer a las polillas y comérselas. El cielo está totalmente despejado y las estrellas brillan por todas partes. La luna está escondida detrás de las montañas pero casi no hace falta la linterna para poder ver. Nunca había visto la vía láctea de esta manera. Parece un ente tridimensional que atraviesa el cielo de punta a punta. Los suecos se van a dormir y en cuanto apagan el generador a las 22:30 salgo de la cabaña y me tumbo en el suelo a admirar las estrellas durante un buen rato. No hay ninguna estrella fugaz pero no me importa, es suficiente poder ver tantas estrellas y la vía láctea de la que tanto he oido hablar y he visto en fotografías. Después de un buen rato el frío y el sueño me obligan a volver a la cabaña a dormir.

A la mañana siguiente me despierta la luz del sol. Pese a estar cansado tengo ganas de levantarme. Hago la mochila, voy a desayunar y por fin veo el campamento de día, un sitio bastante peculiar. Los dueños han montado un museo con artículos de la zona y tienen todo el campamento decorado con artículos curiosos y bastante graciosos. Él es un irlandés bastante cachondo. Mi cabaña es pequeña y tiene una puerta roja a medio pintar.

Antes de marcharme me paso por la tienda a charlar un poco con la dueña. Ella esta encantada de charlar conmigo y al despedirme me da un abrazo. ¡Mi primer abrazo en Nueva Zelanda! Me ha llegado al corazón y ojalá pueda volver algún día. Por fortuna aparecí en este lugar curioso de gran hospitalidad y ahora me marcho para continuar mi aventura dejando aquí un pequeño pedazo de mi corazón.

El camino por la carretera no es tan magnífico como por la montaña, pero no es desdeñable. A menudo cruza a través de rios que llevan más agua que en las alturas y hacen ruido acorde a su caudal. Son al menos unos 10 Km hasta llegar al Divide, la última parada de la ruta original. Por el camino paso por delante de un sitio con coches aparcados esperando a que vuelvan sus dueños de caminar por una de las varias rutas que hay por la zona. Sigo caminando y más adelante una furgoneta viene en mi dirección por la carretera, yo hago dedo y sorprendentemente paran. El primer autoestop en toda regla de mi vida. En Nueva Zelanda hacer dedo es todo un deporte nacional y tienes bastantes posibilidades de llegar lejos. En la furgoneta hay una pareja de chicos que al acabar el instituto están dando algo parecido a la vuelta al mundo. Ya son varios los pre-universitarios que me he encontrado en la misma situación y siento cierta envidia al no haber hecho lo mismo a su edad. Nunca es demasiado tarde. Ellos también van hacia el Divide y me acercan allí.

Sorprendentemente la chica tiene intención de subir al Key Summit, el último pico antes de acabar la Routeburn. Es una gran coincidencia porque yo tenía intención de subir al pico para poder tener las últimas vistas panorámicas del lugar. En total son tres horas ida y vuelta. Ella impone un ritmo fuerte y yo intento seguirla en vano, hay muchos árboles caídos por el camino y mi mochila me impide pasar ágilmente. A la media hora la dejo escapar y aprovecho para quitarme algo de ropa, estoy sudando como un cerdo.

Emprendo la marcha a mi ritmo y la acabo pillando, bien porque ha perdido fuelle o bien porque ha parado mucho a hacer fotos... nunca lo sabremos. La cuestión es que acabo llegando yo antes a la cima desde la cual hay unas vistas increibles del valle y todos los picos que lo rodean. En el cielo no hay ni una nube y las fotos son de postal. Un pequeño lago (o gran charco) helado en la cumbre sirve de primer plano. Aprovechamos para hacernos fotos mutuamente, es el motivo principal de tener compañero de caminata, y volvemos a emprender el camino de vuelta al aparcamiento.

El camino de vuelta es algo resbaladizo y opto por estrenar los crampones que alquilé inútilmente hace milenios. Son de bastante baja calidad y se me caen fácilmente así que ceso en mi empeño de utilizarlos. Mi temor es torcerme el tobillo otra vez pero eso no ocurre. Una vez en el aparcamiento nos despedimos y espero a que venga el autocar a rescatarme de esta aventura. Poco después de que el sol desaparezca de entre las montañas, aparece el autocar y por fin puedo descansar. La aventura ha terminado, con éxito. El trayecto de vuelta a Queenstown es espléndido. Circulamos a través del valle viendo todas las montañas despejadas. La única parada es en un pueblo idílico al lado de un lago donde las nubes, si hubiera habido alguna, tendrían el tono rojizo que caracteriza el atardecer. Bonito final para tan increíble odisea.