Hombre muerto por Routeburn

El único sitio que he encontrado para dormir a estas alturas es una parcela de cámping, pero no importa porque tenía pensado llevar la tienda de campaña y esterilla de todas formas. He planificado una escapada de tres días para hacer la ruta Routeburn, la tienda de campaña me servirá por si tengo que improvisar un refugio en caso de que algo salga mal. En principio dormiré en cabañas de montaña las dos noches de la travesía, pero nunca se está demasiado preparado.

La tienda cada vez la monto más rápido. Pero hoy en Queenstown están de celebración y me distraigo con facilidad. Hay música a todo trapo e incluso fuegos artificiales. Suerte de los tapones para los oídos, sino hubiera sido complicado dormir. Antes de ir a la cama voy al centro a cenar nachos y un burrito en el mejicano. De paso compro una gorra estilo andina y una olla para cocinar. Mañana por la mañana haré el resto.

A las siete menos cuarto suena el despertador. El festival de anoche acabó temprano y he podido dormir bastante bien. Toca desmontar la tienda y hacer la mochila para mi pequeña expedición en solitario. Tienda, esterilla, saco y ropa seca para dormir, chaqueta y pantalones impermeables, funda impermeable para la mochila, guantes, gorro, polainas, comida, 4 litros de agua, cocina, brújula, aseo, protección solar y antimosquitos, botiquín de primeros auxilios, linterna frontal, cámara de fotos, pilas extra, ... todo en una mochila de 45 litros.

Pero no lo tengo todo conmigo, tengo que pasar por la oficina del DoC (Department of Conservation) para pedir información sobre la ruta. No saben gran cosa, pero parece que no quitan los puentes hasta dentro de unos días y que hay suficiente nieve como para que la habilidad de encontrar rutas en terreno alpino sea imprescindible. Hoy puede que llueva un poco pero los dos próximos días hay anticiclón. Después de la escasa información decido comprar un mapa de la zona y alquilar un PLB (Localizador Personal), que manda una señal para que me vengan a rescatar en caso de apuros. Aquí no alquilan crampones, así que voy a la tienda de guias de alpinismo a alquilarlos.

A la vuelta Ed está en la puerta de la oficina DoC esperando para llevarme al principio de Routeburn. Es un hombre grande y recio que lleva más de 40 años dando vueltas por la zona. Nos montamos en la furgoneta 4x4 y emprendemos la marcha. Le pregunto a Ed por la ruta y dice que debería ser posible. Llevo todo lo necesario para hacerla con éxito y parece que el tiempo va a acompañar. En sus años de juventud Ed caminó mucho por las montañas de la zona y se las conoce bien, me cuenta unas cuantas anécdotas por el camino y me da consejos. A medio camino paramos al lado del lago Wakatipu donde hay unas vistas excepcionales. Ed me invita a salir del coche para hacer fotos, lo cual acepto de buena gana. Al final del lago se aprecian tres islas y detrás hay tres valles. El de más a la derecha es Routeburn, donde empieza el sendero.

Llegamos al extremo del lago donde hay un pequeño pueblo con pista de aterrizaje: Glenorchy. Le pido a Ed que pare en la oficina de información al turista para rellenar una hoja de intenciones, por si me pasa algo que sepan por donde empezar a buscar. Tanta seguridad está bien, pero acojona.

Un par de kilómetros más adelante el asfalto desaparece y deja paso a una pista forestal. Me maravilla la cantidad de árboles y fauna que hay por la zona. Hemos pasado al lado de un par de alcones devorando lo que parecía un conejo en el lateral de la carretera. Al poco rato pasamos por una granja y Ed me dice que si no pudiera atravesar el collado volviera aquí y le llamara para que me viniera a buscar. Hace rato que no hay cobertura en el móbil.

Por fin llegamos al refugio de Routeburn, desde donde empieza el sendero. En el aparcamiento hay 4 coches más. Tal como había pronosticado Ed, no voy a estar solo en la ruta. Le doy las gracias mientras nos despedimos y se vuelve a Queenstown con su furgoneta. Yo aprovecho antes de comenzar para ir al baño y ponerme toda la ropa necesaria.


El sendero está muy bien marcado y la pista es de un metro de ancha, el camino es bastante ameno y no hace falta mirar al suelo continuamente para no tropezar. Ya estoy de vuelta en Fiordland y se nota, la cantidad de verde es increible, el musgo lo cubre todo. Al poco rato cruzo el primer río a través de un puente de madera y metal. El camino vuelve a cruzar el río varias veces y subre a su lado gran parte del camino. Manantiales de agua fría brotan de todas partes y van a parar a este río de aguas tuquesas. Hay piscinas inmensas rodeadas de bloques de granito colosales caídos de las montañas. El agua en su camino terco hacia el mar ha moldeado las rocas dejando en ellas curvas sinuosas y toboganes como serpientes.

Dos horas más de camino, sin gran desnivel, me llevan a una gran esplanada donde está la primera parada del recorrido: La cabaña de Routeburn Flats. Aquí está la primera cabaña donde se puede dormir o incluso acampar, pero yo no tengo previsto quedarme aquí mucho rato. Aprovecho para sentarme en la única mesa que hay al aire libre y como algo de frutos secos mientras disfruto de las vistas. El cielo está algo nublado e incluso cae algun que otro copo de nieve, nada alarmante. En el suelo se ven los restos de las nevadas pasadas.

Sin más dilación, vuelvo a ponerme la mochila a los hombros y sigo el sendero hacia la siguiente cabaña. Este tramo es bastante más empinado que el anterior, aunque más corto. La nieve ahora cubre el sendero en algunos tramos. Algunos trozos del camino se han desmoronado a causa de la presión de los torrentes de agua, que ahora llevan menos caudal pero descienden a más velocidad. A medida que gano altitud las vistas van mejorando, incluso parece que las nubes se ponen a mi favor para dejarme unas buenas vistas de las montañas. Después de poco más de una hora de camino llego a la cabaña de Routeburn Falls, con unas vistas impresionantes y ubicada al lado de una serie de cascadas que suman 100 metros de desnivel.

En la cabaña no estoy solo, hay un grupo de 12 personas: 9 alumnos de universidad y 3 profesores. Están haciendo una salida para el curso de deportes al aire libre. Vienen de hacer parte del recorrido del sendero pero han parado antes de llegar al collado. El tiempo está mejorando y me animan diciéndome que el recorrido es posible aunque la nieve es profunda. Por suerte podre utilizar el camino que ellos han dejado y me ahorraré parte del esfuerzo.

A las 18:00h la oscuridad es absoluta y todos nos paseamos por la cabaña con nuestros frontales encendidos. No hay gran cosa que hacer por aquí a oscuras, así que nos ponemos a preparar la cena en la cocina. En esta sala hay una estufa a base de carbón que da algo de calor.
Todos miran mi mini-hornillo con curiosidad mientras cocino. Ellos llevan hornillos de gas convencionales, más potentes, pero también más voluminosos y pesados. Después de cenar me uno a los profes para jugar un juego a base de dados. La suerte del principiante hace de las suyas y gano la partida. Son las ocho de la noche y ya es hora de ir a dormir. Mañana es el día de la verdad, donde se demuestra si tengo lo que hay que tener para este tipo de aventuras. Tengo que admitir que estoy acojonado.

A la mañana siguiente soy el primero en despertar. Estoy en la sala de literas con los profesores. Los chavales están en la otra y la han estado liando gran parte de la noche... ¡benditos tapones! Aprovecho para vestirme sin hacer demasiado ruido y voy a la cocina a desayunar. Mi intención es salir lo antes posible con la esperanza de que la nieve este dura y no me hunda demasiado. Paso por la letrina y para cuando salgo ya se han levantado los demás. Ahora puedo hacer la mochila sin miedo a despertar a nadie.

Uno de los profesores bromea diciendo que voy a tener que ir a gatas un buen rato. La nieve en algunas zonas les llegaba hasta la cintura. Yo maldigo el momento en que decidí dejarme los guantes de esquiar en casa. El profesor al oir mi desventura me tira sus guantes y me da su dirección para que se los envíe a la vuelta. ¡Me encantan los kiwis!


Me despido de ellos y, con la mochila a cuestas de nuevo, vuelvo a ganar altura por el camino que ellos han dejado. La nieve ahora lo cubre todo. Las nubes siguen ahí acechando, pero los claros que dejan entre ellas me animan a creer que el anticiclón sigue su curso previsto. Durante cerca de una hora sigo el camino marcado en la nieve, pasando cada 50 metros al lado de un poste naranja que marca el sendero. El camino, después de superar las cataratas, llega a un pequeño valle donde hay dos casetas de expedición. Seguramente las usan para hacer experimentos. Más adelante dos rocas enormes, apoyadas la una en la otra, forman una pequeña cubierta donde la nieve no cubre el suelo. Aprovecho para hacerme un pequeño autoretrato vanagloriándome de la situación.

El camino sigue subiendo y alejándose del valle. Las vistas no dejan de mejorar. Desde aquí arriba se puede ver como un pequeño riachuelo serpentea por el valle buscando el camino más cómodo hacia las cataratas. A estas alturas es donde el grupo de la cabaña dejaron de pelear contra la nieve y después de jugar un rato (las pisadas aleatorias en la nieve y las marcas continuas en forma de tobogán lo indican) volvieron al refugio. A partir de aquí estoy solo y me tendré que abrir camino a través de la nieve para llegar a la siguiente cabaña. Segun los profesores deben quedar unos 100 metros hasta el collado. La travesía entre cabaña y cabaña está estimada en 5 horas. A mi me quedan 7 y media de luz y ya he hecho una hora de recorrido a un paso decente, no debería haber problemas.

A los 20 pasos, con la nieve hasta las rodillas, la profecía del profe se hace realidad y el pie se me hunde hasta la ingle. Muevo el otro y lo mismo. Si tenemos que medir la dignidad humana por la distancia que separa la cabeza del suelo, no es que yo sea muy alto pero, esto es lamentable. Hacía años que no gateaba durante tanto tiempo, es todo un arte. Tengo los palos de trekking cogidos por la mitad con el puño cerrado para evitar hundir los brazos en la nieve.
Los pies extendidos para que la superficie de la espinilla sea lo más larga posible y poder flotar. Lo cual no siempre es posible. Cuando me canso de gatear, lo cual por falta de práctica ocurre bastante rápido, intento caminar un poco hasta que me vuelvo a hundir hasta la cintura. El proceso sigue durante mucho más de 100 metros. La estimación de los profes era optimista.

A medida que avanzo el camino se vuelve más empinado y al fondo veo por primera vez el lago de las cumbres, parcialmente helado. El lago hay que bordearlo por la pared de la montaña a su izquierda. El camino, cuando no hay nieve, es bastante fácil ya que es de un metro de ancho. Pero con nieve no esta claro por donde pasar y da la impresión que en cualquier momento la nieve vaya a ceder cayendo en picado hacia el lago unos 35 metros por debajo. Hay un tramo especialmente expuesto en el que apenas hay 20 centimetros para apoyar el pie antes de pasar a la siguiente cornisa. Yo aguanto la respiración mientras doy pataditas a la nieve para tener un buen apoyo y pasar al otro lado. Me doy cuenta de la inutilidad del localizador personal si no soy capaz de encenderlo antes de que me pase algo. Por suerte el tramo complicado queda superado y por fin llego al collado, no sin antes gatear durante unos cuantos metros más. En el collado hay unos refugios cubiertos de nieve a los cuales no entro por falta de tiempo. Ni siquiera quiero mirar el reloj.

Al otro lado del collado se pueden ver las montañas al otro lado del valle Hollyford. Siguiendo el valle acabaré llegando a la siguiente cabaña para dormir. Pero para eso todavía tengo mucho que gatear. Los postes naranjas siguen separados cada 50 metros y me lo tomo con filosofía, poste a poste, paso a paso, gateada a gateada. La única marca de civilización a parte de los postes son dos barandillas casi completamente cubiertas de nieve puestas en un tramo especialmente empinado. El sol ya casi ha salido por completo y empieza a calentar un poco. Hay algunas nubes feas que asoman desde el valle Routeburn pero no tienen pinta de seguir hasta Hollyford. En esta cara del valle da el sol durante más tiempo y la nieve ha formado una crosta que a veces aguanta mi peso con la mochila (por cierto, no sabéis lo complicado que es gatear con una mochila de diez kilos cuesta abajo). Los tramos en que puedo caminar sin hundirme más allá de la rodilla se empiezan a hacer más largos. Lo cual es esperanzador.

Cerca de un kilómetro después del collado me encuentro una señal de madera hundida en la nieve. Siguiendo la pendiente de la montaña hay muchas señales naranjas indicando el camino. Algo me dice que debería desenterrar la señal y leer lo que dice pero la idea de bajar en plan tobogán por la nieve gana la batalla. Estiro las piernas, hago fuerza para que los dedos de los pies apunten lo más alto posible y con las manos me voy dando impulso para bajar la pendiente. Las señales naranjas son bastante seguidas y no es difícil seguir el camino. Apenas 100 metros más tarde llega los primeros arbustos y me adentro en el bosque.

Otra vez de vuelta en el bosque frondoso y lleno de torrentes de agua. Curiosamente, a partir de aquí el paseo se vuelve más intenso. La vegetación más espesa, el sendero menos ancho, pero las señales naranjas son fácilmente visibles. Al principio está todo lleno de nieve pero a medida que avanzo la nieve se convierte en pequeños charcos de agua o barro. Es preferible hundir el pie en nieve que en barro. La lluvia y nieve parece haber hecho estragos en esta zona y los árboles caídos cortan el camino a menudo. El sonido de los pájaros y la belleza del lugar consiguen ensimismarme. Pronto la sensación de lucha por continuar a una velocidad apropiada dejan paso al sobrecogimiento y me siento en un árbol caido un rato a disfrutar del ambiente.

Al cabo de un par de horas de camino, todo el rato bajo espeso bosque que apenas me deja ver el cielo, llego a un claro que han dejado dos árboles caídos de grandes dimensiones. Por fin veo un trozo del valle y las montañas al otro lado. Me paro a descansar y de paso comer un poco. Al mirar el mapa me doy cuenta de que algo va mal. La siguiente cabaña está al lado del lago McKenzie y la aproximación al lago es desde el Este y la pendiente que sigo me lleva de Oeste a Este. O me he equivocado en algúna parte del camino o no tengo ni idea de leer mapas. Las marcas naranjas siguen estando ahí así que mejor seguir adelante.

El camino sigue y sigue. Cada vez la marcha se vuelve más exigente, con pendientes pronunciadas que casi son barrancos. Los árboles caídos hacen la marcha muy complicada. En alguno de los barrancos casi tengo que escalar y hacer equilibrios entre árboles para descender. Me parece impresionante que en Nueva Zelanda consideren este tipo de rutas de dificultad moderada. Algo no va bien me repito a mi mismo, pero no tiene sentido parar y sigo el camino marcado por las señales naranjas.

Pasan más horas y el camino no mejora, sigo bajando y bajando por un sendero técnico y empinado teniendo que trepar a través de árboles caídos que dificultan el camino. El sol ya se ha puesto detrás de las montañas y pronto caerá la noche. Hace tiempo que debería haber llegado a la cabaña. La falta de experiencia hace que no me ponga la linterna frontal antes de tiempo y sucede lo peor. Al no poder ver bien he pisado fuera del sendero (a veces muy estrecho) y me he caido por la montaña torciéndome el tobillo por el camino. Rápidamente me he agarrado a lo que he podido para no continuar cayendo y he conseguido frenarme. Me duele bastante el pie pero por suerte no está roto. Vuelvo a subir al sendero y me siento a esperar que se me calme el dolor. Aprovecho para ponerme el frontal y continuo caminando más despacio. Ya casi es totalmente de noche.

Me queda por delante una hora de camino totalmente a oscuras, solo y en medio de la montaña. Después de la caída me lo tomo con más calma, ya no llegaré a la cabaña de día así que mejor llegar y punto. Parece que por fin el camino se ensancha y se vuelve más llano cuando mis sospechas quedan demostradas. Un cartel como el que debería haber desenterrado me dicen que he llegado al principio de la Deadman's Track (sendero del hombre muerto) de 5 horas y dificultad técnica como no podía ser de otra forma dado el nombre que le han puesto. Vuelvo a sacar el mapa y me doy cuenta de que he tomaro un desvío y estoy lejos de donde debería estar. Sigo sin tener cobertura y volver atrás no tiene sentido. Tendré que acampar por aquí y dormir al aire libre.

La Deadman's da a parar a una pista forestal que acaba llegando (8 kilómetros después) a una carretera principal que lleva al final del sendero Routeburn, donde me pasará a buscar mañana el autocar de vuelta a Queenstown. No todo está perdido. Lo mejor será adelantar un poco caminando de noche por la carretera y acampar dentro de un par de horas.

Apenas llevo un kilómetro caminado cuando veo unas luces al fondo de la carretera. Para mi sorpresa es un campamento/albergue y los dueños son increíblemente amables. No se acaban de creer mi hazaña. Creían que cruzar el collado a estas alturas sería imposible, lo cual me enorgullece. La señora me ofrece una pequeña cabaña sin calefacción por 10 dólares (unos 5 euros). En el precio viene incluido el acceso a la cocina y lavabos. El campamento lo construyeron en 1930, no tiene teléfono y la electricidad llega gracias a un generador. Es súper auténtico. Yo me quedo charlando con ella mientras él va a buscar a alguien que parece haberse perdido por el monte. Ella aprovecha para contarme anécdotas de gente que se perdió en la Routeburn y murió en el intento. La más reciente fue una Israelí hace apenas unos meses. ¡Qué gran golpe de suerte haber encontrado este sitio!

La cabaña es modesta pero más que suficiente dado lo que me esperaba. Dejo mis cosas allí y voy a la cocina a cenar. Por allí aparece otro huésped; un sueco que está estudiando en Dunedin (menuda coincidencia) y ahora está aquí con su novia haciendo turismo. Me uno a ambos para ir a ver unos bichos que hacen luz por la noche para atraer a las polillas y comérselas. El cielo está totalmente despejado y las estrellas brillan por todas partes. La luna está escondida detrás de las montañas pero casi no hace falta la linterna para poder ver. Nunca había visto la vía láctea de esta manera. Parece un ente tridimensional que atraviesa el cielo de punta a punta. Los suecos se van a dormir y en cuanto apagan el generador a las 22:30 salgo de la cabaña y me tumbo en el suelo a admirar las estrellas durante un buen rato. No hay ninguna estrella fugaz pero no me importa, es suficiente poder ver tantas estrellas y la vía láctea de la que tanto he oido hablar y he visto en fotografías. Después de un buen rato el frío y el sueño me obligan a volver a la cabaña a dormir.

A la mañana siguiente me despierta la luz del sol. Pese a estar cansado tengo ganas de levantarme. Hago la mochila, voy a desayunar y por fin veo el campamento de día, un sitio bastante peculiar. Los dueños han montado un museo con artículos de la zona y tienen todo el campamento decorado con artículos curiosos y bastante graciosos. Él es un irlandés bastante cachondo. Mi cabaña es pequeña y tiene una puerta roja a medio pintar.

Antes de marcharme me paso por la tienda a charlar un poco con la dueña. Ella esta encantada de charlar conmigo y al despedirme me da un abrazo. ¡Mi primer abrazo en Nueva Zelanda! Me ha llegado al corazón y ojalá pueda volver algún día. Por fortuna aparecí en este lugar curioso de gran hospitalidad y ahora me marcho para continuar mi aventura dejando aquí un pequeño pedazo de mi corazón.

El camino por la carretera no es tan magnífico como por la montaña, pero no es desdeñable. A menudo cruza a través de rios que llevan más agua que en las alturas y hacen ruido acorde a su caudal. Son al menos unos 10 Km hasta llegar al Divide, la última parada de la ruta original. Por el camino paso por delante de un sitio con coches aparcados esperando a que vuelvan sus dueños de caminar por una de las varias rutas que hay por la zona. Sigo caminando y más adelante una furgoneta viene en mi dirección por la carretera, yo hago dedo y sorprendentemente paran. El primer autoestop en toda regla de mi vida. En Nueva Zelanda hacer dedo es todo un deporte nacional y tienes bastantes posibilidades de llegar lejos. En la furgoneta hay una pareja de chicos que al acabar el instituto están dando algo parecido a la vuelta al mundo. Ya son varios los pre-universitarios que me he encontrado en la misma situación y siento cierta envidia al no haber hecho lo mismo a su edad. Nunca es demasiado tarde. Ellos también van hacia el Divide y me acercan allí.

Sorprendentemente la chica tiene intención de subir al Key Summit, el último pico antes de acabar la Routeburn. Es una gran coincidencia porque yo tenía intención de subir al pico para poder tener las últimas vistas panorámicas del lugar. En total son tres horas ida y vuelta. Ella impone un ritmo fuerte y yo intento seguirla en vano, hay muchos árboles caídos por el camino y mi mochila me impide pasar ágilmente. A la media hora la dejo escapar y aprovecho para quitarme algo de ropa, estoy sudando como un cerdo.

Emprendo la marcha a mi ritmo y la acabo pillando, bien porque ha perdido fuelle o bien porque ha parado mucho a hacer fotos... nunca lo sabremos. La cuestión es que acabo llegando yo antes a la cima desde la cual hay unas vistas increibles del valle y todos los picos que lo rodean. En el cielo no hay ni una nube y las fotos son de postal. Un pequeño lago (o gran charco) helado en la cumbre sirve de primer plano. Aprovechamos para hacernos fotos mutuamente, es el motivo principal de tener compañero de caminata, y volvemos a emprender el camino de vuelta al aparcamiento.

El camino de vuelta es algo resbaladizo y opto por estrenar los crampones que alquilé inútilmente hace milenios. Son de bastante baja calidad y se me caen fácilmente así que ceso en mi empeño de utilizarlos. Mi temor es torcerme el tobillo otra vez pero eso no ocurre. Una vez en el aparcamiento nos despedimos y espero a que venga el autocar a rescatarme de esta aventura. Poco después de que el sol desaparezca de entre las montañas, aparece el autocar y por fin puedo descansar. La aventura ha terminado, con éxito. El trayecto de vuelta a Queenstown es espléndido. Circulamos a través del valle viendo todas las montañas despejadas. La única parada es en un pueblo idílico al lado de un lago donde las nubes, si hubiera habido alguna, tendrían el tono rojizo que caracteriza el atardecer. Bonito final para tan increíble odisea.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Les teves fotos de paisatges son l'ostia, les que surts tu em pixo quan les vec.
Te enviat e-mail de l'avi,ta mare m'havia dit que te pel passes scanejat pero jo com soc molt bona persona pos te le traduit (perque la lletra de l'avi necessita traducció) aixi no hauras de passat tres hores de la teva bonica estancia a New Zeland.

Apa xaval, que les coses segueixin aixi!

Molts petons padrí del meu cor, jajajaja!

__Marta,,

Carlos Morales dijo...

Tú lo has dicho, vaya odisea compañero! Eso y un montón de anécdotas cojonudas.

Un abrazo! :)