La tienda cada vez la monto más rápido. Pero hoy en Queenstown están de celebración y me distraigo con facilidad. Hay música a todo trapo e incluso fuegos artificiales. Suerte de los tapones para los oídos, sino hubiera sido complicado dormir. Antes de ir a la cama voy al centro a cenar nachos y un burrito en el mejicano. De paso compro una gorra estilo andina y una olla para cocinar. Mañana por la mañana haré el resto.
A las siete menos cuarto suena el despertador. El festival de anoche acabó temprano y he podido dormir bastante bien. Toca desmontar la tienda y hacer la mochila para mi pequeña expedición en solitario. Tienda, esterilla, saco y ropa seca para dormir, chaqueta y pantalones impermeables, funda impermeable para la mochila, guantes, gorro, polainas, comida, 4 litros de agua, cocina, brújula, aseo, protección solar y antimosquitos, botiquín de primeros auxilios, linterna frontal, cámara de fotos, pilas extra, ... todo en una mochila de 45 litros.
Pero no lo tengo todo conmigo, tengo que pasar por la oficina del DoC (Department of Conservation) para pedir información sobre la ruta. No saben gran cosa, pero parece que no quitan los puentes hasta dentro de unos días y que hay suficiente nieve como para que la habilidad de encontrar rutas en terreno alpino sea imprescindible. Hoy puede que llueva un poco pero los dos próximos días hay anticiclón. Después de la escasa información decido comprar un mapa de la zona y alquilar un PLB (Localizador Personal), que manda una señal para que me vengan a rescatar en caso de apuros. Aquí no alquilan crampones, así que voy a la tienda de guias de alpinismo a alquilarlos.
A la vuelta Ed está en la puerta de la oficina DoC esperando para llevarme al principio de Routeburn. Es un hombre grande y recio que lleva más de 40 años dando vueltas por la zona.
Llegamos al extremo del lago donde hay un pequeño pueblo con pista de aterrizaje: Glenorchy. Le pido a Ed que pare en la oficina de información al turista para rellenar una hoja de intenciones, por si me pasa algo que sepan por donde empezar a buscar. Tanta seguridad está bien, pero acojona.
Un par de kilómetros más adelante el asfalto desaparece y deja paso a una pista forestal. Me maravilla la cantidad de árboles y fauna que hay por la zona. Hemos pasado al lado de un par de alcones devorando lo que parecía un conejo en el lateral de la carretera. Al poco rato pasamos por una granja y Ed me dice que si no pudiera atravesar el collado volviera aquí y le llamara para que me viniera a buscar. Hace rato que no hay cobertura en el móbil.
Por fin llegamos al refugio de Routeburn, desde donde empieza el sendero. En el aparcamiento hay 4 coches más. Tal como había pronosticado Ed, no voy a estar solo en la ruta. Le doy las gracias mientras nos despedimos y se vuelve a Queenstown con su furgoneta. Yo aprovecho antes de comenzar para ir al baño y ponerme toda la ropa necesaria.
Dos horas más de camino, sin gran desnivel, me llevan a una gran esplanada donde está la primera parada del recorrido: L
En la cabaña no estoy solo, hay un grupo de 12 personas: 9 alumnos de universidad y 3 profesores. Están haciendo una salida para el curso de deportes al aire libre. Vienen de hacer parte del recorrido del sendero pero han parado antes de llegar al collado. El tiempo está mejorando y me animan diciéndome que el recorrido es posible aunque la nieve es profunda. Por suerte podre utilizar el camino que ellos han dejado y me ahorraré parte del esfuerzo.
A las 18:00h la oscuridad es absoluta y todos nos paseamos por la cabaña con nuestros frontales encendidos. No hay gran cosa que hacer por aquí a oscuras, así que nos ponemos a preparar la cena en la cocina. En esta sala hay una estufa a base de carbón que da algo de calor.
Todos miran mi mini-hornillo con curiosidad mientras cocino. Ellos llevan hornillos de gas convencionales, más potentes, pero también más voluminosos y pesados. Después de cenar me uno a los profes para jugar un juego a base de dados. La suerte del principiante hace de las suyas y gano la partida. Son las ocho de la noche y ya es hora de ir a dormir. Mañana es el día de la verdad, donde se demuestra si tengo lo que hay que tener para este tipo de aventuras. Tengo que admitir que estoy acojonado.
A la mañana siguiente soy el primero en despertar. Estoy en la sala de literas con los profesores. Los chavales están en la otra y la han estado liando gran parte de la noche... ¡benditos tapones! Aprovecho para vestirme sin hacer demasiado ruido y voy a la cocina a desayunar. Mi intención es salir lo antes posible con la esperanza de que la nieve este dura y no me hunda demasiado. Paso por la letrina y para cuando salgo ya se han levantado los demás. Ahora puedo hacer la mochila sin miedo a despertar a nadie.
Uno de los profesores bromea diciendo que voy a tener que ir a gatas un buen rato. La nieve en algunas zonas les llegaba hasta la cintura. Yo maldigo el momento en que decidí dejarme los guantes de esquiar en casa. El profesor al oir mi desventura me tira sus guantes y me da su dirección para que se los envíe a la vuelta. ¡Me encantan los kiwis!
Me despido de ellos y, con la mochila a cuestas de nuevo, vuelvo a ganar altura por el camino que ellos han dejado. La nieve ahora lo cubre todo. Las nubes siguen ahí acechando, pero los claros que dejan entre ellas me animan a creer que el anticiclón sigue su curso previsto.
El camino sigue subiendo y alejándose del valle. Las vistas no dejan de mejorar.
A los 20 pasos, con la nieve hasta las rodillas, la profecía del profe se hace realidad y el pie se me hunde hasta la ingle. Muevo el otro y lo mismo. Si tenemos que medir la dignidad humana por la distancia que separa la cabeza del suelo, no es que yo sea muy alto pero, esto es lamentable. Hacía años que no gateaba durante tanto tiempo, es todo un arte. Tengo los palos de trekking cogidos por la mitad con el puño cerrado para evitar hundir los brazos en la nieve.
Los pies extendidos para que la superficie de la espinilla sea lo más larga posible y poder flotar. Lo cual no siempre es posible. Cuando me canso de gatear, lo cual por falta de práctica ocurre bastante rápido, intento caminar un poco hasta que me vuelvo a hundir hasta la cintura. El proceso sigue durante mucho más de 100 metros. La estimación de los profes era optimista.
Al otro lado del collado se pueden ver las montañas al otro lado del valle Hollyford. Siguiendo el valle acabaré llegando a la siguiente cabaña para dormir. Pero para eso todavía tengo mucho que gatear. Los postes naranjas siguen separados cada 50 metros y me lo tomo con filosofía, poste a poste, paso a paso, gateada a gateada. La única marca de civilización a parte de los postes son dos barandillas casi completamente cubiertas de nieve puestas en un tramo especialmente empinado. El sol ya casi ha salido por completo y empieza a calentar un poco.
Cerca de un kilómetro después del collado me encuentro una señal de madera hundida en la
El camino sigue y sigue. Cada vez la marcha se vuelve más exigente, con pendientes pronunciadas que casi son barrancos. Los árboles caídos hacen la marcha muy complicada. En alguno de los barrancos casi tengo que escalar y hacer equilibrios entre árboles para descender. Me parece impresionante que en Nueva Zelanda consideren este tipo de rutas de dificultad moderada. Algo no va bien me repito a mi mismo, pero no tiene sentido parar y sigo el camino marcado por las señales naranjas.
Pasan más horas y el camino no mejora, sigo bajando y bajando por un sendero técnico y empinado teniendo que trepar a través de árboles caídos que dificultan el camino. El sol ya se ha puesto detrás de las montañas y pronto caerá la noche. Hace tiempo que debería haber llegado a la cabaña. La falta de experiencia hace que no me ponga la linterna frontal antes de tiempo y sucede lo peor. Al no poder ver bien he pisado fuera del sendero (a veces muy estrecho) y me he caido por la montaña torciéndome el tobillo por el camino. Rápidamente me he agarrado a lo que he podido para no continuar cayendo y he conseguido frenarme. Me duele bastante el pie pero por suerte no está roto. Vuelvo a subir al sendero y me siento a esperar que se me calme el dolor. Aprovecho para ponerme el frontal y continuo caminando más despacio. Ya casi es totalmente de noche.
Me queda por delante una hora de camino totalmente a oscuras, solo y en medio de la montaña. Después de la caída me lo tomo con más calma, ya no llegaré a la cabaña de día así que mejor llegar y punto. Parece que por fin el camino se ensancha y se vuelve más llano cuando mis sospechas quedan demostradas. Un cartel como el que debería haber desenterrado me dicen que he llegado al principio de la Deadman's Track (sendero del hombre muerto) de 5 horas y dificultad técnica como no podía ser de otra forma dado el nombre que le han puesto. Vuelvo a sacar el mapa y me doy cuenta de que he tomaro un desvío y estoy lejos de donde debería estar. Sigo sin tener cobertura y volver atrás no tiene sentido. Tendré que acampar por aquí y dormir al aire libre.
La Deadman's da a parar a una pista forestal que acaba llegando (8 kilómetros después) a una carretera principal que lleva al final del sendero Routeburn, donde me pasará a buscar mañana el autocar de vuelta a Queenstown. No todo está perdido. Lo mejor será adelantar un poco caminando de noche por la carretera y acampar dentro de un par de horas.
Apenas llevo un kilómetro caminado cuando veo unas luces al fondo de la carretera. Para mi sorpresa es un campamento/albergue y los dueños son increíblemente amables. No se acaban de creer mi hazaña. Creían que cruzar el collado a estas alturas sería imposible, lo cual me enorgullece. La señora me ofrece una pequeña cabaña sin calefacción por 10 dólares (unos 5 euros). En el precio viene incluido el acceso a la cocina y lavabos. El campamento lo construyeron en 1930, no tiene teléfono y la electricidad llega gracias a un generador. Es súper auténtico. Yo me quedo charlando con ella mientras él va a buscar a alguien que parece haberse perdido por el monte. Ella aprovecha para contarme anécdotas de gente que se perdió en la Routeburn y murió en el intento. La más reciente fue una Israelí hace apenas unos meses. ¡Qué gran golpe de suerte haber encontrado este sitio!
La cabaña es modesta pero más que suficiente dado lo que me esperaba. Dejo mis cosas allí y voy a la cocina a cenar. Por allí aparece otro huésped; un sueco que está estudiando en Dunedin (menuda coincidencia) y ahora está aquí con su novia haciendo turismo. Me uno a ambos para ir a ver unos bichos que hacen luz por la noche para atraer a las polillas y comérselas.
Antes de marcharme me paso por la tienda a charlar un poco con la dueña. Ella esta encantada de charlar conmigo y al despedirme me da un abrazo. ¡Mi primer abrazo en Nueva Zelanda! Me ha llegado al corazón y ojalá pueda volver algún día. Por fortuna aparecí en este lugar curioso de gran hospitalidad y ahora me marcho para continuar mi aventura dejando aquí un pequeño pedazo de mi corazón.
El camino de vuelta es algo resbaladizo y opto por estrenar los crampones que alquilé inútilmente hace milenios. Son de bastante baja calidad y se me caen fácilmente así que ceso en mi empeño de utilizarlos. Mi temor es torcerme el tobillo otra vez pero eso no ocurre. Una vez en el aparcamiento nos despedimos y espero a que venga el autocar a rescatarme de esta aventura. Poco después de que el sol desaparezca de entre las montañas, aparece el autocar y por fin puedo descansar. La aventura ha terminado, con éxito. E

2 comentarios:
Les teves fotos de paisatges son l'ostia, les que surts tu em pixo quan les vec.
Te enviat e-mail de l'avi,ta mare m'havia dit que te pel passes scanejat pero jo com soc molt bona persona pos te le traduit (perque la lletra de l'avi necessita traducció) aixi no hauras de passat tres hores de la teva bonica estancia a New Zeland.
Apa xaval, que les coses segueixin aixi!
Molts petons padrí del meu cor, jajajaja!
__Marta,,
Tú lo has dicho, vaya odisea compañero! Eso y un montón de anécdotas cojonudas.
Un abrazo! :)
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