Peter, un amigo de Tony, también iba a la isla por temas de trabajo y me comentó que me podía llevar hasta el ferry en coche. Después de unas cuantas gestiones telefónicas todo quedó resuelto para ir con él y así disfrutar de un rato más en la isla. El ferry sale desde Bluff en la punta de la isla sur y una hora después desembarca en Obam (el único intento de población en la isla). El estrecho goza de fama por sus oleajes pero este no es mi día de suerte y el mar está calmadito. El trayecto se hace corto y apenas me mareo.
Ya en la isla me acerco a uno de los hostales a conseguir una cama. De mientras me despido de Peter que va en busca del resto de la tripulación del Polaris, el barco propiedad de la universidad en el cual tiene el material para tomar medidas subterráneas con sónar. Ya situado me voy al único hotel de la isla a cenar, tienen menú para vegetarianos.
Apenas dos horas después de salir del pueblo, ya estoy de vuelta en él. Ha sido una escursión rápida, para empezar a sentir la sangre corriendo por mis piernas. Ya no hay nada que hacer en Obam, así que me voy directo a dormir. Mañana será un gran día.
Al despertar me voy a desayunar y rápidamente preparo la mochila y hago el check-out. Antes de emprender el sendero de tres días, paso por la oficina de DOC para rellenar mi hoja de intenciones. Allí una chica me da toda la información que necesito para hacer la ruta y me dice que no necesitaré un localizador ya que es una ruta muy fácil y es casi imposible perderse. Después de hablar un poco me felicita por el tamaño de mi mochila, yo me siento alagado y me alegro de estar mejorando en este aspecto.
El recorrido nunca deja la costa, aunque los senderos están algo alejados del agua y pasan a menudo a través de densa vegetación. El sonido de los pájaros predomina. Los hay de todo tipo e incluso algunos son lo suficientemente curiosos y coquetos para volar delante de ti y posarse en alguna rama cercana para dejarte admirar sus plumas. El caminar se hace lento porque no me quiero perder ninguno de los bailes que me dedican.
Al final de la playa hay otro río bastante más grande con un puente colgante que sirve para cruzarlo. Mientras me pongo las botas me pasa un señor mayor que va para el mismo refugio que yo.
A menos de 100 metros del muelle aparece el refugio y allí está el señor que me había cruzado. Al parecer no está solo. Ha venido a cazar con su hijo y otro amigo que ya habían llegado al refugio el día anterior. Tienen intención de cazar ciervos, lo cual me deja un poco extrañado, pero resulta que son otra de las plagas que introdujeron los humanos hace cerca de 100 años. Ahora el gobierno está encantado de que los intenten cazar pero no son presa fácil entre la vegetación tan densa.
De vuelta al refugio me preparo la cena y después de un rato de relajación acabo jugando a cartas con los cazadores, aparentemente sin éxito. El juego es una variante de poker que la televisión ha puesto de moda últimamente: el Texas Hold'em. Por suerte las apuestas son de mentira y no hay ningún límite. Hace para una noche entretenida, que como siempre en el monte, acaba pronto.
Por la mañana me vuelvo a despertar temprano para emprender la búsqueda del Kiwi de nuevo. Otra vez sin éxito. Me vuelvo con las manos vacías como los vecinos cazadores. He explorado un poco un sendero que parte de este y es más largo. Está completamente enfangado, tal y como me había comentado todo el mundo. Yo espero no tener que enguarrarme hasta las rodillas. Al cabo de un par de horas del amanecer me vuelvo al refugio a desayunar y recoger mis bártulos. Me despido de los cazadores y les deseo un buen fin de semana. A mi me quedan 6 horas de camino hasta el siguiente refugio. Los cazadores se extremecen al oirlo.
El camino es bastante cansado por la multitud de subidas y bajadas, pero no tengo muchos problemas con el barro ya que la mayoría del recorrido está cubierto por un manto de tablas de madera que los del DOC han puesto para que los senderistas no destrocemos más de la cuenta.
Después de un par de horas caminando sucede algo inesperado. En un tramo sin madera oigo un ruido que me hace parar. Descubro una suerte de animalito a unos 5 metros de mí.
Después de hacerme a la idea de que no volvería a ver al señor de la selva neozelandesa sigo caminando durante un rato.
Al poco rato otro ruido me llama la atención. Levanto la vista y veo un kiwi corriendo a través del sendero en dirección a mi. Me quedo parado, boquiabierto, mirando al kiwi e intentando capturar con la mente este segundo momento precioso. El Kiwi atraviesa el sendero y me da esquinazo a un metro para entonces tropezarse y pegarse un mamporro contra el suelo. Estoy tan atónito que ni siquiera me río. Entonces se levanta y sigue corriendo lejos de mi. Otra vez me vuelvo a quedar parado esperando a que vuelva y mi intuicion no me engaña. De repente aparece el kiwi por encima de un arbusto, dando un salto en plan Rambo y empieza a picotear el suelo a unos 5 metros de mi. Aquí la vegetación es menos espesa y lo puedo ver perfectamente, pero mi cámara sigue sin colaborar. El Kiwi vuelve a desaparecer detrás del arbusto para aparecer en otro lugar a unos 10 metros de mi. Nunca me los había imaginado tan grandes... tienen un tamaño a medio camino entre el de una gallina y un pavo. Durante cerca de un cuarto de hora puedo ver como pasa sus días un Kiwi hasta que vuelve a desaparecer de mi vista para siempre. Estoy tan contento que no quepo dentro de mi, ahí va otro de mis sueños hecho realidad y por duplicado.
La marcha se hace mucho más llevadera después de los encuentros. El éxtasis hace que los kiwis aparezcan cada dos por tres en mi mente. A veces empieza a chispear pero casi ni me entero. No parece que vaya a llover y cuando llueve es tan fino que apenas atraviesa la densidad de los árboles. Hacia las cuatro de la tarde llego por fin al siguiente refugio. Esta vez está totalmente vacío, no hay ni un alma. Aprovecho que todavía es de día para darme una vuelta por los alrededores a husmear. Hay un par de montones de mejillones alrededor de lo que parece un fuego ya apagado. Un caminito va a parar a unas escaleras que llevan a una especie de playa sin arena, debe ser de aqui de donde sacan los mejillones.
Sentado en las escaleras de cara al mar hay una preciosa vista de una isla en medio de la bahía con un velero amarrado. Mientras observo sentado la belleza del espectáculo me doy cuenta de que hay unas pequeñas turbulencias en el agua cerca de la orilla.
Al cabo de un rato empieza a asomar lo que parece una piedra. A medida que pasa el tiempo la piedra asoma más y más. Es la bajada inevitable de la marea que tan fácilmente se puede percibir en esta zona del pacífico. Aquí las mareas son muy grandes y en apenas una hora el mar ha bajado al menos 80 centímetros. Al final incluso puedo llegar a las rocas sin mojarme y aprovecho para darme un paseo por encima de ellas. Si no fuera por el mes budista a lo mejor me dedicaría a buscar mejillones para cenar.Esta vez cenaré totalmente solo. Mientras caliento el agua aprovecho para mirar el libro de visitas del refugio. La mayoría de los extranjeros que pasan por aquí son australianos, americanos y alemanes. Seguidos de cerca por israelís, ingleses y franceses. Los italianos y españoles aparecemos bastante poco. Ocho españoles cuento en total desde Diciembre, que es cuando empieza el libro. De estos 8, 3 son catalanes (dos independentistas), 2 vascos, un andaluz y dos que no se pronuncian. O estos dos últimos son madrileños o los madrileños no viajan tan lejos... mucho me temo que es lo último.
El agua tarda algo más de media hora en hervir, así que me da tiempo para intentar hacer un fuego. La madera húmeda se resiste pero consigo salirme con la mía, aunque no lo suficiente como para calentar el lugar. Mi cena consiste en una sopa de champiñones con fideos chinos y un par de puñados de frutos secos... hmmmm!! Ya es totalmente de noche y tengo que ir por el lugar a base de linterna y alguna que otra vela. Después de cenar no hay gran cosa que hacer y aprovecho para meditar. Es difícil sacarse al kiwi tropezando de la cabeza, pero de todas formas siempre es útil meditar. Durante 40 minutos intento controlar la mente y el cuerpo, pero el control no es el camino... es la observación. Cuando termino la sesión tengo los tobillos doloridos y la espalda un poco acartonada pero curiosamente no he pasado frío y ahora tengo una sensación de calma increíble. Estar en medio de un parque natural, esta vez totalmente solo, da una gran satisfacción por la sensación de autonomía y autosuficiencia.
Por la noche me despierto más de una vez por la tromba de agua que está cayendo. Los servicios meteorológicos no se equivocaban del todo. Ya me veo mojado hasta los calzoncillos. Pero al despertar el temporal parece haber amainado. Todavía es de noche mientras me preparo el desayuno y la mochila. Tengo que estar de vuelta en Obam hacia la una y son seis horas de camino. En cuanto empiezo a ver los primeros rayos de luz, cargo con la mochila a hombros y continuo mi camino. Parece que las nubes han dejado caer todo a lo largo de la noche. Ahora ya están cansadas y apenas llovizna un poco.
Un par de horas más, caminando entre la vegetación densa de la isla, me llevan al siguiente punto interesante. Y no es que el camino no lo fuera, por fin en este tramo había zonas sin "amaderar" y el fango abundaba en cantidad. Me divierte mucho resolver el problema del barro sin embarrarme. Se trata de buscar trozos de madera y/o raices que te permitan saltar entre ellas sin meter el pie hasta el tobillo en el fango. La verdad es que se me da bastante bien y gran parte de culpa la tiene mi mochila ligera y mi entrenamiento de jovencito entre barandillas y bordillos. Pero no siempre sale todo bien y en un pequeño lapsus apoyo la pierna en un tronco que resbala más de la cuenta. Tanto resbala que pierdo totalmente el equilibrio y me voy de espaldas contra el suelo. No obstante, un reflejo de mi brazo izquierdo me salva clavando el bastón en el suelo de tal manera que haciendo fuerza hacia él consigo detener la caída a 15 cm escasos del suelo, evitando que toda la espalda quedara llena de fango. Lástima, hubiera sido una foto muy interesante.
La zona interesante que comentaba es una bahía totalmente cubierta de la bravura del mar.
A partir de aquí el camino se ensancha y transcurre por lo que antaño era la carretera mejor conservada de la isla. Allá en el siglo XIX, cuando por la zona había una fábrica de serrín, la carretera se usaba para unir el puerto de Obam con la fábrica y los asentamientos de la zona. Por aquel entonces no había coches y el ancho de la carretera es el suficiente para un carruaje de caballo. El suelo todavía está lleno de los adoquines de roca volcánica y gastada que antes debían ser más lisos. Poco después del mediodía llego a una carretera asfaltada donde hay un banco que utilizo para dejar las cosas mientras me cambio las mallas y pantalones cortos por unos largos. De esta manera cuando llegue a Obam espero no tener problemas para que me dejen entrar en el restaurante a comer.
El ferry de vuelta está repleto, y otra vez la mar está calmada. Yo estoy tan cansado que consigo dormirme sentado sin apoyar la cabeza. En mis sueños el dios Kiwi aparece una y otra vez esquivándome y volviendo a aparecer. Soy feliz.

2 comentarios:
hello rey de los kiwis!!!! jejejejejee. vaya con tus aventuras ehhhh!!! la pena es que no te veamos haciendote un baño de barro de esos tan purificantes, seguro que los budistas estarian de acuerdo con que lo hicieras, jejejejeje.
Me ha encantado la leyenda maorí de la cadena y la escultura.
Por cierto, de dónde sacas esas rutas tan chulas?
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