Rakiura track

Stewart Island es la tercera isla más grande de Nueva Zelanda. Los maorís la llaman Rakiura y está al sur de las otras dos islas mayores. La leyenda dice que es el ancla que utilizó el dios Maui para mantener su canoa (la isla sur) mientras pescaba la isla norte. El 85% de la isla es un parque nacional, el único lugar donde se pueden ver kiwis de día.

Peter, un amigo de Tony, también iba a la isla por temas de trabajo y me comentó que me podía llevar hasta el ferry en coche. Después de unas cuantas gestiones telefónicas todo quedó resuelto para ir con él y así disfrutar de un rato más en la isla. El ferry sale desde Bluff en la punta de la isla sur y una hora después desembarca en Obam (el único intento de población en la isla). El estrecho goza de fama por sus oleajes pero este no es mi día de suerte y el mar está calmadito. El trayecto se hace corto y apenas me mareo.

Ya en la isla me acerco a uno de los hostales a conseguir una cama. De mientras me despido de Peter que va en busca del resto de la tripulación del Polaris, el barco propiedad de la universidad en el cual tiene el material para tomar medidas subterráneas con sónar. Ya situado me voy al único hotel de la isla a cenar, tienen menú para vegetarianos.

Después de cenar me encuentro otra vez con Peter. Los del Polaris habían vuelto otra vez a tierra firme para tomar unas pintas en el bar. Peter me pregunta si les quiero acompañar pero yo prefiero acercarme en una visita nocturna al único faro de la isla. El camino, con la luna llena, es bastante sencillo pero me llevo la linterna por si hay tramos de vegetación espesa.

Apenas dos horas después de salir del pueblo, ya estoy de vuelta en él. Ha sido una escursión rápida, para empezar a sentir la sangre corriendo por mis piernas. Ya no hay nada que hacer en Obam, así que me voy directo a dormir. Mañana será un gran día.

Al despertar me voy a desayunar y rápidamente preparo la mochila y hago el check-out. Antes de emprender el sendero de tres días, paso por la oficina de DOC para rellenar mi hoja de intenciones. Allí una chica me da toda la información que necesito para hacer la ruta y me dice que no necesitaré un localizador ya que es una ruta muy fácil y es casi imposible perderse. Después de hablar un poco me felicita por el tamaño de mi mochila, yo me siento alagado y me alegro de estar mejorando en este aspecto.

La primera etapa del viaje me lleva a traves de una de las pocas carreteras asfaltadas de la isla. Un par de horas de camino rodeando la costa me llevan de visita por la bahía de la herradura y la desembocadura de un par de riachuelos. Hay algunas casas pero se nota que aquí el desarrollo brilla por su ausencia.

Después del paseo llego al principio del sendero propiamente dicho. Una escultura en forma de cadena gigante da el pistoletazo de salida mientras explica la leyenda de Maui. Es justo y necesario hacerse una foto bajo una de las argollas. Postrado aquí me siento como un semidios adentrándome a lo desconocido para otra de mis aventuras.

El recorrido nunca deja la costa, aunque los senderos están algo alejados del agua y pasan a menudo a través de densa vegetación. El sonido de los pájaros predomina. Los hay de todo tipo e incluso algunos son lo suficientemente curiosos y coquetos para volar delante de ti y posarse en alguna rama cercana para dejarte admirar sus plumas. El caminar se hace lento porque no me quiero perder ninguno de los bailes que me dedican.

Mas adelante el sendero entra de lleno en una playa recóndita a la que se accede por un puente de madera que parece un muelle. En marea alta recomiendan no cruzar por la playa y según la chica de la oficina ahora mismo era marea alta. De todas formas no pierdo la oportunidad de pasear por la playa y consigo hacerlo si necesidad de mojarme los pies. Al contrario de lo que habían predicho tanto el señor del tiempo como la chica DOC, hace un día precioso y apenas se ve una nube. Me dan muchas ganas de tomar un rato el sol, pero no hace tanto calor como para destaparme.

Después de volver a adentrarme en el bosque durante otra media hora me encuentro embobado mirando un islote a poca distancia de la costa, va ha hacer una postal de ensueño. Poco después vuelvo a salir a otra playa enorme. Esta ya se veía desde lo lejos y había visto algún que otro que paseaba por ella desde la distancia. La playa está en la propiedad de una familia Maorí que permite a los senderistas pasar por ella. De ahí su nombre: playa Maorí. Aquí me dedico a caminar sin botas, ya que me las he quitado para cruzar un riachuelo que teóricamente se puede cruzar a pie en marea baja. Durante un rato no me siento los dedos de los pies pero la experiencia de caminar sobre la arena es suficientemente gratificante.

Al final de la playa hay otro río bastante más grande con un puente colgante que sirve para cruzarlo. Mientras me pongo las botas me pasa un señor mayor que va para el mismo refugio que yo. Nos volvemos a cruzar alguna que otra vez en el camino pero al final es él quien llega primero adelantándome poco antes de llegar. Pese a lo competitivo que soy a veces, esto no me importa demasiado porque puedo quedarme embobado haciendo fotos. Antes de llegar al refugio hay una zona de acampada justo al lado de otra playa y un poco más adelante me encuentro un muelle de madera al que sólo se atreven a subir los pájaros. Sobre todo porque hay un cartel que desaconseja a los humanos su uso.

A menos de 100 metros del muelle aparece el refugio y allí está el señor que me había cruzado. Al parecer no está solo. Ha venido a cazar con su hijo y otro amigo que ya habían llegado al refugio el día anterior. Tienen intención de cazar ciervos, lo cual me deja un poco extrañado, pero resulta que son otra de las plagas que introdujeron los humanos hace cerca de 100 años. Ahora el gobierno está encantado de que los intenten cazar pero no son presa fácil entre la vegetación tan densa.

La noche cae pronto en estas latitudes y yo aprovecho para darme un paseo para admirar la luna llena y de paso rezar al dios Kiwi para que me deje verlo. Los kiwis de esta isla son famosos por salir de sus madrigueras poco antes del anochecer y de no volver hasta un par de horas después del amanecer. De noche yo no seré capaz de verlos así que me animo a buscarlos en horas que tenga alguna posibilidad. Esta vez la búsqueda no da frutos, pero la luna me consuela.

De vuelta al refugio me preparo la cena y después de un rato de relajación acabo jugando a cartas con los cazadores, aparentemente sin éxito. El juego es una variante de poker que la televisión ha puesto de moda últimamente: el Texas Hold'em. Por suerte las apuestas son de mentira y no hay ningún límite. Hace para una noche entretenida, que como siempre en el monte, acaba pronto.

Por la mañana me vuelvo a despertar temprano para emprender la búsqueda del Kiwi de nuevo. Otra vez sin éxito. Me vuelvo con las manos vacías como los vecinos cazadores. He explorado un poco un sendero que parte de este y es más largo. Está completamente enfangado, tal y como me había comentado todo el mundo. Yo espero no tener que enguarrarme hasta las rodillas. Al cabo de un par de horas del amanecer me vuelvo al refugio a desayunar y recoger mis bártulos. Me despido de los cazadores y les deseo un buen fin de semana. A mi me quedan 6 horas de camino hasta el siguiente refugio. Los cazadores se extremecen al oirlo.

El camino es bastante cansado por la multitud de subidas y bajadas, pero no tengo muchos problemas con el barro ya que la mayoría del recorrido está cubierto por un manto de tablas de madera que los del DOC han puesto para que los senderistas no destrocemos más de la cuenta.

Después de un par de horas caminando sucede algo inesperado. En un tramo sin madera oigo un ruido que me hace parar. Descubro una suerte de animalito a unos 5 metros de mí. Es como una bola de 50cm de diametro con algo como pelos de puercoespín. El animal salta de entre los arbustos al camino emprendiendo una breve carrera para esconderse... ¡¡Es un KIWI!! ¡He visto un Kiwi salvaje! No me lo acabo de creer. Son casi las doce del medio día y se supone que es un ave nocturna. Entre la maleza todavía podía verlo un poco utilizando su pico alargado para comer insectos. Estoy extasiado. Lástima que no puedo sacarle una foto por estar tan escondido. No tarda mucho en desaparecer del todo pero yo me quedo quieto en la zona durante casi una hora esperando a ver si vuelve. No tendré tanta suerte. Mientras espero observo la vegetación densa y percibo diferencias bastante grandes entre los árboles de aqui y los de fuera. El helecho es el rey de esta jungla, esta en todas partes y toma miles de formas. La que más me gusta a mi es la "Elmera" una mezcla entre helecho y palmera a la que le he quitado la hache porque me da la gana. El musgo también tiene aquí formas y colores más pintorescos. Os dejo una foto para que os maravilléis tanto como yo.

Después de hacerme a la idea de que no volvería a ver al señor de la selva neozelandesa sigo caminando durante un rato. Tengo intención de esperar hasta llegar al punto de observación para comer. Subido al poste de vigilancia metálico, con vistas a la bahía, paro para comerme mis frutos secos y un bocadillo que me he preparado. Hoy no hace tan buen día como ayer. El cielo está cubierto de una gran nube que amenaza con descargar pero no lo hace. No me quedo mucho rato en el observatorio, porque no hay gran cosa que ver más que el manto de árboles y los pequeños islotes a lo lejos. Pronto reemprendo la marcha.

Al poco rato otro ruido me llama la atención. Levanto la vista y veo un kiwi corriendo a través del sendero en dirección a mi. Me quedo parado, boquiabierto, mirando al kiwi e intentando capturar con la mente este segundo momento precioso. El Kiwi atraviesa el sendero y me da esquinazo a un metro para entonces tropezarse y pegarse un mamporro contra el suelo. Estoy tan atónito que ni siquiera me río. Entonces se levanta y sigue corriendo lejos de mi. Otra vez me vuelvo a quedar parado esperando a que vuelva y mi intuicion no me engaña. De repente aparece el kiwi por encima de un arbusto, dando un salto en plan Rambo y empieza a picotear el suelo a unos 5 metros de mi. Aquí la vegetación es menos espesa y lo puedo ver perfectamente, pero mi cámara sigue sin colaborar. El Kiwi vuelve a desaparecer detrás del arbusto para aparecer en otro lugar a unos 10 metros de mi. Nunca me los había imaginado tan grandes... tienen un tamaño a medio camino entre el de una gallina y un pavo. Durante cerca de un cuarto de hora puedo ver como pasa sus días un Kiwi hasta que vuelve a desaparecer de mi vista para siempre. Estoy tan contento que no quepo dentro de mi, ahí va otro de mis sueños hecho realidad y por duplicado.

La marcha se hace mucho más llevadera después de los encuentros. El éxtasis hace que los kiwis aparezcan cada dos por tres en mi mente. A veces empieza a chispear pero casi ni me entero. No parece que vaya a llover y cuando llueve es tan fino que apenas atraviesa la densidad de los árboles. Hacia las cuatro de la tarde llego por fin al siguiente refugio. Esta vez está totalmente vacío, no hay ni un alma. Aprovecho que todavía es de día para darme una vuelta por los alrededores a husmear. Hay un par de montones de mejillones alrededor de lo que parece un fuego ya apagado. Un caminito va a parar a unas escaleras que llevan a una especie de playa sin arena, debe ser de aqui de donde sacan los mejillones.

Sentado en las escaleras de cara al mar hay una preciosa vista de una isla en medio de la bahía con un velero amarrado. Mientras observo sentado la belleza del espectáculo me doy cuenta de que hay unas pequeñas turbulencias en el agua cerca de la orilla. Al cabo de un rato empieza a asomar lo que parece una piedra. A medida que pasa el tiempo la piedra asoma más y más. Es la bajada inevitable de la marea que tan fácilmente se puede percibir en esta zona del pacífico. Aquí las mareas son muy grandes y en apenas una hora el mar ha bajado al menos 80 centímetros. Al final incluso puedo llegar a las rocas sin mojarme y aprovecho para darme un paseo por encima de ellas. Si no fuera por el mes budista a lo mejor me dedicaría a buscar mejillones para cenar.

Esta vez cenaré totalmente solo. Mientras caliento el agua aprovecho para mirar el libro de visitas del refugio. La mayoría de los extranjeros que pasan por aquí son australianos, americanos y alemanes. Seguidos de cerca por israelís, ingleses y franceses. Los italianos y españoles aparecemos bastante poco. Ocho españoles cuento en total desde Diciembre, que es cuando empieza el libro. De estos 8, 3 son catalanes (dos independentistas), 2 vascos, un andaluz y dos que no se pronuncian. O estos dos últimos son madrileños o los madrileños no viajan tan lejos... mucho me temo que es lo último.

El agua tarda algo más de media hora en hervir, así que me da tiempo para intentar hacer un fuego. La madera húmeda se resiste pero consigo salirme con la mía, aunque no lo suficiente como para calentar el lugar. Mi cena consiste en una sopa de champiñones con fideos chinos y un par de puñados de frutos secos... hmmmm!! Ya es totalmente de noche y tengo que ir por el lugar a base de linterna y alguna que otra vela. Después de cenar no hay gran cosa que hacer y aprovecho para meditar. Es difícil sacarse al kiwi tropezando de la cabeza, pero de todas formas siempre es útil meditar. Durante 40 minutos intento controlar la mente y el cuerpo, pero el control no es el camino... es la observación. Cuando termino la sesión tengo los tobillos doloridos y la espalda un poco acartonada pero curiosamente no he pasado frío y ahora tengo una sensación de calma increíble. Estar en medio de un parque natural, esta vez totalmente solo, da una gran satisfacción por la sensación de autonomía y autosuficiencia.

Por la noche me despierto más de una vez por la tromba de agua que está cayendo. Los servicios meteorológicos no se equivocaban del todo. Ya me veo mojado hasta los calzoncillos. Pero al despertar el temporal parece haber amainado. Todavía es de noche mientras me preparo el desayuno y la mochila. Tengo que estar de vuelta en Obam hacia la una y son seis horas de camino. En cuanto empiezo a ver los primeros rayos de luz, cargo con la mochila a hombros y continuo mi camino. Parece que las nubes han dejado caer todo a lo largo de la noche. Ahora ya están cansadas y apenas llovizna un poco.

En poco menos de una hora me planto a la entrada de una playa que parece una marisma. Debe ser el momento de marea más baja ya que el agua, y con ella los patos, están a 100 metros de la vegetación. Ese espacio lleno de arena y charcos que el mar ha devuelto temporalmente permite un paseo sin mojarse. El suelo está repleto de caracoles y caracolas de diferentes tamaños y otro moluscos interesantes. Caminando hacia el mar poco a poco consigo acercarme a los pájaros que nadan en la orilla recesiva lo suficiente para poderlos observar. Ahí están, buscando comida con sus familiares en una especie de fiesta con barbacoa. Me es difícil separarme de este sitio mágico y tengo muchas ganas de quedarme aquí para ver la marea subir. Pero no hay mucho tiempo que perder, no sea que también pierda el ferry de vuelta.

Un par de horas más, caminando entre la vegetación densa de la isla, me llevan al siguiente punto interesante. Y no es que el camino no lo fuera, por fin en este tramo había zonas sin "amaderar" y el fango abundaba en cantidad. Me divierte mucho resolver el problema del barro sin embarrarme. Se trata de buscar trozos de madera y/o raices que te permitan saltar entre ellas sin meter el pie hasta el tobillo en el fango. La verdad es que se me da bastante bien y gran parte de culpa la tiene mi mochila ligera y mi entrenamiento de jovencito entre barandillas y bordillos. Pero no siempre sale todo bien y en un pequeño lapsus apoyo la pierna en un tronco que resbala más de la cuenta. Tanto resbala que pierdo totalmente el equilibrio y me voy de espaldas contra el suelo. No obstante, un reflejo de mi brazo izquierdo me salva clavando el bastón en el suelo de tal manera que haciendo fuerza hacia él consigo detener la caída a 15 cm escasos del suelo, evitando que toda la espalda quedara llena de fango. Lástima, hubiera sido una foto muy interesante.

La zona interesante que comentaba es una bahía totalmente cubierta de la bravura del mar. La zona es propiedad de una familia Maorí y desde el mirador se puede ver su casa y su barquita entre la maleza. Es un sitio muy tranquilo y me permito el lujo de quedarme a disfrutarlo un buen rato. Las nubes amenazan dejando caer algo de agua, pero no la suficiente para que sea necesario cubrirse. De forma intermitente las gotas forman pequeños círculos a lo largo y ancho de la superficie calma del mar. Quién tuviera una casita como esa, con su pequeña barca, para poder conocer todos los recovecos de los alrededores.

A partir de aquí el camino se ensancha y transcurre por lo que antaño era la carretera mejor conservada de la isla. Allá en el siglo XIX, cuando por la zona había una fábrica de serrín, la carretera se usaba para unir el puerto de Obam con la fábrica y los asentamientos de la zona. Por aquel entonces no había coches y el ancho de la carretera es el suficiente para un carruaje de caballo. El suelo todavía está lleno de los adoquines de roca volcánica y gastada que antes debían ser más lisos. Poco después del mediodía llego a una carretera asfaltada donde hay un banco que utilizo para dejar las cosas mientras me cambio las mallas y pantalones cortos por unos largos. De esta manera cuando llegue a Obam espero no tener problemas para que me dejen entrar en el restaurante a comer.

Obam de día es bonito. Y eso que hoy no es un día espectacular. Pero la pequeña bahía llena de barcos amarrados a diferentes boyas hacen de paraíso para los pescadores y amantes del mar. Desde el restaurante hay vistas perfectas a la bahía y después de comer me acerco a la orilla para sentarme. En un parque hay unos niños que juegan y me parece oir a alguien tras de mi gritar "Eidrien!!". Yo me pregunto cuál de los niños se llamará como yo. Pero una frase en español entrecortado me da a entender que los gritos son por mi. Los cazadores del refugio también están de vuelta y me invitan al bar a charlar del fin de semana. Ellos también han tenido suerte. El chaval ha visto su primer kiwi y no se han ido con las manos vacías tras dar muerte a un cervatillo joven que no sabía el daño que podía hacer un humano con un rifle.

El ferry de vuelta está repleto, y otra vez la mar está calmada. Yo estoy tan cansado que consigo dormirme sentado sin apoyar la cabeza. En mis sueños el dios Kiwi aparece una y otra vez esquivándome y volviendo a aparecer. Soy feliz.

2 comentarios:

karina dijo...

hello rey de los kiwis!!!! jejejejejee. vaya con tus aventuras ehhhh!!! la pena es que no te veamos haciendote un baño de barro de esos tan purificantes, seguro que los budistas estarian de acuerdo con que lo hicieras, jejejejeje.

Carlos Morales dijo...

Me ha encantado la leyenda maorí de la cadena y la escultura.

Por cierto, de dónde sacas esas rutas tan chulas?