TranzAlpine

Todavía no ha salido el sol y, como de costumbre los fines de semana, ya estoy en pie. A las siete de la mañana pasa a recogerme al hostal una furgoneta llena de pasajeros que nos lleva al centro de Christchurch.

A otra chica y a mi nos dejan en la estación de tren. Desde allí sale el tren turístico por excelencia de Nueva Zelanda: el Tranz Alpine. Recorreremos la isla sur de Este a Oeste cruzando por los alpes del sur. Promete ser uno de los viajes en tren más bonitos del mundo, lástima que el día se haya despertado nublado y con algo de niebla.

El tren sale a las 8, justo cuando el sol empieza a asomar. Hace un frío del carajo, pero el vagón sin ventanas siempre está lleno de gente haciendo fotos. Hay que pelear un poquillo para conseguir un sitio digno. El mejor está detrás de una pared, no tiene tantas vistas pero el viento no llega con intensidad moderada. Está empezando a llover.

El tren sale de Christchurch, en la costa Oeste, y llega a Greymouth, en la costa Este, en poco menos de cuatro horas. Pasamos por 16 túneles y 5 puentes a través de cañones en la roca formados por el río Waimakariri . A medida que avanzamos hacia el Este todo se vuelve más húmedo y los pastos para ganado se convierten en montañas boscosas. Varias son las paradas que hacemos para satisfacer las ganas de hacer fotos de todo el mundo. Una de ellas es en el Arthur's Pass, la estación a más altura de las islas. El tren, como todos los demás de la isla, se construyó para dar acceso rápido a las minas de oro. Una vez cesó la fiebre, los trenes dejaron de funcionar hasta que a mediados del siglo pasado fueron rescatados del olvido para transportar turistas.

En las estaciones intermedias hay algunos pueblecitos remotos a los que sólo se puede llegar mediante el tren. Allí vivian pocas familias en tiempos de la fiebre del oro y quedaron desiertos en cuanto el tren dejó de circular. Ahora algunas se convierten en destino de viajeros que huyen de las ciudades en busca de sensaciones propias de la vida de antaño. En los prados cercanos a las estaciones abundan las vacas y ovejas como en el resto de la isla. Aquí hay el mayor número de ovejas por persona del planeta. No es de extrañar que Nueva Zelanda sea la fábrica mundial de leche por excelencia.

El último túnel, mucho más largo de lo habitual, nos lleva al otro lado de los alpes. Los espacios se vuelven más grandes, con lagos inmensos rodeados de montañas menores, y el incremento en humedad cala los huesos. Por fin llegamos a Greymouth y llega el olor a mar, pero esta vez es el mar de Tasmania.

En Greymouth aprovecho para darme una vuelta y estirar las piernas. El pueblo es muy pequeño y no hay mucho que ver. Los alrededores albergan buenos senderos, pero yo tengo que estar de vuelta en la estación en una hora para volver a Chirstchurch de nuevo.

Durante el trayecto de vuelta aprovecho para coger el mejor sitio del vagón fotográfico. Los otros turistas no tienen el afán ya saciado en la ida. Algunos de los que no habían venido desde Christchurch no tardan en venir a hacerme compañía. Las sombras de la noche no tardan mucho en acechar y la cámara deja de funcionar debidamente. Es hora de volver al vagón donde termino de leer "Colmillo Blanco" de Jack London. El lobo, domesticado al fin, encuentra su lugar en la civilización. Yo, por lo contrario, deseo hacer el camino opuesto y seguir la llamada de lo salvaje.

1 comentario:

Carlos Morales dijo...

oye colmillo blanco, y esas fotos?

Seguro que las montaNas eran idílicas...