Otra de las grandes atracciones del parque natural de Fiordland es Doubtful Sound. Para este destino no hay opción aventurera rápida y opto por reservar plaza en un crucero.
Doubtful Sound es más remoto incluso que Milford Sound. Hay una carretera sin asfaltar que une la central hidroeléctrica del lago Manapouri y el mar. Pero no hay manera de llegar en automóvil a esta carretera.

La razón viene siendo que la carretera se construyó con el único objetivo de llevar los materiales para la construcción de la central y a los obreros desde el mar. La central en sí es única por no formar parte de un pantano sino de un lago ya existente. La formación montañosa de la zona no existe en muchos otros lugares tan cerca del mar, que está tan solo a escasos kilometros y 178 metros por debajo del lago. Para la central taladraron un túnel a través de la montaña y pusieron los generadores al final para que la presión del agua los activara sin necesidad de inundar la zona.

Para llegar a la carretera de la central hay que coger un crucero que atraviesa el lago Manapouri. Según los de la zona es el lago más bonito de Nueva Zelanda y yo no me atrevería a discutírselo. El crucero a través del lago me ha dejado como poco impresionado, por no saber escoger una palabra mejor. Manapouri significa "corazón dolido", pero no es el nombre Maorí original del lago.

El nombre original era Moturau, que significa "muchas islas", con razón. El lago es el quinto más grande de Nueva Zelanda y en el sobresalen decenas de islas de tamaños variados. La mayoría de las islas están plagadas de ratas y zarigüeyas, que los de la zona están intentando erradicar para que sirvan de paraíso a las aves locales. El lago está rodeado de montañas con cumbres nevadas y acariciadas por las nubes. Allá donde mires está lleno de estampas dignas de postal.

Dos compañeros de hostal me acompañan en este crucero.

Uno de ellos es un australiano, Jonathan el dentista, que ahora está de vacaciones por aquí. Jonathan es de origen indio-portugués y juntos hemos tenido conversaciones muy interesantes. Muchas de estas conversaciones ocurrieron durante este viaje, interrumpidas constantemente por el afán de ambos por fotografíar la maravilla a nuestro alrededor.

Una vez en el lado Oeste del lago Manapouri, un autocar nos recoge para llevarnos a través de la jungla hasta el mar. La carretera semiasfaltada costó mucho dinero en su época y se mantiene gracias al turismo. Al cruzar un parque natural patrimonio de la humanidad, ahora sería imposible contruir algo así. Todavía se ven los efectos de la construcción en algunos árboles. Las riadas, aquí abundantes, también hacen destrozos en la carretera que al menos tienen permiso para reparar. Todo ello pagado por impuestos a los coches que la circulan.

Doubtful Sound no es tan impresionante como Milford, pero es mucho más grande. Tanto en anchura como en longitud. Al contrario que Milford, Doubtful tiene varios fiordos que topan con el central. En las laderas de las montañas hay grandes huecos sin vegetación formados por deslizamientos de roca causados por el último gran terremoto hace unos años: 7 en la escala de Richter. Los terremotos aquí son algo natural, ya que la placa tectónica en la que se encuentra Nueva Zelanda avanza y se monta encima de la australiana. Esto hace que las montañas sigan creciendo a un ritmo similar al de nuestras uñas.

En Doubtful Sound todavía hay menos construcción que en Milford. Aquí sólo hay una carretera con un refugio para colegios que traigan aquí a los alumnos a pasar el unos días lejos de la civilización y una cabaña en medio del mar que utilizan los del DOC como base para hacer estudios. Con el barco nos acercamos a la cabaña para llevarles el periódico de ayer. Algo es algo.
Hoy no hace un día tan estupendo como el que disfruté

en los kayaks. Una llovizna intermitente y el cielo encapotado nos acompañan durante todo el recorrido. Al no hacer mal tiempo tenemos la oportunidad de salir hasta el inicio del mar de Tasmania. De camino un grupo de delfines nadan a nuestro alrededor, utilizando la estela del barco como trampolín para demostrarnos su destreza en el agua.

Más adelante queda la colonia de focas donde decenas de ellas parecen estar haciendo la siesta. Solo las más jóvenes se mueven. El capitán del barco parece emocionado. Dice que no había visto delfines y focas el mismo día desde hacía 19 años. Soy un tipo con suerte.
Los fiordos inundados por el mar de esta zona tienen un atractivo especial para los buceadores y estudiosos del mar.

Al tener tanta lluvia y estar resguardados de las embestidas del mar, una capa de agua dulce queda flotando por encima del agua salada sin mezclarse. El agua dulce actúa a modo de reflector solar, impidiendo que los rayos de luz la atraviesen con la facilidad con la que están acostumbrados. El fondo marino queda entonces más oscuro de lo que es normal a esa profundidad y muchos animales habituales de los abismos marinos encuentran aquí un habitat ideal.

Ya en el camino de vuelta al puerto, nos desviamos por uno de los fiordos laterales especialmente refugiado de las olas. El capitán del barco nos invita a quedarnos quietos mientras él apaga los motores y el barco va a la deriva. Así podemos, durante unos minutos, escuchar el sonido de la jungla. Miles de pájaros habitan la zona y cantan con gozo. Nosotros tenemos la suerte de poderlos oir durante un rato mientras no vuelven a ponerse en marcha los motores.

Esa es la lástima del crucero a motor, que inunda de ruido un paisaje tan bello. Más me hubiera gustado a mi llegar aquí por mi propio pie para poder disfrutar de estos sonidos menos habituales aunque, últimamente, familiares.
A la vuelta volvemos a atravesar el lago Manapouri. Ahora el sol se esconde detrás de las montañas dejando un resplandor a su alrededor, reflejado entre las nubes. Pronto la oscuridad prevalecerá en estos valles bañados en agua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario