Son las 7:20 y el autocar todavía no ha aparecido. Es extraño porque suelen ser puntuales. Vuelvo a mirar varias veces los horarios y pone que a y cuarto sale de Nelson... de Nelson?? de Nelson!! ¡¡Coño pero si yo estoy en Picton!! Esto de dormir tan poco no me deja pensar con lucidez. Pues nada, habrá que empezar a hacer autoestop antes de lo previsto.
Picton es un pueblo pequeñito, así que no tardo en plantarme en la única carretera de salida a hacer dedo. Cerca de las ocho se para un 4x4 en el que van dos currantes. Es la primera vez que me recoge un coche en el que el conductor no va solo. Ahí van mis esquemas otra vez. Resulta que Calum y Diego son trabajadores verticales y también escalan. Diego es un chileno que lleva algo más de un año en Nueva Zelanda con un visado de "vacaciones de trabajo". Va a resultar que los españoles somos los únicos sin acceso a este visado.
Calum y Diego se dirigen a Christchurch, pero tienen que hacer una parada en Bleinheim. Yo prefiero seguir mi camino hacia Castle Hill. Calum me da su tarjeta por si me quedo tirado en Christchurch y necesito pasar la noche. Ellos están pensando en ir a escalar mañana y Castle Hill no estaría nada mal.
En Bleinheim cometo el error de quedarme en medio del pueblo haciendo autoestop. Después de un buen rato me doy cuenta del graso error y continuo caminando hasta la salida del pueblo. Allí me encuentro con Ana, una chica Maorí que también está haciendo autoestop de camino a Christchurch, donde les va a dar una sorpresa a sus familiares y amigos.
Ana es una chica de veintipocos a la que le va la marcha. Es madre de dos hijos, cuyos nombres tiene tatuados en los brazos. Ana se queja de lo aburrida que es Nueva Zelanda, el único sitio que vale la pena según ella es Auckland. Su idea de diversión es pasarse la tarde/noche borracha con los colegas. Pese a estar sobria se nota que es una chica muy alegre y desinhibida.
Al poco rato nos recoge Joao en un mini 4x4 un tanto destartalado. Joao va camino de Kaikoura donde tiene una visita. Él lleva trabajando un tiempo en Nueva Zelanda como vinicultor con un visado de trabajo normal, ya que a los Brasileños tampoco les dan el visado de "vacaciones trabajo". En parte me alegro de que los españoles no seamos los únicos.
Joao también es un chaval muy animado, que se fue de Brasil para dejar una vida un tanto caótica, llena de fiestas y drogas. Él y Ana tienen bastantes cosas que hablar y yo me uno a ellos. Todos tenemos nuestro pasado oscuro.
Joao tiene un estilo de conducción característico latino: rápido, agresivo y confiado. A mi a veces me da un poco de miedo ver como se acerca al borde de las curvas al no mirar al frente mientras habla o al conducir con la rodilla mientras se lía un cigarrillo. No acabo de estar del todo tranquilo. Llegados a Kaikoura, Joao nos deja en la salida del pueblo y me puedo volver a sentir relajado.
Ana había vivido muchos años en Kaikoura. Parte de su familia todavía vive aquí y tiene miedo de que la reconozcan y la obliguen a quedarse un rato después de pegarle la bronca por no avisar. Tal evento nunca llega a occurrir. Después de un tiempo esperando, Calum y Diego
vuelven a aparecer y nos llevan a ambos a Christchurch. A mi me dejan primero a la salida que lleva a la carretera de montaña.
Salir de las grandes ciudades es siempre los más complicado. La gente no se suele fiar. No obstante no tarda mucho en parar alguien. Esta vez es una pareja de granjeros que vuelve de una feria de libros en Christchurch. Ambos han viajado mucho y nos entretenemos hablando de nuestros viajes y los sitios que hemos visitado. Ellos me llevan hasta Sheffield por una carretera diferente a lo habitual, porque tiene mejores vistas. En Sheffield se juntan todas las carreteras que vienen del Este y llevan hacia la costa Oeste a través del "Arthur's Pass".
En Sheffield tengo que esperar mucho rato sin que nadie pare. Son cerca de las cinco de la tarde y empieza a asomar la duda. ¿Seré capaz de llegar a Castle Hill hoy? ¿Dónde dormiré si no lo consigo? Pero al final la espera tiene su fruto y un cazador me recoge. De camino hacia arriba me cuenta lo mucho que ama estas montañas. Él se dirige a Greymouth a ver a su hija, así que me puede dejar en Castle Hill. El sol empieza a esconderse detrás de las montañas, cubiertas por un manto blanco. La mayoría de coches van en la otra dirección, volviendo de un día de esquí.
Me adentro entre las rocas, esperando encontrar a mis amigos. Al poco rato oigo un grito cuya voz me es familiar: "Eidrien!?"
A mi derecha hay un grupo jugando al Hackie. A la mitad los conozco de la sala de búlder de Dunedin. Entre ellos está Kwan. Al fin he dado con ellos. 2000 kilómetros a dedo en un día y medio, pasando por 13 coches distintos. En parte Kwan dudaba que lo fuera a conseguir y su miedo es que llegara para cuando ellos ya se hubieran ido. Debo tener una flor en el culo.
En el 4x4 de Kwan van 4 personas con todo el material. Como va a ser complicado meterme a mi ahí dentro, otro escalador inglés se ofrece a llevarme al campamento en su Volkswagen Type 2: furgoneta mítica donde las hayan que todos hemos deseado tener después de años viendo Scooby Doo.
En el campamento hay varios escaladores y algún que otro snowboarder. Todos tenemos algo en común, adoramos la montaña y no nos importa dormir en el suelo con tal de estar cerca. Mientras algunos preparan la cena, otros montan las tiendas de campaña. Kwan me felicita por conseguir llevar todo lo necesario en mi mochila de 45 litros: tienda, saco, cocinilla, material de escalada... me estoy volviendo un pro.
Al lado de la cabaña para cocinar, Sam y un noruego se han propuesto montar una hoguera. Sus dimensiones no hacen más que crecer, para el deleite de los allí presentes. Mientras algunos adoramos el fuego tostándonos los pies, otros beben o fuman y todos aportamos nuestro granito de arena contando anécdotas y filosofando. Podríamos parecer unos hippies a ojos ajenos, pero la adrenalina corre por nuestras venas y esto es un pasatiempo antes de nuestro próximo chute.

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