Kawakawa

Allí estoy, tirado en medio de lo que parece la jungla mirando el coche volcado pendiente abajo. Ya me he asegurado de que no tengo nada y lo que mas me pesa es no tener la cámara de fotos para echarle una al coche. El móbil, por suerte, sí que lo llevo encima y no me hace falta ver para llamar al 112 (emergencia).

El teléfono parece tener cobertura, aunque escasa. La operadora me pasa con la policía ya que no hay ningun herido. Yo intento comunicarle sin éxito al policía donde me encuentro. Intento mirar en el mapa de la guía a ver si puedo leer los nombres de los pueblos pero no veo un pijo. El poli me dice que busque las gafas y le vuelva a llamar en 10 minutos.

Vuelvo a bajar hasta el coche resbalando por el barro y me pongo a buscar las gafas entre los trozos de la ventana rota. No encuentro nada, asi que decido intentar mirar dentro. Me tengo que retorcer un poco para meterme dentro del coche por la ventanilla y un momento de lucidez me avisa de que no es buena idea, el coche podria girar más y yo hacerme muuucho daño. Paso de seguir buscando las gafas.

Vuelvo a subir a la carretera y la sigo un rato. A lo lejos me parece ver una casa e ir hacia ella me parece la mejor opción. En apenas un kilómetro me planto en la casa pero ni siquiera intento entrar. Un ruido de motor a lo lejos me llama la atención. A los dos minutos aparece una Maori en una furgonetilla. Yo me meto en medio de la calzada (por llamarlo de alguna manera) para asegurarme de que para. Le cuento la historieta a la Maori que me lleva otra vez al lado del siniestro. Desde allí vuelvo a llamar a la poli y les paso a la Maori para que les explique donde estamos.

A los veinte minutos aparece el coche de policía. Yo por aquel entonces estaba sentado acomodándome a la situación. Sin nada de proteccón las mosquitas de arena se estaban cebando en mi. Del coche sale otro Maori que me saluda amigablemente. Aprovechamos para charlar sobre lo ocurrido y hacemos el parte. Tambien aprovecha para llamar a la grua.

Media hora mas tarde aparece la grua. El conductor es el típico kiwi de origen escocés, con pantalones cortos de colegial y botas. Con la grua cruzada en medio de la carretera empieza a remolcar el coche hacia nosotros. Por entonces se ha formado una cola de varios coches en cada sentido. Los mas curiosos han salido a preguntar y muchos se sorprenden de que no me haya pasado nada. La verdad es que he tenido mucha suerte.

Una vez con el coche en la grua, el poli se despide de mi y me marcho con el conductor a su taller en Kawakawa: un pueblo de la Nueva Zelanda profunda cuyo único atractivo turístico es un lavabo público de un arquitecto ecologista modernista que decidió pasar sus últimos días allí. Desde el taller el conductor intenta ponerse en contacto varias veces con la agencia de alquiler de coches sin éxito. Finalmente llama a una oficina local para intentar que me consigan un coche de repuesto. Ya son las cinco de la tarde y no será posible conseguir un coche. Además mañana lo tendría que devolver a Auckland. Lo mejor será cambiar de planes.

Por la mañana pasa un autocar que lleva de Kawakawa a Auckland. Por teléfono lo reservo y de paso también reservo otro que va de Auckland a la única ciudad cuyo nombre recordaba más al sur de Auckland: Rotorua. No tengo ni idea de que hay allí pero ya he comprado el billete. El conductor de la grua se está encargando de que no me pase nada y me lleva a un motel a reservar una habitación. Antes de irme a dormir paso por una farmacia y me compro unas gafas de esas para leer lo mas potentes que encuentro: +3 dioptrias. Aunque yo tengo casi 6, esto es mejor que nada. Tambien aprovecho para comprar algo de comida en un supermercado antes de volverme para casa. Ahora al menos puedo leer durante un rato antes de marearme. Antes no podia leer nada que no fuera menor que el tamanyo 56.

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