El viernes por la mañana me pasa a buscar por casa y por primera vez se sienta de copiloto en su propio coche: Mitshubishi Pajero (el nombre no funcionó en España por razones obvias). Después de despedirnos me voy directo a llenar el deposito de diésel por 100 NZD y voy camino de la costa oeste.
Por el camino me paro en algunos sitios que me llaman la atención: una tienda de helados gigantes a base de frutas y yogurt, en unas piscinas naturales formadas por el rio cuyas aguas tienen un color azul intenso difícil de creer y en una cascada de más de 40 metros. Todo esto de camino a la costa Oeste.
Por fin al llegar a la costa Oeste vuelvo a ver el mar. El Oeste siempre ha tenido en mi imaginación un aspecto salvaje, rudo,
Se acerca la noche y llego al primer pueblo de la costa. El pueblo está situado a pocos kilómetros de uno de los glaciares más famosos. No hay tiempo ahora para verlo así que me voy a dormir a un aparcamiento cerca del lago Matheson. Lo bueno de un coche grande es lo que te ahorras en alojamiento.
Al día siguiente me despierto bien temprano para poder ver el lago con calma. El lago es famoso por sus aguas calmadas que, en las pocas veces que el cielo está despejado, reflejan los montes Cook y Tasman. Hoy no es uno de esos días, pero el reflejo de los árboles en el lago no deja de ser interesante.
Por fin!
Ya saciado mi apetito de hielo, me vuelvo a dirigir al norte hacia las famosas "Pancake rocks", unas rocas que parecen haberse formado a base de crêpes. Las rocas son toda una atracción turística en marea alta. Las olas que las embisten proyectan agua por un agujero, convirtíendolo en un geyser salado. Yo he llegado a media marea, pero el geyser se activa de vez en cuando.
Otra vez de día, me despierto entre montañas y, al salir del coche, un simpático pajarillo que no conoce el miedo, se dedica a cantarme a pocos centímetros de mis pies. Como dormir dos días seguidos en el coche no es muy glamuroso, he dedicido hacerme un regalito.
En Christchurch solo paro en la gasolinera a repostar (otros 100 NZD) y continuo camino a los dos lagos que no pude visitar en otra ocasión.
Otra vez me toca continuar conduciendo de noche y decido acabar de ver la última atracción turística que me quedaba por ver. Las rocas Moeraki son otra rareza rocosa de estas islas. Grandes esferas de dos metros de diámetro que aparecen en las playas una hora al norte de Dunedin.
Una hora más tarde, con 2000 km en total a mis espaldas, vuelvo a mi hogar temporal en Dunedin. Dormir en una cama no ha sido lo más común durante estos meses y se agradece cuando te tumbas en una conocida. Este ha sido my último viaje por Nueva Zelanda, la semana que viene me vuelvo a la tierra donde nací. Me ha tocado conducir muchas horas pero ha valido la pena. He conseguido ver todo lo que me faltaba por ver en la isla sur de mi super lista. Todavía me quedarán muchas cosas pendientes, pero así tengo una excusa para volver algún día.

3 comentarios:
aaaaamen!! parece que es tu última entrada en el blog! todo un escritor, me quito el sombrero ante tu blog, gracias a él hemos podido vivir aunque sea un poquito todas esas aventuras contigo. aquí en casa se hecha de menos esa melena piojosa, ven de una pieza!!
love you!
guillem tell.
adrian, he flipado con tus melenas y con tu blog viajero, que me pasó amablemente laura díez.
Envidia sana me da verte tan aventurero! un abrazo, y muy buena suerte! felipm@gmail.com
Que envidia de leerte. Hace justo un año disfrutábamos de ese increible país... en un cortísimo viaje de un mes.
Estuvimos escalando en Castle Hill y en Long Beach (donde conocí al gurú local Dave Brush que me aseguró en Crime and Punishment)
Ahora te leo y me dan ganas de dejarlo todo para ir a vivir entre kiwis.
Puedes echar un vistazo a nuestra experiencia aquí:
http://siempreparriba.blogspot.com/search/label/New%20Zealand
Saludos y a seguir disfrutando!
Alex.
Publicar un comentario