Rotorua

A las nueve había quedado para desayunar con Patricia. Ayer nos fuimos a dormir bastante tarde. La cena a la española a las tantas, más la charla con la japonesa y el alemán fueron los culpables.

Después de desayunar tranquilamente nos vamos a buscar la parada de autobús que nos lleve a Te Puia, un parque temático Maori situado en la zona de aguas termales y géisers. La zona se llama "Te Whakarewarewatangaoteopetauaawahiao", la segunda palabra más larga en Maori que significa "el levantamiento de los guerreros de Wahiao". Mientras esperamos el autobús aparece el alemán que también se anima a venir.

El autobús al final aparece y nos lleva a Te Puia. La entrada al parque tiene toda la pinta de ser un entorno dedicado al turista. Después de pagar, nos adentramos a través de un círculo y rodeados de figuras de madera. Ya desde lejos se pueden ver los vapores que salen de la zona termal.

Al poco de llegar empieza una visita guiada al parque. Unos 30 turistas nos plantamos delante de una placa con el nombre de la zona inscrito en letras bien grandes. Mientras, la guía Maori nos intenta enseñar a pronunciar la inmensa palabra. Es un espectáculo ridículo en el que me niego a participar. Los guiris parecemos tontos allí donde vamos y ni nos importa disimular, pero yo creo que puedo decir la palabreja más rápido (los trabalenguas siempre se me han dado bien) y me niego a seguirle el juego a la guía.

Después de ridiculizarnos un rato, nos guian, cual gorrinos, a ver por fin el gran géiser de cerca. Pohutu es el dueño de todas nuestras miradas. Hemos tenido suerte y llegamos justo a tiempo para ver su erupción. El vapor de agua precede la erupción que expulsa el agua a más de 6 metros de altura. La guía aprovecha para contarnos que a los Maoris jóvenes se les permite saltar a las aguas termales en busca de monedas. Ahora la charca estaba vacía ya que el muro natural que contiene el agua se ha desmoronado. Esto suele pasar periódicamente.

Después de dar una vuelta por la zona la visita continua hacia la parte de barro burbujeante. El barro hace chup chup como si de un sofrito se tratara. Pese a los beneficios medicinales, terapéuticos y cosméticos del barro burbujeante, la guía nos previene de acercarnos por su elevada temperatura, por encima de los 100 grados, ya que es el agua que cotiene el barro la que hierve haciendo las burbujas.


La siguiente atracción es un cuarto oscuro donde tienen a una pareja de kiwis (esta vez sí me refiero al pájaro). La hembra es la que manda en este territorio y el macho está acojonado debajo de un tronco mientras ella posa delante de todos nosotros. Ambos están detrás de un cristal para que no oigan nuestros movimientos, las fotos están prohibidas dado que los kiwis son aves nocturnas.

Finalmente nos llevan a la zona cultural. En ella tienen preparada una Marae a modo de teatro para entretener a los turistas con sus hakas (bailes). El espectáculo dura más de media hora y nos enseñan diferentes bailes con bastones, bolas atadas a cintas y movimientos de manos extraños. Todo acompañado de una guitarra ... ¿española?

En la zona cultural también tienen un granero, que me recuerda a los hórreos de galicia pero a lo bestia, y una escuela donde los Maoris pueden aprender las técnicas tradicionales de tejer y tallar madera. Como no podía ser de otra forma, también tienen la típica tienda de souvenirs que a los guiris tanto nos atraen.

Después de parque temático nos volvemos andando al hostal. Una vez allí yo recojo mis bártulos y me despido de Patricia y del alemán. A partir de aquí no tengo tranporte fijo y he decidido continuar mi aventura a dedo. Para ello tengo que caminar hasta la salida de Rotorua, que por suerte no es muy grande, si quiero tener alguna posibilidad de que me recojan.

Una sensación extraña recorre mi cuerpo mientras espero con el dedo levantado. He cedido totalmente el control de la situación a la bondad de la gente. Parece ser que en NZ hacer autoestop es bastante habitual, pero no lo es para mi. Las dudas recorren mi cuerpo, quizás debería haber contado con un plan alternativo.

Pronto las dudas se disipan cuando un mecánico para a recogerme. Mi mochila va a parar a la parte trasera de su ranchera y me subo de copiloto. A partir de aquí ya no hay marcha atrás. Yo tengo decidido llegar hasta Turangi, un pueblo cerca del parque nacional de Tongariro. Como era de esperar el mecánico no va al mismo lugar, pero me puede dejar en un sitio más cerca.

Media hora después el mecánico llega al desvío que nos separa y me deja al otro lado de un puente en obras. A parte de la carretera, el único signo de civilización es una mini central hidroeléctrica que hay en el rio que corre paralelo a la carretera. No pasa más de un cuarto de hora antes que me recoja el siguiente coche: un granjero.

El granjero no es muy hablador, pero a medida que pasa el rato se suelta más. Yo hago lo mejor que puedo mi trabajo, que consiste en hacerle el viaje ameno al conductor. La razón por la que suelen parar es que prefieren ir acompañados o bien que están devolviendo la deuda a la sociedad por todas las veces que hicieron dedo de jóvenes. Me da a mi que voy a tener que ayudar a muchos autoestopistas para pagar mi deuda.

El mecánico me deja en Taupo, una ciudad con el mismo nombre que el lago más grande de Nueva Zelanda. Antes de ponerme a hacer dedo otra vez, me paro a ver el lago desde un banco. Ya son pasadas las cuatro de la tarde, así que no puedo despirtarme mucho que a las seis se hace de noche.

Me da la impresión que las únicas personas que me van a recoger van a ser hombres conduciendo sólos. Pero el siguiente coche en parar me rompe los esquemas. Una mujer sola que vive por la zona me invita a subir. La conversación es distendida esta vez ya que tenemos más en común. Ella suele tener extranjeros en su casa y recientemente había tenido a una española. Es tan maja que me acompaña hasta la puerta de un hostal en Turangui. El hostal tiene una pared de escalada, no podía haber planificado nada mejor. Va a ser que dejar las cosas al azar vale la pena.

En la recepción del hostal hay una señora que me ayuda a hacer la reserva. Le digo que solo me quedo un día ya que mañana tengo intención de ir al parque natural de Tongariro y seguir hacia el sur desde allí. Para ser más exactos quiero hacer la ruta del cruce de Tongariro. La señora me dice que no es buena idea ya que ha caído una buena nevada recientemente y me recomienda otros paseos que hacer. Al verme la cara me pasa un par de teléfonos de guía de montaña que me pueden acompañar. Al llamarles me doy cuenta de que no hay salidas en los próximos días dado el estado de la nieve, será mejor hacerles caso.

De todas formas la pared hay que aprovecharla. Después de pasarme por el supermercado a comprar algo de comida, saco los pies de gato de la mochila y me voy a escalar con los locales. Justo cuando me estoy poniendo el harnés aparece una clase entera de colegiales que vienen de excursión. Yo aprovecho, entre escalada y escalada, para ayudar a los monitores a asegurar a los chavales. Verlos divertirse es una buena forma de descansar antes de ponerse otra vez.

Una furgoneta me lleva mañana al parque natural bien temprano. Pese a que me tengo que ir a dormir temprano, aprovecho para socializarme mientras me preparo la cena y algo de comida para mañana. Un pescador de truchas me explica emocionado la técnica de la pesca con mosca. Siempre me había parecido una tontería, pero me ha sabido transmitir la complejidad del deporte (por llamarlo de alguna manera).

1 comentario:

Anónimo dijo...

Adrian hijo, esnecesario posar con esa pinta en una foto?? claro esta que sino fuera asi no recias ADRIAN un payaso .El avi esta fascinado con todo lo escrito y no digamos con la llamadita del otro dia ,esta feliz Besitos