Monte Aspiring

Este fin de semana por fin toca la salida con el club de montañismo y senderismo de Otago (OTMC). Hacen dos salidas de fin de semana al mes y la última me la perdí por no avisar a tiempo. Pese a lo que dice el refrán, yo hago lo posible por tropezar una única vez en cada piedra.

El Monte Aspiring, es la montaña más alta de Nueva Zelanda fuera del área del Monte Cook. Desde el río Dart se la diferencia por su figura piramidal siempre cubierta de un manto blanco. El monte está a 30 km del lago Wanaka, el segundo más grande de la isla sur, nos queda a unas 6 horas de viaje en coche desde Dunedin. Pero nuestra pequeña aventura no nos llevará a su cima, simplemente iremos a uno de los refugios que lo rodean a pasar el fin de semana.

Greg es el organizador de esta salida. Él ya ha estado en esta zona con su hijo y tiene ganas de repetir. Greg se encarga de alquilar la furgoneta y llevarnos a todos, once en total, hasta el comienzo del sendero y de regreso a casa. Cada uno de nosotros tiene que estar en la puerta del club antes de las seis de la tarde con todo lo necesario. Como tengo que usar transporte público prefiero no llegar tarde y acabo llegando el primero, con media hora de ventaja. A medida que van llegando el resto, la puerta del club queda bloqueada con mochilas de varios tamaños, siendo la mía la más pequeña. Greg llega un cuarto de hora antes de las seis y vamos llenando la parte trasera de la furgoneta con las mochilas de los que ya hemos llegado. Al tocar las seis todavía faltan tres personas: dos chicas que llegan tarde y un chico que recogeremos de camino en Wanaka (la ciudad al borde del lago).

Por fin llegan las chicas y nos podemos marchar. Seguro que alguien les habrá enseñado que hacer esperar te hace más importante. Creo que les he pillado algo de manía solo comenzar. En el grupo somos 7 hombres y 4 mujeres de varias edades. Parece ser que esta vez la media de edad es más baja de lo habitual, tenemos un chico alemán de 17, llamado Kartoffeln, y otro kiwi de 21, llamado James, al que conocí en mi primera visita al OTMC. Creo que soy el tercero más joven del grupo y ya no soy precisamente un jovenzuelo.

El trayecto en furgoneta se hace totalmente de noche, parando un par de veces: una para estirar las piernas y otra para cenar en un mítico Fish and Chips. Yo opto por comprarme unas patatas fritas que es lo único que no es carne. De vuelta al coche Asspain, una de las que ha llegado tarde, le cambia el sitio a James y se pone a mi lado. Es su estratagema para tener suficiente espacio y dedicarse a hacer la mochila. El problema es mayor dado que ahora casi no puedo dormir de lo que se mueve. Sinceramente, cada vez me cae peor. Por el momento tengo la impresión de que es una persona manipuladora, egoista y sin consideración por los demás. Pero puede que simplemente sea que tengo sueño.

Al cabo de unas 5 horas llegamos a Wanaka, donde Greg casi se olvida de recoger al joven alemán. Kartoffeln se ha pasado la última semana esquiando en las pistas cercanas y ahora se apunta al tramp. Por suerte no viene con muchas ganas de hablar y mi única molestia sigue siendo Asspain. De todas maneras no iba a poder dormir mucho más ya que hemos llegado al final de la carretera asfaltada y Greg no tiene intención de reducir la velocidad. Solo empieza a hacerlo en los pequeños riachuelos que cruzan la pista forestal después de rascar los bajos atravesando el primero.

Finalmente llegamos al aparcamiento del parque nacional donde hace un frío del carajo. A pesar de la oscuridad, se pueden ver tres coches más y lo que parece una tienda de campaña de tamaño medio. Nosotros nos bajamos todos de la furgoneta y nos preparamos para la caminata nocturna. La mayoría venimos vestidos de calle y nos tenemos que cambiar allí mismo, bajo las estrellas y un frío que cala por todas partes. El frío no deja pensar mucho, así que te das prisa en vestirte sin pararte por nada. En poco tiempo estamos todos listos, la mayoría con las linternas frontales para caminar de noche. Los que no tienen linterna caminan cerca de los que la tienen para no caerse.

El recorrido dura apenas dos horas y media. No es un sendero complicado, en gran parte del camino no hay más que seguir las trazadas de los 4x4 que utilizan los guardas para llegar al refugio. A veces la nieve hace difícil seguir las pisadas, pero James se conoce la zona y nos guía a todos. Al principio James y otro se adelantan y nos perdemos durante un rato hasta que nos reencontramos tras unos momentos de indecisión, ojeando el mapa con un GPS en mano.

A través del camino cruzan varios riachuelos que a veces se pueden saltar. El resto de las veces intento buscar un camino entre rocas, pero otros más experimentados me enseñan que es mejor cruzar rápido por en medio. El agua no cubre más allá de 15 cm y si vas rápido no traspasa botas y polainas. En uno de los cruces Asspain intenta cruzar por encima de las rocas, pero su poca agilidad y su falta de visión hacen que se resbale y caiga de culo en el riachuelo. Tras un breve remojo consigue levantarse gracias a la ayuda de algunos compañeros del club. Desde la otra orilla me es fácil disimular mi sonrisa ante lo divertido de la situación. Sé que no es bueno reirse de las desgracias ajenas, pero así la sed de venganza por la pérdida de comodidad en la furgoneta ha quedado saciada.

Tras cruzar una valla de alambres y caminar los últimos 50 metros, llegamos por fin al refugio. Tiene una sala de literas y otra con cocina, comedor, chimenea y algunas camas. La mayoría se mete en la sala de literas para dormir, pero Anthony y yo nos vamos a la sala grande. Prefiero la soledad. Anthony en cambio se ha aislado voluntariamente del grupo para no molestar con sus rugidos nocturnos. Hace tiempo que aprendí a llevar tapones para los oídos, en especial en situaciones como esta. Una noche sin pegar ojo por culpa de un par de osos (a falta de un calificativo mejor) en un refugio de Aigüestortes fue suficiente.

A la mañana siguiente me despierto con la salida del sol, pero no llego a sacar mi cuerpo del saco hasta que el bullicio de los preparativos del desayuno se tornan insufribles. Todos están cocinando un desayuno caliente. Yo en cambio tengo un desayuno austero a base de barritas de muesli, nueces, pasas y otros frutos secos. La rapidez no es la cualidad más buscada en este grupo, prefieren comodidad.

Pasadas las 11 de la mañana el batallón se divide en dos grupos. Uno de 4, más relajado, tiene intención de seguir valle arriba y remontar el río. Otro de 7, con ganas de marcha, nos decidimos a subir la ladera de una montaña siguiendo un sendero. Nuestra intención es pasar por encima de la línea de los árboles para tener mejores vistas.

James marca un ritmo feroz desde el comienzo del recorrido. Yo intento seguirle pero no tarda en sacarme cierta distancia. Kartoffeln también nos sigue de cerca, pero el resto forma un pelotón a cierta distancia. James resulta encontrar en este medio alpino su forma de autoexpresión, siempre atento y con dotes de liderazgo. Cada vez que pasamos por un tramo difícil se para para esperar a que todo el grupo lo supere antes de proseguir a su ritmo. Al principio el sendero pasa entre árboles, siempre en subida. A medida que avanzamos los árboles son cada vez menos y la nieve empieza a abundar.

A mitad de camino llegamos a un claro en el bosque, formado por un río que ha arrasado con toda vegetación, donde nos paramos a fotografiar. James está en medio de una gran roca esperando a que lleguemos el resto, mostrándonos el camino a seguir. Por suerte en pleno invierno los ríos bajan escasos de agua y lo único que hay que temer es el hielo que cubre, cual funda transparente, algunas de las rocas del camino.

A medida que continuamos subiendo, los claros en el bosque abundan más. Entre los árboles ya se pueden apreciar las montañas al otro lado del valle. Una bruma matinal las envuelve y se va disipando a medida que se desperezan con la ayuda del sol. El camino después del río es apenas visible. Aquí los árboles no han podido evitar que un espeso manto blanco cubriera todo lo que la vista abarca. James, cons sus pantalones cortos, el atuendo típico del montañero neozelandés, no tiene ningún problema en abrirse camino entre la nieve que a veces le cubre por encima de la cadera. Los demás seguimos su estela hasta que, pasado el último árbol nos paramos maravillados ante la belleza del paisaje. Llegados a este punto, lo mejor es buscar un sitio cómo para sentarse y poder degustar nuestra comida. Parece que unos 15 metros más arriba hay una zona bastante plana. Yo intento caminar hacia allí, pero cada paso me hunde más profundamente en la nieve y, ante la mirada incrédula del resto del grupo, decido desistir. Cada uno se hace un hueco en la nieve donde sentarse a comer de cara al valle para no perderse las vistas. El listo de Kartoffeln se ha puesto delante mío y no contento con el suelo frío y algo húmedo, decide quedarse de pie tapándome las vistas. Finalmente, viendo que es el único borrego que no se ha sentado, acaba por ceder a la presión grupal silenciosa y me deja admirar el paisaje sin obstrucciones.

El camino de vuelta se hace más corto, aunque no por eso es más sencillo. Cruzar el río en la dirección opuesta resulta ser tarea difícil, sobre todo porque las pequeñas escaleras de nieve formadas a la ida se habian desmoronado. Yo ahora voy primero y no dudo en escalar una gran roca que forma una pequeña cascada. Otros optan por rodearla mediéndose hasta media espinilla en el agua helada. Las dos chicas del grupo son las últimas en llegar y prefieren, como yo, no mojarse e intentan escalar la roca agarrándose a lo que pueden, mientras los demás miramos aliviados de estar al otro lado. A partir de aquí el camino vuelve a tener menos nieve y la única dificultad es el pronunciado desnivel. Finalmente todos llegamos a salvo al refugio antes que el grupo del valle.

Aprovechando el buen humor y el leve cansancio, todos nos sentamos en la sala comedor del refugio mientras los más pirómanos encienden la estufa con el carbón que todos ayudamos a traer desde Dunedin. A medida que llega el segundo grupo la tertulia se vuelve más animada en preparación para la cena.

Los del OTMC están bien organizados, para cenar montan grupos de alrededor de cinco personas para hacer una cena conjunta. Cada miembro del grupo se encarga de una parte de la comida: pica-pica, primero, segundo, postre y demás. Yo estoy en pleno mes budista y no puedo comer carne. Siendo previsor me he traido mi propia comida vegetariana: sopa de champiñones con pasta china instantánea y parte de la primera tortilla de patatas que preparo por mi mismo en toda mi vida. De todas formas, el grupo de comida B me apoya dándome algo de su pica-pica y algunas cosas que no contienen carne.

Mientras dura la cena hay un enfrentamiento a causa de una conversación en principio inocua. Kartoffeln es poco amigo de los franceses y el resto del grupo admite que los franceses no suelen ser conocidos por su exceso de amabilidad y buen hacer alrededor del mundo. Yo corroboro su reputación, intentando basarme en datos históricos. Froggie, otra de las chicas del grupo que tampoco me cae demasiado bien, resulta amar todo lo francés y los defiende a capa y espada sin ninguna base más que decir que los que ella se ha encontrado la han tratado bien. Froggie es escocesa y Kartoffeln sospecha que se enamoró de un tal Françoise mientras vivía en Francia. Algunos de sus comentarios me dan a entender que ciertamente los franceses la deben hacer sentir muy a gusto: "Pues yo prefiero Francia que España o Alemania... será porque tengo gustos más refinados." Tengo que reconocer, algo apenado, que me alteré un poco cuando Froggie pretendió alegar que los franceses son grandes personas porque se molestan en aprender los dialectos de las comunidades de los paises vecinos, refiriéndose al Alsaciano, Catalán y "Auskati". Todo ello deribó en una conversación con tonos políticos que Asspain (seguramente íntima amiga de Froggie) intentó cortar por lo sano reivindicando hegemonía sobre la mesa cercana a la estufa e intentando expulsar a los que hablabamos de política a la otra mesa. Evidentemente que nadie se movió y pese a lo que me indigna que me digan lo que puedo o no discutir, la discusión se difuminó supongo que por el miedo de los demás ante sus represalias.

La discusión había sido animada y seguida atentamente, desde un segundo plano, por la mayoría de los kiwis. Ellos estaban encantados de tener tanta variedad en la mesa. Aquí se sienten un tanto separados de los problemas del mundo a miles de kilómetros. Pero al final de la noche toca ir a dormir y todos se van a sus literas excepto Anthony y yo. La comida vegetariana me ha recordado que debería haber dormido en el suelo la noche anterior, esta vez intentaré cumplir la norma budista. El suelo, pese a la esterilla, resulta ser muy duro y frío. Después de intentar buscar la posición idónea durante lo que me parece cerca de una hora, acabo por subirme a la cama acolchada y dejar las norma para entornos menos hostiles.

La mañana llega más tarde de lo previsto. Cuando estás en la montaña en invierno, sin luz artificial, te vas a dormir pronto por falta de cosas que hacer. Esta vez todos están más animados y el bullicio se forma más pronto que el día anterior. Cocina para arriba, cocina para abajo, mientras yo me como mis pasas y frutos secos. Hoy toca escapada al glaciar de Rob Roy a través de un sendero que sale cruzando del río un cuarto de hora antes de llegar al aparcamiento. Los preparativos antes de salir son algo más largos ya que no volveremos al refugio. Froggie y Asspain se quedan atrás en el refugio a perrear, ya me imaginaba yo que estas no eran grandes senderistas.

Todos los demás, a excepción de la única mujer del grupo que me cae bien (Marge), nos vamos a ver el glaciar. Marge prefiere ir sola por el tramo de valle que el otro grupo hizo ayer. Ella si que es una senderista de las buenas. A sus 50 y pico años sigue metiéndole caña y parece ser su hobbie por excelencia. Sus botas de piel y sus utensilios de cocina son de otra época, dándole un aire misterioso. Siendo una mujer tímida, la única manera de conseguir que hable es forzándola en grupos reducidos.

El grupo que vamos al glaciar nos separamos antes de empezar. Algunos no tenemos la velocidad de otros más experimentados a la hora de hacer las mochilas. Curiosamente Kartoffeln, pese a la puntualidad alemana, siempre es el último en estar listo. El camino de vuelta hacia el aparcamiento, esta vez de día, es impresionante. El valle en forma de U, a causa de la erosion del último periodo glacial, da una idea de lo minúsculos que somos para la naturaleza. Al cabo de hora y media de caminar por el valle y después de que la cuarta mujer del grupo cayera en la misma piedra que Asspain (esta vez no me reí) llegamos al punto de partida del sendero que nos lleva al glaciar. Aquí nos sentamos a comer y descansar un poco antes de emprender la marcha.

Las mochilas las dejamos en medio del sendero. Los kiwis son buena gente y no vienen a robar tan lejos, nadie nos las tocará. De esta forma podemos hacer el recorrido en menos tiempo. El mapa marca 3 horas ida y vuelta, el tiempo exacto que podemos dedicarle a la excursión. Yo, a causa de una urgencia urinaria, soy de los últimos en empezar pero me impongo un ritmo potente y a los veinte minutos adelanto incluso al mismísimo James. En parte gracias a que se había parado a quitar el exceso de ropa. Pronto James me vuelve a alcanzar y proseguimos el resto del camino cual tándem de una expedición. El camino transcurre por la ladera de una gran cresta desde la que se oye el rugido del río por el que pasa el agua derretida del glaciar. En menos de tres cuartos de hora ya hemos dejado atrás el bosque y la nieve nos llega por encima de los tobillos. El ritmo impuesto nos ha llevado al final del recorrido en apenas 50 minutos.

James, fresco y ligero, se deja llevar por sus alma exploradora y da una vuelta por entre la maleza cubierta de nieve. Yo, agotado y sudado, me quedo en el mirador anonadado ante el glaciar. Y eso que no es de los más impresionantes de NZ. El Rob Roy empieza cerca de la cumbre y serpentea a traves de un valle en lo alto. No hace falta estar muy atento para escuchar los estruendos que hace al avanzar lentamente por el valle, moldeando así las montañas. Las cresta superior tiene un halo de nubes que asoman tímidamente, iluminadas por el sol que hace tiempo tapan las montañas. El resto del grupo tarda aproximadamente media hora en llegar. A Greg le espera una emboscada de bolas de nieve. Suerte tiene de nuestra falta de puntería. Los últimos en llegar no tienen mucho tiempo para disfrutar del paisaje, pero justo al emprender el camino de vuelta vemos algo que no había visto nunca en directo. Otro de los estruendos típicos del glaciar, pero esta vez más prolongado, hace que nos giremos todos de golpe a tiempo para admirar la potencia de la naturaleza en pleno apogeo... una avalancha empieza a pocos metros de la fase terminal del glaciar y cae como una cascada en cámara lenta por la pared de la montaña. Embobados, tardamos un rato en volver a la realidad.

En tres cuartos de horas volvemos al punto donde dejamos las mochilas. Desde aquí al aparcamiento no hay grandes novedades. Los pastos para ovejas son el primer símbolo de la civilización, junto con las grandes ensaimadas vacunas a estas alturas petrificadas por el frío. Por fin llegamos a la furgoneta y podemos cambiarnos otra vez a nuestros atuendos habituales, dando por finalizada la aventura del fin de semana.

3 comentarios:

Daddy Dodo dijo...

Out of the seven times you referred to your German companion, only once you spelled 'potato' correctly. I guess that is his real name as much as the woman is called AssPain :)

Where does this subtle but nevertheless apparent aggression suddenly come from, my Bhuddist friend?

I am so very grateful for your estorias y las imagenes que se ponen en mi cabeza durante unas once horas de reuniones en el puto horno que es Madrid en Julio.

Adrian Perreau de Pinninck Bas dijo...

I am fixing the potato spelling, had you picked up on Froggie?

Jose dijo...

Vaya pasada!!! Que sepas que si tenía ganas de ir a Nueva Zelanda... ahora todavía más!!

Hale, hale, a disfrutar de los parajes, que otros por aquí andamos con lluvias... vamos, nada comparable :( La próxima vez... te preguntaré dónde ir ;)

Un abrazo y sigue informándonos, que es una pasada!!

Jose.